Entre las nopaleras apenas se vislumbra los primeros rayos del sol, a un lado del globo puerto se alcanza a ver parte de los 63 metros que tiene la pirámide del Sol.
Los quemadores están encendidos, como si fueran dos dragones lanzan llamaradas para calentar el aire del interior. El gran globo está listo, una cuerda lo sujeta para que no “agarre camino pa’l monte”, y pueda subir a la canastilla que ya se despegó del piso unos centímetros. ¡A volar se ha dicho! sobre aposentos teotihuacanos que se construyeron a principios de la era cristiana y poder admirar su esplendor entre los siglos III y IV.
El globo, que se mueve a donde las corrientes de aire están más tranquilas, alcanza una altura de 24 metros. Sobre los plantíos de maíz y algunas cactáceas se refleja su sombra. Poco a poco vamos subiendo, hasta que aparece debajo de sus pies la zona arqueológica de Teotihuacán.
Se ven los pilares que rodean el patio principal. Se dice que están labrados con caracoles que fueron ofrendados a Tláloc. Los otros patios conservan pinturas murales que en tierra se aprecian mejor. Cerca está la pirámide de la Luna, marcando el lado norte de la ciudad. Dicen que su altura es de 45 metros y a su alrededor hay otros 13 basamentos.
El aire nos lleva por los cuatro kilómetros de extensión que tiene la Calzada de los Muertos. Y al fin aparece la pirámide del Sol. Cada uno de sus lados mide 225 metros. La gran mole, edificada sobre una sola pieza, es uno de los monumentos más importantes de América
Tomara un rumbo al poblado de San Juan Teotihuacán y su parroquia del Divino Redentor, después se encontrará con un plantío de pirules. Finalmente aterrizará en unos campos de cultivo.
Los guías le entregan un certificado de vuelo antes de una comida en el restaurante La Gruta, sí, dentro de una caverna natural. Ahí comieron Porfirio Díaz, Diego y Frida.
