David Alejandro Boyás Gómez

Si el volumen o el tono de la obra pueden llevar a creer

que el autor intentó una suma, apresurarse a señalarle que está

ante la tentativa contraria, la de una resta implacable[i].

Para los lectores de Julio Cortázar, el gran cronopio está consagrado como uno de los mayores escritores del mundo. Sus críticos y aficionados han encontrado en sus obras temas recurrentes y procesos parecidos que se han constituido en características esenciales del estilo cortazariano. ¿Será posible que algunas inclinaciones del escritor tengan que ver con su estudio y goce personal del llamado budismo zen?

Leer creaciones como Rayuela o Historias de cronopios y de famas, requiere de un esfuerzo intelectual por parte del lector, pero éste no es en el sentido de los grandes conocimientos ni de los procesos de razonamiento, sino, paradójicamente (y con Julio Cortázar, la paradoja es común), con procesos de sensibilidad, fantasía y ruptura de lógicas tradicionales.

Esta legitimación del encuentro de una verdad –su verdad – a través de procesos contrarios a los más tradicionales en el contexto occidental del siglo XX, puede tener que ver con sus afinidades filosófico-espirituales. Pues, ¿quién podría negar la influencia de estos aprendizajes ideológicos en la mayor parte de las obras creadas por la humanidad?

Si bien, este ensayo no pretende demostrar que Julio Cortázar pertenezca a una corriente “zen” de la literatura (pues incluso sería imposible pensar en una literatura hecha al modo zen, ya que su misma ideología transgrede las plataformas y convenciones de la literatura como la conocemos), sí aspira a localizar los puntos en su obra literaria donde ese pensamiento esté presente.

En la obra general de Cortázar hay muchas influencias y estilos, desde Faulkner hasta Baudelaire, pasando por el surrealismo, el cine o el jazz; el verso libre, la agramaticalidad, la filosofía de Bataille, el terror de Poe o la medicina. Pero al budismo zen se le ha dejado un poco rezagado en el análisis de las influencias en la obra del escritor, debido, por un lado, a la enorme brecha de inteligibilidad entre el Occidente en que vivimos y el complejo entramado ideológico de los mundos de Oriente, y por otro, a lo complicado que resulta relacionar una filosofía o espiritualidad como es el budismo zen con una posible teoría de la elaboración de un texto. Hasta Cortázar se dio cuenta de lo anterior como se verá un poco más adelante.

Primero debemos comenzar por comprender qué es el budismo zen. Estudiado inexactamente como religión en Occidente, es más una perspectiva de vida. No sólo no tiene jerarquías, textos, dogmas, ni profetas, sino que no tiene una cosmogonía que defienda la reencarnación, ni la bondad, ni la eternidad, ni a los santos, ni a los dioses, ni a la ausencia de ellos, ni a una conducta específica. Y de hecho se aprende de la vida. No puede haber un maestro que enseñe la esencia del zen. Para aprender el zen se debe saber fluir con la vida. Y no hay mediación entre nosotros y dios. Ésta es una breve historia:

Por el 500 a. de n.e., en lo que hoy es Nepal vivía el rey Suddhodana, a quien profetizaron que su hijo sería aquél que libraría a los hombres de la vida y de la muerte. El rey, espantado, decidió robarle el destino a su hijo y lo encerró en el palacio. Pero un día, Siddhartha, el príncipe, salió y vio a un viejo. Y en su pelo y cuerpo advirtió la vejez. Horrorizado regresó y en el camino se encontró a un enfermo. Y por vez primera conoció la enfermedad. Posteriormente, vio un cortejo fúnebre y el cadáver de un hombre. Y se enteró de la existencia de la muerte. Así conoció los males inevitables que acaecen a todo ser humano.

A la sombra de un árbol vio a un asceta lleno de paz y le preguntó qué era lo que hacía para estar tan sosegado. Él le contestó que practicaba el desapego. Entonces siguió las enseñanzas de este sabio, pero le resultaron demasiado extremas. Así que se independizó, se sentó bajo un árbol baniano y se dispuso a buscar un camino medio. Ahí alcanzó la iluminación, el Nirvana, que consiste en ver todas las cadenas de causa y efecto de todo el mundo, desde la primera en el pasado hasta la última en el futuro, en una concepción del tiempo no lineal, sino espiral, que va dando vueltas en torno a un centro donde se fusiona.

A partir de entonces se denominó Buda, el iluminado, que nunca escribió un texto. Difundió a sus discípulos las cuatro nobles verdades: El sufrimiento existe, se debe al deseo, hay una forma de evitarlo que es practicar el desapego, y el desapego se logra siguiendo el Óctuple Camino que se trata a su vez de tener en la vida la visión correcta, la concentración correcta, la intención correcta, la palabra correcta, la conducta correcta, los medios de subsistencia correctos, el correcto esfuerzo y la atención correcta.

Así el budismo comenzó a extenderse por las vías de comercio hacia el Oriente de Asia, aunque surgió en la Gran India y es una religión dhármica, pues se basa en el concepto de dharma (conducta o ley natural que cada uno tiene) y surge de escisiones a lo largo de los siglos dentro del hinduismo.

