Patricia Gutiérrez-Otero
Económicamente México parece estar en un estado de congelamiento, en el que apenas se sostiene en vida, gracias al aguante o desidia de su gente, aunque en cualquier momento la situación puede tambalearse si los factores se vuelven insoportables para la población afectada.
Actualmente no hay fluidez. Los deudores no pueden pagar a las pequeñas empresas, lo que pega en la producción y en su cadena que llega hasta los empleados, sus dependientes y familiares; también, por supuesto, en las ventas, lo que introduce un círculo vicioso dentro del sistema neoliberal impuesto en el país. A esto se añade el aumento de los precios en alimentos básicos tanto como en la gasolina y todos sus derivados.
No escribo esta entrega a partir de estudios macro o micro económicos, que están fuera de mi alcance, pero ya que según la etimología de la palabra “economía” ésta se refiere al cuidado de la casa o a las reglas de la casa y puesto que cuido de una y convivo con gente que cuida de sus casas o trabajos, escribo a partir de mi experiencia y de la de familiares, amigos y conocidos. Las quejas generales son: “bajaron las ventas”, “no tengo liquidez”, “debo buscar otra fuente de ingresos”, “apenas logro cubrir la nómina de mis seis empleados y yo me quedo casi sin nada”, “quizás en julio tendremos dinero para pagarle”, “tuve que cerrar el changarro”, “estoy triste porque en la empresa hubo un despido masivo, no me toco a mí, pero de todas maneras”, “entró la nueva administración en Naucalpan y nos sacaron a todos los empleados no sindicalizados, no tengo con qué pagar la hipoteca de la casa ni los gastos diarios”, y tantos más.
En cuanto estoy a favor del descrecimiento económico y sus ocho o más “erres” (revaluar, reconceptualizar, reestructurar, relocalizar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar, cf. los trabajos del economista francés Serge Latouche) debe alegrarme la reducción de una economía fallida, sin embargo no en el contexto en que está sucediendo: una apuesta de los grupos de poder mexicanos y extranjeros por continuar con el neoliberalismo en México destruyendo su cultura y sus empresas productivas autónomas llevándonos a una dependencia económica de productos extranjeros y a volvernos un país maquilero. Las oligarquías insisten en que México sea un país moderno, del primer mundo, en el que ellos gocen de los privilegios de éste sin importar el costo que pague la gente que no pertenece a la élite que posee el poder político, el económico, el de los medios, hasta el del crimen organizado, juntos o por separado. Aquellos que viajan en sus jets o aviones privados con sus mascotas, que poseen mansiones en México y en países extranjeros, que compran en boutiques exclusivas en dólares o euros, que nos llaman proles o cierran restaurantes o hacen fiestas donde caen chicas desde pisos altos, o tienen más que ferraris… mientras el salario mínimo, para quien lo gana, es de alrededor de sesenta pesos diarios y el kilo de tortilla cuesta casi diez pesos. ¿A dónde va un país congelado?
Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés y el lugar de todos los indígenas, evitar las mineras a cielo abierto, respetar el sitio sagrado de los huicholes, activarnos como sociedad civil…

