En Chihuahua el gobernador tiene pasaporte al cielo
Humberto Musacchio
Chihuahua es un infierno, pero su gobernador ya tiene pasaporte al cielo. La entidad vive bajo el terror de la delincuencia, especialmente en ciudad Juárez, pero el señor César Duarte Jáquez, ocupante del Poder Ejecutivo local, en lugar de cuidar las vidas y el patrimonio de sus gobernados, en un acto público y ante 14 mil personas optó por entregar “a Dios y a su divina voluntad todo lo que somos, todo lo que tenemos en Chihuahua”.
Lamentablemente, el gobernador (es un decir) no puede poner en manos divinas lo que él y sus antecesores han entregado a la delincuencia, por ejemplo, todo lo que tienen los chihuahuenses, que un día sí y otro también sufren el despojo de sus bienes y en miles de casos también la vida.
Pero mientras el pueblo de Chihuahua se debate en la más terrible crisis de inseguridad, su gobernador, en lugar de hacerle frente a los problemas con los recursos terrenales de que dispone, prefiere buscar refugio en la esfera de lo divino, y en público, con absoluta falta de pudor político y con una punible ignorancia de la Constitución, declara:
“Yo, César Duarte Jáquez… me consagro a mí mismo, a mi familia, a mi servicio público, a la sociedad: pido al Sagrado Corazón de Jesús que escuche y acepte mi consagración, que me ayude, y por intercesión del Inmaculado Corazón de María, le entrego a Dios, a su divina voluntad, todo lo que somos, todo lo que tenemos en Chihuahua.”
Ni más ni menos. Impotente para gobernar, el César norteño, de consuno con la jerarquía eclesiástica de la entidad, organiza actos religiosos en espacios públicos, pues la concentración se realizó en un local de la Universidad Autónoma de Chihuahua a donde concurrieron, se dice, 14 mil feligreses, convocados desde los púlpitos o mediante las muy probadas fórmulas de acarreo priista.
La ceremonia contó con la asistencia de periodistas, de modo que en modo alguno puede decirse que haya sido una ceremonia privada, como afirma el gobierno del estado. El señor Duarte es muy libre de profesar la creencia que se le pegue la gana. Pero si su participación en actos abiertos de culto incluye la consagración (?) del funcionario y de su servicio público, entonces estamos ante una violación flagrante y ofensiva de la Constitución.
Antes los panistas eran los mochos, los que confundían religión y política, como decían los jilgueros tricolores. Ahora son los priistas los más afanados en agitar la bandera de su mochería y su desprecio siempre impune por la Constitución. Total, ¿a qué autoridad le importa?