Además del budismo tibetano, que está mezclado con otras religiones antiguas del Tíbet, puede ser de dos tipos: El hinayana o del pequeño vehículo, trata de seguir de la forma más cercana las enseñanzas de Buda. Se ubica principalmente en Tailandia, Myanmar y Malasia. El mayahana o budismo del gran vehículo, es la parte más compasiva. Considera que la salvación, el entendimiento ha de ser colectivo; toda la humanidad debe contribuir unos seres con los otros a llegar a la elevación. Se propagó en China donde es conocido como budismo chan y en Japón donde se le llamó budismo zen

El zen encumbra como las dos vías más importantes del Óctuple Camino (de las cuales las demás son derivaciones) a la visión y a la concentración. En la profundización de la filosofía de esta espiritualidad, uno de los más grandes informadores para el Occidente ha sido el escritor japonés Daisetsu Teitaro Suzuki, a quien Julio Cortázar atribuye sus primeros acercamientos en la materia.

Cortázar recuerda que durante muchos años, mientras escribía varios de sus libros, se dedicaba con entusiasmo a la lectura de Suzuki “que significó para mí una tremenda sacudida existencial[ii]”, además de que estudiaba en círculos de metafísica oriental y en sus tiempos de estudiante de Letras y Magisterio en Argentina se había interesado por los presocráticos y Platón. En su obra aparece el zen en muchos niveles.

La mayor parte de la obra de Cortázar está estructurada a partir de la concepción del tiempo en el budismo, concepción en espiral y que además, como el Uróboros, se muerde a sí mismo la cola uniendo en el infinito, el principio y el fin. Rayuela es un gran ejemplo de este movimiento: París es un paralelo de Buenos Aires, incluso la novela misma es un inicio y fin desdibujado.

Esto se puede también ver en Final del juego donde el cuento “Continuidad de los parques”, y en general todos los cuentos, parecen contemplar un ciclo donde al final exista una fundición.

También en “Las babas del diablo” –donde se cambia la persona gramatical del narrador en tres ocasiones, para moverse en tres puntos de enunciación o tres tiempos diferentes que al final son uno solo y en “El perseguidor” la concepción del tiempo permite que las cosas del pasado se repitan en el futuro y viceversa, en un movimiento circular, y mete una mar de sucesos en apenas un minuto y medio: “¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio?”[iii]. Si acaba con el tiempo, acaba con el yo, el ego.

De regreso a Rayuela o a Final del juego es evidente la presencia del juego en la literatura. Es una característica que se ha destacado en Cortázar. Esta concepción de la obra como recreación, coincide con la de la vida como juego, el homo sapiens sapiens como homo ludens, una filosofía en la que el hombre no hace más que jugar a la vida mientras se encuentra en ella:

“Ese doble carácter del hombre midiéndose con lo incognoscible y con la muerte, que signa a la filosofía en su nacimiento, todavía podría aparecer hoy como el signo que opone el pensamiento filosófico al científico, al igual que el juego se opone al trabajo. Pero en la historia, la filosofía dista mucho de haberse limitado a ese movimiento de juego. Por el contrario, se remitió al trabajo y, en el plano del enigma insoluble, se confió a los métodos que habían sobresalido en el plano del conocimiento ligado a la experiencia activa.

Así, lejos de preservar la parte del juego, un “mundo filosófico” que cada vez se tomó más en serio, y que combatió todo valor extraño a la razón, introdujo al pensamiento, junto con la acción, en el atolladero de la humanidad actual[iv]

La referencia anterior es de George Bataille quien afirma que lo lúdico es toda una filosofía y una espiritualidad, el sentido de la vida misma. Coincidentemente, Bataille escribía poesía mística atea y tenía teorías sobre que el encuentro de lo que buscamos de la vida está en el sexo.

En Rayuela se observan particularidades en el lenguaje: en lugar de fabricar silogismos, la narración corre a cargo de la “ilógica” como el budismo zen. El capítulo con Madame Trépat no tiene sentido y el absurdo puente que construyen Horacio y Traveler para intercambiar yerba mate y clavos tampoco. No hay simbolismo posible que oriente al lector si no es a través de la irracionalidad.

Lo anterior obliga a nuestro entendimiento a tratar de comprender en medio del absurdo y lo mismo sucede con el koan del zen. La iluminación en el zen se llama satori. Como el conocimiento no se puede transmitir desde un maestro, éstos hacen las veces de guías a través de koan que son anécdotas, acertijos e incluso haikú, contradictorios y sin lógica. Su objetivo es romper con los límites del propio pensamiento para llegar a un punto límite donde se puede estudiar el zen y así alcanzar el satori. El zen no enseña nada, y a través de esa nada está el camino.

Suzuki define koan como “una muralla de hierro que nos obstruye el paso y que amenaza con derrotar todo esfuerzo intelectual dirigido a cruzarla[v]” Recordemos cuántas veces un puente de irracionalidad surge en la novela, incluso para unir al amor perdido de la Maga con Horacio, que salva de esta muralla.

