Juan Arturo Martínez Paz

En junio de este año presenciamos un acontecimiento muy esperado por los literatos y grandes lectores. Hemos llegado al tan esperado cincuentenario de Rayuela, y a pesar de que la Real Academia de la Lengua Española no ha sacado una edición conmemorativa (por razones económicas), muchas personas nos sentimos en un afán de festejo. Esta novela del gran escritor argentino Julio Cortázar, ha traspasado los límites del tiempo al igual que lo ha hecho El Quijote. Su logro no sólo tiene que ver con el hecho de que mucha gente lo lea, sino con que cada lectura nos da diferentes mensajes y como dice el mismo Cortázar: “este libro es muchos libros.”

La estructura narrativa de Rayuela nos deja perplejos, nos encontramos en un mundo en que el orden de lectura se ve alterado y a diferencia de las matemáticas, el orden de los factores sí altera el producto; la alteración en la secuencia de capítulos contribuye a la creación de dos mundos diferentes, regidos bajo los mismos principios, pero que se trastrocan de distinta manera.

Revolución literaria. Bien podría ser éste el término preciso para clasificar a esta gran obra, una revuelta en lo que conocemos como literatura, una nueva propuesta de ver el libro, de acercarnos a él, de pertenecer: de ver el mundo. Y gracias a esta ambigüedad lectora, Rayuela sigue estando entre los libros más leídos, por jóvenes y adultos, los primeros sobre todo. Cortázar no creyó que su novela fuera leída por la juventud, ya que escribió Rayuela para él, “es decir para un hombre de más de cuarenta años y su circunstancia –otros hombres y mujeres de más de cuarenta años.”[1] Pero ¿por qué Rayuela es tan leído por jóvenes? Por el hecho de que retrata plenamente los problemas del “hombre nuevo”, del “hombre moderno”. Para Cortázar, nosotros, la juventud, y su novela entramos “en una especie de combate amoroso, de amarga pugna fraterna y rencorosa al mismo tiempo, hicieron otro libro de ese libro que no les había estado conscientemente destinado.”[2]

Y citando a un gran autor que me gusta muchísimo, diré que: “las revoluciones las hacen los hombres de carne y hueso y no los santos, y todas acaban por crear una nueva casta privilegiada” (Carlos Fuentes, en La muerte de Artemio Cruz). Frase propiamente dicha sobre las revoluciones de América y también aplicable, jugando con ella, a la literatura. Cortázar, este gran genio de la narrativa, fue un hombre de carne y hueso, hombre que en vida padeció hambre, mal de amores, desolación, que se sentía alejado de este mundo, etc. Escritor que como humano refleja parte de su realidad en sus obras. Los “santos”, entiéndase como aquellos que siguen las reglas, siguen lo preestablecido y no se atreven a innovar; los “no santos” serían los vanguardistas, los que crean nuevas formas para expresarse, renuevan lo ya establecido, juegan con las reglas impuestas. Entre los no santos contamos con Juan Rulfo, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Miguel de Cervantes, Alejo Carpentier, Ernesto Sábato, José Saramago, Luis de Góngora y Argote, Lope de Vega, Sor Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza y Góngora, Francisco de Quevedo y Calderón de la Barca, entre otros. Los “santos” son muy buenos escritores, pero no innovan, no hacen un movimiento de cambio en la literatura. Viven en el pasado, en lo seguro, sin experimentar.

Estas “revoluciones” promueven un cambio y con el tiempo generan a una “nueva casta privilegiada”, es decir, una nueva generación de lectores y escritores. Mueven el mundo literario, lo hacen temblar y nos dan herramientas para descifrarlo de una nueva manera. Cambios como éstos provocaron nuevos movimientos literarios, tales como el llamado boom latinoamericano (al que pertenecen algunos de los autores mencionados arriba), el realismo mágico, el estridentismo, el barroco, el romanticismo, el naturalismo, el realismo, la ciencia ficción y un largo etcétera

En Rayuela nos topamos con complejidades estructurales, caos en el pensamiento de Oliveira, pláticas doctas, reflexiones filosóficas de la vida y el hastío por la vida. Pero pasemos a ver algunos puntos de Rayuela: lo extenso, la polifonía, la estructura narrativa, la poética, la memoria, los personajes y la muerte.

