Lourdes Franco
La nostalgia es un mal que ataca en momentos de insatisfacción, lo mismo en los individuos que en los pueblos. El cuplé, es un género que está íntimamente ligado a la nostalgia. Surgió a finales del siglo XIX, estuvo en boga durante tres décadas aproximadamente; resurgió en los años cincuenta con la película El último cuplé, se volvió a desvanecer hacia los ochenta y ahora, con la reciente muerte del último mito español: Sara Montiel, parece volver por sus fueros.
Hablar de cuplé, es hablar de una belle époque en la que parecía permear el ambiente el suave perfume de las violetas que iban ofreciendo por la castiza calle de Alcalá unas violeteras etéreas quienes “como aves precursoras de primavera” ofrecían en los portales de los teatros su mercancía al cobijo de una súplica: “llévelo usted, señorito, que no vale más que un real, cómpreme usted este ramito, cómpreme usted este ramito, pa’ lucirlo en el ojal”.
Pero… ¿qué es el cuplé? Esta misma pregunta se la hizo Manuel Machado y se respondió: “será alguna cosa el cuplé/ ¿Diremos que es una espina con su flor? / ¿o es una flor con su espina?/ ¿Un ¡ay! De amor de Arlequín o Colombina?/ ¿Qué es una avispa decimos, que pica y muere? […] ¿Diremos que es la ligera creación semivirginal de la musa tobillera?/ ¿La poesía callejera de la luz artificial? O bien…Vaya, que no sé —ni nadie tal vez sabrá— Lo que es el cuplé ¿será alguna cosa el cuplé?” terminaba preguntándose el poeta.
Si nos atenemos a la definición ortodoxa diríamos que el cuplé es una composición musical que nació en Francia, pero que se adaptó rápidamente a la idiosincrasia española. El cuplé no tiene un ritmo propio, muchos son los ritmos en los que se han escrito los cuplés; lo mismo un fox-trot —Las tardes del Ritz—, que una mazurca: —Doña Mariquita de mi corazón— o bien una polka: —“La pulga sabia—.
Las historias que encierra el cuplé son también de la más variada índole: las hay trágicas, como La cruz de guerra, de corte romántico como La Mariblanca o Amor de muñecos, abundan los cuplés picarescos y sicalípticos como La llave, la Regadera, La vaselina, La banana y tantos más.
Dada la gran variedad rítmica del cuplé, así como su diversidad temática, resulta un género muy difícil de interpretar. La cantante que se atreva a abordar el género deberá reunir condiciones de actriz, dados los diversos registros que poseen los cuplés. Así, para llevar a su climax el dramatismo de Nena se requiere compenetrarse con el contenido trágico de la historia y transitar desde la pasión inicial hasta la enfermedad y la muerte con la suavidad que caracteriza al amor de esa pareja en la que él, aún sabiendo que ella está enferma (“ juró amarme un hombre sin miedo a la muerte”) no se arredra y la besa; beso mortal en el que inmola la vida (“y vi que la vida, fugaz se escapaba de aquellos ojazos que en mi alma clavó”). Este cuplé lo estrenó Pilar Alonso, el autor de la música fue nada menos que el ilustre escritor Niceto de Zamacois. Fue este mismo tema el que cierra la película que consagraría a Sara Montiel: El último cuplé. Actualmente quien ha hecho de la interpretación de Nena una verdadera obra maestra es Olga María Ramos, hija de la célebre Olga Ramos quien mantuviera viva la llama del cuplé en su mítico local de la calle de la Palma en Madrid. La interpretación de Olga María se caracteriza por una compenetración profunda con el tema a través del uso de modulaciones de voz y pianísimos que dotan a este extraordinario cuplé de toda la fuerza y el dramatismo que contiene.
Pero volviendo a los inicios del género, diremos que el primer cuplé que se escuchó en Madrid fue nada menos que La Pulga, en el año de 1893, quien lo interpretaba tenía la nacionalidad alemana, Augusta Berger; era la atracción de un pequeño teatro de la calle Primavera; los asistentes no entendían lo que la extranjera decía, pero sí, en cambio, no perdían detalle de los sensuales ademanes que aquella llevaba al cabo en escena buscándose el dichoso animalito entre la escasa vestimenta.
Dos capitales importantes en España se convirtieron en templos del cuplé: Madrid y Barcelona. En los múltiples locales del famoso Paralelo se daban cita los parroquianos para admirar a las cupletistas en boga. En el Paralelo —donde hay actualmente una estatua suya— cantó la inigualable Raquel Meyer, quien inmortalizara La Violetera hasta convertirla en su signo distintivo. Algo también muy importante hizo Raquel Meyer: le dio a El Relicario su auténtica dimensión; antes que ella lo interpretara, se cantaba como cualquier pasodoble festivo; fue la Meyer quien decidió cantarlo por primera vez vestida de riguroso luto, dándole la intencionalidad adecuada puesto que la muerte del torero marca la cesura entre dos momentos del cuplé perfectamente diferenciables entre sí: el del amor, y el de la muerte; ambos momentos requieren de una resolución distinta, la segunda parte debe marcar la hondura de la tragedia ocurrida en el ruedo.
Otra cupletista de fama mundial y pilar también de la historiografía del género es Consuelo Bello, La Fornarina. Hija de una lavandera y de un guardia civil, vivió una infancia desafortunada; sin embargo, gracias a la ayuda desinteresada de una cantante, y desde luego a su sin igual talento, llegó a brillar en foros no sólo españoles, también en Francia la fama de La Fornarina no tuvo parangón. Amante de un periodista y compositor, Juan Cadena, vivió con él un tórrido, pero también accidentado romance; él es el autor del cuplé que marcó el repertorio de La Fornarina: El Polichinela”. Murió desafortunadamente muy joven, alrededor de los 30 años, de una enfermedad venérea, sin embargo, su fama es inmortal.
Muchas más cupletistas se quedan en el tintero: La Bella Chelito, María Conesa, La Goya, Mercedes Serós y tantas otras que hicieron posible la magia del cuplé.