En el capítulo 95, principalmente, como en todos donde aparece, Morelli se ocupa de ser el alter ego de Cortázar. Trata de explicar en este caso el proceso de creación de una novela que se acerque más al pensamiento oriental. El capítulo entero ahonda en esto, baste este fragmento: “A cambio del bastonazo en la cabeza, una novela absolutamente antinovelesca, con el escándalo y el choque consiguiente, y quizá con una apertura para los más avisados[vi]”  Esto hace referencia a una parábola  en la que el maestro da un bastonazo al discípulo para que entienda: “te he dado una lección espiritual”. La respuesta la tiene ahora el discípulo.

Rayuela constituye ese bastonazo propinado para ver si el lector desea comprender otra realidad. Incluso se iba a llamar Mandala, pero el autor decidió ponerle el nombre más sencillo, de carácter lúdico y metafóricamente igual del juego de la rayuela, (en México conocido como Avión) y que consiste en alcanzar una meta a través de un camino, susceptible de ser diferente y que siempre regresa. Lo mismo es un Mandala, dibujo o texto budista que sirve para andar ese camino.

La Maga, personaje locuaz e irreverente, es la única que nada en los ríos de la libertad intelectual. Vive la vida, a diferencia de Horacio, que es demasiado racional. Horacio, como Bruno, el crítico de “El perseguidor” son famas o personajes que no pueden más que seguir el orden dado de las cosas. Johnny y la Maga son los cronopios que se revelan en contra de las cosas dadas y también son los que usan el koan, los que han entendido cómo ser felices realmente.

El budismo zen también debe ser entendido por los críticos como una influencia más en el autor, dado que tiene repercusiones en el estilo, la estética, la concepción del mundo, la fabricación de ambientes y psicologías, la construcción del lenguaje, los procesos de interpretación y la transmisión del mensaje en las obras de Cortázar.

El zen está presente en mucho de la vida y la obra de Julio Cortázar. Pero como él mismo reconoció, a través de Morelli y en persona, este intento es:

“la tentativa de hacer volar en pedazos el instrumento mismo de que se vale la razón, que es el lenguaje; de buscar un lenguaje nuevo. Al modificarse las raíces lingüísticas, lógicamente se modificarían también todos los parámetros de la razón. Es una operación dialéctica: una cosa no puede hacerse sin la otra. De manera que no creas que yo no tenía plena conciencia de que estaba combatiendo a un enemigo con sus propias armas. Pero es que un escritor no tiene otras[vii]”.

Escribir la antinovela ilógica que es Rayuela en forma de novela con su propia lógica; el capítulo 68 donde entendemos glíglico sin haberlo aprendido; ir de la moto al sacrificio humano prehispánico; el adolescente que se salva en la vida real pero no en la foto; el axolotl, monstruo de cabeza humana; los lentes sin estuche que se caen y no se rompen y se rompen cuando caen con estuche. Estas contradicciones dan muestra de lo zen que hay en Cortázar y de lo Cortázar que tiene el zen.

México, D.F., junio de 2013.

Bibliografía:

Alazraki, Jaime. Hacia Cortázar: aproximaciones a su obra Barcelona: Anthropos Editorial, 1994.

Bataille, George. La felicidad, el erotismo y la literatura. Ensayos 1944-1961. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editores, 2004.

Castro-Klaren, Sara, “Julio Cortázar lector“ en Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, Núms. 364-366, 1980.

Cortázar, Julio, Final del juego. México: Nueva Imagen, 1984.

_______________, Historias de cronopios y de famas. México: Alfaguara, 1999.

_______________, Las armas secretas. Madrid: Cátedra, 1978.

_______________, Rayuela. México: Alfaguara, 2011.

González Bermejo, Ernesto, Revelaciones de un cronopio. Buenos Aires: Contrapunto, 1986.

López Salort, Daniel. Julio Cortázar y las ruedas del budismo zen, en: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/cor_zen.html (consultado: 4 de junio de 2013).

Suzuki, Daisetsu Teitaro, An introduction of Zen Buddhism. Buenos Aires: Kier, 1976.


[i] Julio Cortázar, Rayuela. México: Alfaguara, 2011. Cap. 137, p. 559. NOTA: Todas las referencias de Rayuela son de esta edición.

[ii] Sara Castro-Klaren (1980). “Julio Cortázar lector“ en Cuadernos Hispanoamericanos, Núms. 364-366.

[iii] Julio Cortázar, El perseguidor en “Las armas secretas”. Madrid: Cátedra, 1978.

[iv]George Bataille, La felicidad, el erotismo y la literatura. Ensayos 1944-1961. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editores, 2004.

[v] Daisetsu Teitaro Suzuki, An introduction of Zen Buddhism. Nueva York: Grove, 1977, p. 109.

[vi] Cap. 95, p. 458.

[vii]Ernesto González Bermejo, Revelaciones de un cronopio. Buenos Aires: Contrapunto, 1986. Pp.71-72.