Lo extenso podemos apreciarlo a primera vista: 728 páginas, 155 capítulos. Un gran reto para un lector inexperto, porque ¿quién en su sano juicio leería tanto? Nosotros, aquellos Quijotes del siglo XXI, podemos leerla y releerla para descifrar esos distintos puntos y esencias de la novela.

Pero no sólo lo encontramos aquí, sino en el texto, en la elaboración de descripciones, en donde la subordinación es de suma importancia. La gran extensión prosística reside en el texto mismo. Pasemos al primer párrafo de Rayuela:

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro tan casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. [3]

“¿Encontraría a la Maga?” esa es la pregunta que nos hacemos, la incógnita que subyace en nosotros después de leer este párrafo. Nos muestra un sentimiento de nostalgia, la búsqueda de su amada, un gran párrafo lleno de descripciones, recuerdos. A estas alturas sólo sabemos una cosa: el busca a la Maga y lo hace a través de un viaje que va ligado a los recuerdos, la memoria (asunto que veremos más adelante). En el siguiente párrafo nos enteramos que su búsqueda no tiene éxito, pues “ella no estaría ahora en el puente”[4].Y podemos encontrar otros ejemplos: una descripción de los últimos momentos del atardecer, del momento en que la luz ya es muy escasa pero aun así calienta, de ese “fuego sin color que corre al anochecer”:

Sí, pero quién os curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos. Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca. Ardiendo así sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como la madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta maraña de piedra interminable, caminar por las noches de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego.[5]

Cortázar abunda en las descripciones, sensaciones y atmosferas que tienen lugar en un momento de la jornada, pero no se queda ahí, su descripción es más filosófica, metafísica se podría decir.

Polifonía. Voces. Voces que encontramos a lo largo de las novelas, voces narrativas, voces que nos cuentan su historia. Cortázar tiene una polifonía mucho más callada (en comparación con Pedro Páramo de Juan Rulfo, por ejemplo) pocos personajes hablan en ella, nos topamos con narraciones del personaje principal Horacio Oliveira, que nos relata su historia con la Maga y la forma en que se enfrenta a la vida y a esa soledad; tenemos la voz del narrador (que siguiendo a Mario Vargas Llosa[6] y otros críticos, no debemos confundir con el escritor) , que se intercala con la de Oliveira para aclararnos algunos puntos, darnos una perspectiva más lejana; también está la voz de Talita que en cierto momento se llega a convertir en la de la Maga y en la de Oliveira; y sobre todo en aquel magistral capítulo 34 en el cual dialoga con la obra de Benito Pérez Galdós, nos encontramos con la voz narrativa de la novela Lo prohibido:

En septiembre del 80, pocos meses después del falleci-

Y las cosas que lee, una novela mal escrita, para colmo una

miento de mi padre, resolví apartarme de los negocios,

edición infecta, uno se pregunta cómo puede interesarle al-

cediéndolos a otra casa extractora de Jerez tan acreditada […]

go así. […][7]

Cortázar nos enseña su punto de vista crítico con respecto a la novela de Galdós; y, más adelante, su perspectiva conforme a la forma de hacer literatura, expresada en la voz de Morelli.

En cuanto a estructuras narrativas, me refiero a la forma de presentación, el cómo este autor nos muestra su obra. Cortázar nos presenta una novela que rompe completamente con la “novela”, podría considerarse una antinovela, (si ese nombre no lo hubiera usurpado la noveau roman) una estructura que no tiene un orden preestablecido, una estructura que requiere de la completa participación del lector, puede leerse comúnmente, saltándose capítulos, empezando por el capítulo 73 como lo sugiere el mismo autor. Gonzalo Celorio dice al respecto:

“Con afán experimental y espíritu iconoclasta, Rayuela responde al deliberado interés de su autor de escribir una contranovela, una obra con presunción novelística que no se subestima, empero, a las categorías impuestas al género sino que, por el contrario, se empeña en romperlas, alterarlas, subvertirlas”[8]

