Ricardo Muñoz Munguía
(Segunda y última parte)

Gerardo Cárdenas entrega nueve relatos que agrupa en A veces llovía en Chicago (Libros Magenta / Ediciones Vocesueltas con prólogo de Jorge F. Hernández). Las atmósferas son plenamente distintas entre estos cuentos, lo que hace una lectura sin ningún avizoramiento. Y en este amplio mosaico de posibilidades de encontrar historias que nos internan por diversos caminos de sorpresas nos adentran también en un mundo que explora el lenguaje, la condición humana, el enfoque en gran medida del mexicano… Se trata, pues, como mencioné en la entrega anterior, de relatos que provocan compartirse. Veamos brevemente el rumbo de éstos: “Gallito Bravo”, trazado en diez rounds donde los golpes al tronco del árbol para trinchar la carne para los tacos es como el fondo de agua donde corre la historia de un boxeador que aprovechó su talento para llegar al ring, una combinación entre su oficio de taquero con la del boxeo y que esta última le dejó muchas experiencias y también lo suficiente para conseguir ser propietario de su taquería pero, más allá de todo esto, la condición de inmigrante es lo que sobresale. “Cartas del Istmo”, enfoca a una periodista a la que se le propone llegar al fondo sobre un político un tanto desconocido que en el gobierno de Ruiz Cortines, que ocupa la Secretaría del Trabajo, un tal Adolfo López Mateos, a quien tienen preparado para el “próximo presidente de México”, pero por qué a Alice, la periodista, le ofrecen la exclusiva para descubrir el porqué no puede contender éste para la presidencia; la respuesta llevará a Alice a sus propios orígenes unida a López Mateos por Gonzalo de Murga, el posible padre del que será candidato, y aunque descubra el impedimento, se verá envuelta en la maquinaria del gobierno para acallarla y asesinar a los interesados en mostrar tal información pero ella, en su condición de estadounidense, la dirigen a la salida de México pero ella, acostumbrada a no salir con las manos vacías, le ofrecen entrevistar un guerrillero cubano que anda en México, se trata de Fidel Castro. “Relictus” muestra a dos hombres que han sido “condenados a vagar de un país a otro, de un siglo a otro, siempre con trabajos anónimos, siempre inmigrantes indeseables, al final de la cola”, y que en otro reencuentro hablan desde su origen, cuando andaban de cerca con “un loco que andaba bautizando gente en el Jordán”, y de pactos y traiciones de ese tiempo. Así también, otras traiciones, intimidaciones, muertes…, con “Nuestra Señora del Puente”, o una mancha con esa figura aparecida en el puente vial de la calle 31, en donde veremos a dos grupos de poder enfrentarse pues la imagen sirve o no sirve, dependiendo al grupo que se pertenece. “Esto no es un juego, Zurdito” expone a inmigrantes polacos y mexicanos que harán equipos de futbol para entretenerse pero cuando algo tiene forma de dinero se le abalanzan, pero el interés a veces abre cloacas. “Ladysmith” abre el miedo al exponer en todos sentidos a una mujer extraviada en barrios del país del norte casi imposible escapar de ellos. “Yo a usted no necesito matarlo” sólo si corre en mi mismo sentido, pues el poder fabrica el escenario que se le antoje para hacer de una víctima el peor ser. “Don Santiago” se aferra a su casa que lo hará aunque pasen siglos. “La lámpara danesa” que atrapa a su dueño, como si tuviera vida. Y, finalmente, el “Epílogo”, donde se explican algunos relatos pero que le quitan algo del buen sabor en que estaban las historias montadas en el potro de la realidad y de la ficción.