Alejandro Alvarado
En su nueva novela, La luna sin ombligo (Grijalbo), Carlos Pascual cuenta la historia secreta de los orígenes de México. Entre los diferentes asuntos que se plantea sobresale el abordar desde un punto satírico la historia de nuestro país. La novela desarrolla en un thriller, una crítica a todo ese tipo de novelística (que está inundando mucho actualmente el mercado) de códigos secretos, de hermandades, de iluminados y templarios.
—En La luna sin ombligo —afirma Carlos Pascual—, hago una parodia del Código Da Vinci. Es una obra que tomo como referencia a menudo y que, por cierto, despertó mucha polémica. La causa de la polémica fue, aclaro, a esta novela estuvieron poniéndola en el estante equivocado, colocándola junto a las de Umberto Eco. ¿Qué tiene que ver Dan Brown con Umberto Eco? ¿Qué tiene que ver El nombre de la rosa o El péndulo de Foucault con el Código Da Vinci? Por supuesto que este último tiene todas las de perder. Pongámoslo en el estante que le corresponde, junto a Stephen King o a Irving Wallace y van a ver qué buen libro, qué divertido es, qué bien estructurado. Porque los gringos si algo tienen es que siguen la receta de pe a pa y les funciona. Son los amos del cine mundial y son los amos de la novela de misterio, la novela negra, el thriller ¿Por qué? Porque hay una regla y una metodología. Esa moda que creció con Dan Brown, y que a mí no me parece mala literatura, es literatura de entretenimiento, de la cual, a pesar que es maravillosa, se ha abusado. En la escuela bromeo a propósito de la próxima edición de Cien años de soledad, les digo a mis Alumnos que próximamente nos vamos a enterar que Arueliano Buendía fue a conocer el hielo porque ahí hay un código secreto. El personaje de mi novela, Eugenio X. Delacroix, antropólogo, un investigador especialista en sociedades indígenas y en culturas mesoamericanas, busca encontrar el sentido de la mexicanidad, descubrir qué es México, qué significa ser mexicano actualmente. Pero a él, a pesar de su preparación, ninguna editorial lo toma en cuenta. Todo mundo le sugiere que escriba una novela con emoción, con aventuras, con sexo pero él se resiste a eso.
—¿Hablenos de las motivaciones lo llevaron a esta historia?
—Creí que podía ir todavía más a fondo: convierto al personaje en un personaje, es decir, en una novela de códigos secretos el personaje termina viviendo una serie de aventuras. Eugenio cada vez está más indignado porque se reconoce dentro de una novela de Dan Brown, lo cual para él es ridículo y espantoso. Se trata de dos historias que corren paralelas, en una de ellas, que data del siglo XVII, se involucra Sor Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza y Góngora y otros enloquecidos de esa época. Hay, naturalmente, un secreto ancestral que da fuerza a la narración. Cualquier documento que aparece da la ilusión de que desvela un gran secreto, un gran misterio, cuya importancia fundamental es que cambie el destino de una nación. Me agarro de todo esto que contiene muchísimos asideros para crear un thriller. A mí me parece que es una comedia de equivocaciones, finalmente. Alguien me reconvino y me dijo que más bien era una tragedia de errores o errores históricos. En fin, puede parecer complejo el planteamiento pero la lectura no es tan compleja.
—En su novela destacan lo que usted considera algunos errores históricos en México, ¿cuáles son para usted los más sobresalientes?
—Me meto mucho a este juego maniqueo de blancos y negros que hemos tenido en el país donde los buenos son los liberales, los progresistas, y los conservadores son los malos, a quienes identificamos con el siglo XIX, pero basta ver los murales de Diego Rivera del siglo XX para darse cuenta del maniqueísmo enorme del muralista mexicano, a quien, no obstante, admiro profundamente y lo involucro en la novela. A mí me parece que uno de los errores históricos más subrayables de este país es, sin duda alguna, la injerencia enorme de la Iglesia Católica en la vida nacional. Considero que ha hecho un daño terrible. Ya sé que un pueblo, en un momento determinado, necesita las reglas morales de una religión, esto me queda clarísimo. Nuestro mismo panteón de héroes es muy religioso. Después de la Independencia nos enseñan que el padre de la patria, Miguel Hidalgo y Costilla, se sacrificó por sus hijos. Si eso no es judeocristiano pues no sé qué pueda ser. Tenemos la serie de santos y los demonios. Creo, finalmente, que la Iglesia Católica sí ha jugado un papel nefasto en la historia de este país y habérselo permitido ha sido un gran error. Otro gran error del juego maniqueo es creer ciegamente en las cosas que nos han enseñado y no tratar de formarnos un criterio propio, dado que nos dan la historia en bloques, esta es monolítica, de buenos y malos, de blancos y negros. No tenemos en México, me parece, una gran capacidad de discernimiento, de analizar el papel de Antonio López de Santa Anna, por ejemplo, no somos capaces de entender qué es lo bueno de él y qué es lo malo que hizo. López de Santa Anna salvó al país no sé cuántas veces. El pueblo es quien iba por él, aunque él le pedía ya no estuvieran jodiéndolo, finalmente se lo llevaban. Después de todo, la pérdida o la venta del territorio mexicano es algo que iba a suceder. Si se ve, la balanza gira bastante equilibrada. Así como de López de Santa Anna se tiene una visión distorsionada lo mismo sucede con Porfirio Díaz. Porfirio Díaz es malo, Santa Anna malo y traidor. Ese me parece que es uno de los grandes errores que cometemos hasta la fecha todavía en nuestro país. Y lo ves en la política actual, el planteamiento es que las clases altas, lo que se conocería como la derecha, que en política se emparentarían con el PAN, son los ciudadanos, y la gente que no está en el PAN es el pueblo. De repente es una lucha, antes eran nobles contra plebeyos, ahora es ciudadanos contra pueblo. Siempre hay una diferencia y esas barreras a mí me enervan.