Reminiscencias al pasado, saltos en tiempo. Rayuela nos lleva en un viaje por las calles de París, de Buenos Aires, llevando siempre el recuerdo de la Maga, recordando todo lo vivido con ella en esa ciudad francesa; recordándola a través del presente que es representado por Talita, saltos en el tiempo, saltos en capítulos. Cosgrove nos dice al respecto de Rayuela:

“Es una magnífica novela de fragmentos que no constituyen un todo parecido.  Es un discurso de mosaicos desiguales, desde el filosófico hasta los chismes periodísticos. Sobre todo, es una novela que sacude nuestra manera convencional y limitada de percibir las cosas.”[9]

Entiéndase poética por la forma en que se manifiestan los textos, tienen un grado poético, es decir, poseen un lenguaje poético, pueden ser leídas como poemas, tienen la cadencia, el ritmo y las estructuras estilísticas de los poemas.

El más grande ejemplo encontrado en estas novelas es el capítulo 7 de Rayuela, un texto altamente poético:

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.[10]

Cortázar nos expresa con gran altura su don de poeta, Oliveira piensa en la Maga y dice esto, o lo escribe, no lo sé. Uno se pierde tan profundamente en este capítulo que es capaz de imaginarse recitándoselo a la chica que amas. Las mujeres se vuelven locas al oírlo, sus sentidos se despiertan y consigue su cometido, entrar en el ser de las personas, mover los sentimientos, ad impellendos animos diría Cicerón.

La memoria constituye el factor principal la obra, no es sino el conjunto de recuerdos, recuerdos que nos llevan a recrear la historia de la Maga. Reminiscencias al pasado que constituyen la estructura principal en dicha novela, recuerdos que tienen que ver completamente con la memoria, regresar a esos momentos que han marcado sus vidas. Federico Campbell nos dice algo acerca de la memoria:

“Más que reproducir, la memoria inventa. Recategoriza. Reclasifica. No repite: reorganiza. Siempre dentro de un cuadro emocional, el abandono, los cambios y las separaciones de la vida, encienden la memoria: el lugar de los muertos que están vivos.”[11]

En Rayuela, los recuerdos de Oliveira están organizados cronológicamente, es decir, tienen una secuencia en el tiempo; Con respecto a la obra de Cortázar, Armando Pereira nos dice:

“Es el recuerdo el que lo guía: sucesión de imágenes y figuras que buscan hacia atrás, en la memoria, el objeto perdido”[12]

Y más adelante el mismo Armando lo reafirma:

“Una búsqueda que, en definitiva, no ocurre en otra región que en la de la memoria”[13]

Las acciones presentes y lugares marcan la pauta para traer ese pasado a la memoria. El viaje por la rue de Seine trae a la memoria los encuentros con la Maga, la constante presencia de Talita hace lo propio.

Los personajes de estas novelas son memorables, en especial Oliveira. Hombre que fue marcado por la desgracia,  que está en conflicto con su mundo.

Horacio Oliveira fue marcado por la presencia de una mujer, y también por su ausencia: la Maga. Este personaje cambia drásticamente cuando pierde a su amada, la muerte ha dejado huella en él. Oliveira pierde interés por la vida: la vida de Horacio se vuelve más monótona e insoportable a partir de la desaparición de la Maga. Oliveira busca a su amada en otros lugares: Horacio quiere encontrarla en Talita (el alter ego de la Maga), esposa de Traveler (álter ego de Horacio), también trata de buscarla en Gekrepten, pero sin éxito.

El final para este personaje es la muerte que se manifiesta en forma espiritual.

La muerte, el final de la vida de cualquier ser humano. La muerte marca toda la novela. Rayuela es un mundo que gira en torno a la muerte o supuesta muerte de la Maga, su ausencia marca la continuidad de la narración.

La muerte propicia el desenvolvimiento de la trama: la muerte de Rocamadour es el primer movimiento generador de un cambio drástico, señala la separación del Club de la Serpiente y la futura desaparición de la Maga y su presencia física en la novela.

