Ricardo Muñoz Munguía
El escenario está construido con música. La poeta alza el viento y la luminosidad igual que si se tratara de personajes primordiales que se afianzan, por paradójico que nos parezca, en sombras y silencio. El cielo nutre en gran medida la presencia del cuerpo que espera, que se expresa, que canta, que tiene música. “Cuelga tu voz del cielo para que reverbere la luz en tu garganta,/ abre la voz./ Abre la boca, la sangre, los riñones, abre la piel,/ el alma, las costillas,/ abre los ojos, abre los brazos: canta”, es un fragmento de la voz que se delinea en el poema “Abre la boca” de la autora de Al filo del azar, Fundió la nieve el sol y Concierto para cinco sentidos, entre otros volúmenes.
Raquel Olvera (Ciudad de México, 1966) es una valiosa promotora cultural y sus credenciales, que son numerosas e importantes, entregan un trabajo brillante, ahora, en el terreno infantil, que actualmente promueve en los estados de Puebla y Oaxaca. Sin duda, la escritora ha sabido combinar la pasión por las letras y su incansable quehacer para dar resultados en lo que cada vez la mayoría, sobre todo políticos, empujan más al abismo: la cultura. Sin embargo, las artes, génesis de nuestra razón, será lo último en quebrarse en el ser humano. Y la labor, como la de Raquel Olvera, nos lo confirma.
Raquel, con quien comparto un profundo amor a la tierra que nos ha visto renacer (Chignahuapan, Puebla), expone un estupendo poemario en el que una lanza invisible nos atraviesa. El mosaico de imágenes que utiliza la poeta se convierten en una danza de sensaciones en el lector, deja marcas en la memoria de quien se detiene en la mayoría de los versos. Se trata de polos opuestos, de la paradoja, de dos vías: “Hacia la luz”: “De su jaula de oscuridad escaparon murciélagos.// Cuanto más se acercaban al sol/ más su piel negra caía en nieve negra.// Quedaron a la vista/ gradualmente/ sus ambarinas alas de mariposa”. Una bella muestra de un trabajo poético de cuerpo completo.
La música de no entender crea atmósferas paralelas, donde el cuerpo humano y la música recorren estancias sólidas y frágiles donde el mineral y la rosa conviven dentro del sueño, dentro de la realidad, otras fragilidades de la memoria. Se dicta en “Sacrificio” el trago del designio humano: “Luz descubre su cuerpo serenísimo./ Desde los claros muslos, por el cuello,/ asciende su mirada, la oscuridad.// Con los ojos del pecho hundidos en el aire/ permite que el misterio la vista de espanto/ para que los testigos sospechen/
La Verdad”. Así también la luz y la sombra, nido de la voluntad que inacabada se desliza por los versos en el tiempo perenne, en la soledad enhiesta.
Raquel Olvera hurga en los recovecos de la condición humana, habita el corazón de la naturaleza y desde su voluntad, que es su cuerpo, arroja la voz a los cuatros costados de la página, trasluz de la memoria.
Raquel Olvera, La música de no entender. Consejo Estatal para la Cultura y las Artes / Gobierno del Estado de Puebla, 2012; 120 pp.