El segundo movimiento generador de cambios es la muerte de la amada: la “muerte” de la Maga se manifiesta mediante su desaparición, la ausencia que deja en una constante angustia a Horacio. Y finalmente la “muerte” de Horacio Oliveira (de quien se puede considerar una muerte física o espiritual según la forma que el lector haya elegido para leer la obra):

Era así, la armonía duraba increíblemente, no había palabras para contestar a la bondad de esos dos de ahí abajo, mirándolo y hablándole desde la rayuela, porque Talita estaba parada sin darse cuenta en la casilla tres, y Traveler tenía un pie metido en el seis, de manera que lo único que él podía hacer era mover un poco la mano derecha en un saludo tímido y quedarse mirando a la Maga, a Manú, diciéndose que al fin y al cabo algún encuentro había, aunque no pudiera durar más que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas hubiera sido inclinarse apenas hacia afuera y dejarse ir, paf se acabó.[14]

El final es extraordinario. La muerte lo marca todo, lo inunda.

Una obra única, que seguirá leyéndose en el futuro. Una novela que a pesar de tener cincuenta años sigue con la vitalidad de la juventud. Rayuela una novela joven de cincuenta años, una jovencita cincuentona.

Bibliografía:

  • Rall, Dietrich. En Busca del Texto. 2° reed. México. UNAM, CELE, IIS. 2008. 457 pp.
  • Cortázar, Julio. Rayuela. 9° reimp. México, Punto de Lectura. 2011. 728 pp.
  • Arrigucci Jr., Davi. El alacrán atrapado. La poética de la destrucción en Julio Cortázar. Universidad de Guadalajara, UNAM, FCE. 2002. 444 pp.
  • Pereira, Armando. Deseo y Escritura. La narrativa de Julio Cortázar. 2° ed. Universidad de Guadalajara, UNAM. 2005. 256 pp.
  • Solares, Ignacio. Imagen de Julio Cortázar. Universidad de Guadalajara, UNAM, FCE. 2002. 125 pp.
  • Valenzuela, Luisa; Bella Jozef y Alain Sicard. Julio Cortázar desde tres perspectivas. Universidad de Guadalajara, UNAM, FCE. 2002. 84 pp.
  • Antología. Otra Flor Amarilla. Homenaje a Julio Cortázar. Universidad de Guadalajara, UNAM, FCE. 2002. 120 pp.
  • Cortázar, Julio. Papeles inesperados. México, Punto de Lectura. 2012. 486 pp.


[1] Cortázar, Julio. “Acerca de Rayuela”, en Papeles inesperados., México, Punto de Lectura, 2012. P. 173

[2] Ibídem. Pp. 173-174.

[3] Cortázar, Julio. Rayuela. 9° reimp. México, Punto de Lectura, 2011. P. 15.

[4]Loc. Cit.

[5] Cortázar, Julio. Op. Cit. P. 500.

[6] Véase Cartas a un joven novelista, de Vargas Llosa.

[7] Cortázar, Julio. Op. Cit. 261p.

[8] Celorio, Gonzalo. “Julio Cortázar”, en Otra Flor amarilla. Homenaje a Julio Cortázar. México,  Universidad de Guadalajara, UNAM, FCE. 2002. P. 34.

[9] Cosgrove, Ciaran. “Cortázar y la novela prescindible”, en Otra flor amarilla. Homenaje a Julio Cortázar.México,  Universidad de Guadalajara, UNAM, FCE. 2002. P. 99.

 

[10] Cortázar, Julio. Op. Cit. 54p.

[11] Campbell, Federico. “La ficción de la memoria”, en La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica. 1° reimp. UNAM, Editorial Era. 2010. P. 433.

[12] Pereira, Armando. Deseo y escritura. La narrativa de Julio Cortázar. 2° ed. Universidad de Guadalajara, UNAM. 2005. P. 129.

[13][13] Pereira, Armando. Op. Cit. P. 131.

[14] Cortázar, Julio. Op. Cit. 462p.