Hombre de una pieza de granito puro
Raúl Jiménez Vázquez
El pasado 4 de junio se conmemoró el cuadragésimo cuarto aniversario luctuoso del licenciado Carlos A. Madrazo, siendo por ello oportuno traer al presente algunos de los principios que guiaron su conducta pública. Recordar el pasado no es, sin embargo, un mero ejercicio de recreación mental, sino un auténtico proceso de aprendizaje significativo que posibilita la construcción social de la memoria histórica, sin la cual la existencia colectiva carece de sentido.
Integridad. A lo largo de su vida dejó una huella indeleble de integridad, claridad, transparencia y rechazo tajante y definitivo a cualquier forma de corrupción. Esta íntima convicción lo acompañó hasta el final de sus días. Así pues, contrario a lo que suele suceder hoy en día, el poder no se tradujo para él en la acumulación de bienes materiales.
Congruencia. Entre su vida pública y su vida privada no existió jamás fractura de ninguna índole. Su desempeño limpio y apasionado en la política y el servicio público fue la manifestación material de los valores que rigieron sus acciones individuales, familiares y sociales. Era de una sola pieza, hecha de granito puro. Sabía lo que hacía porque hacía lo que debía. Temples como el suyo sin lugar a dudas hacen falta en una sociedad lacerada por las defecciones de quienes han hecho del noble oficio de la política un juego de grotescas mascaradas.
Verdad. Profesó un especial amor a la verdad, a sabiendas incluso de que ello podía acarrearle riesgos y amenazas. A diferencia de otros políticos de su tiempo, varios de ellos condenados al ostracismo y cargando sobre sus espaldas la loza del repudio popular, gracias a este rasgo de su personalidad el licenciado Madrazo ocupa un sito de honor en la memoria de muchos mexicanos.
Dignidad. Llevó una vida digna. Sus palabras, siempre elocuentes, estaban impregnadas de un sólido sentido de dignidad. Luchó y murió en aras de engrandecer la dignidad de sus compatriotas. Queda para la historia aquella escena ocurrida en Palacio Nacional en la que hizo valer al presidente de la época su rotunda oposición al movimiento reeleccionista que el propio Ejecutivo federal estaba impulsando tras bambalinas. Nadie, salvo un valiente hecho y derecho, como Madrazo, fue capaz de un gesto así en los tiempos aciagos en los que la disidencia era sofocada a bayoneta calada.
Patriotismo y ejercicio republicano del poder. Fue además un genuino patriota que siempre puso por delante el interés nacional. Tuvo una conciencia clara y precisa sobre el porqué y el para qué del poder, nunca lo vio como un fin en sí mismo, sino como un medio para servir y no servirse de los demás. Lo ejerció de manera democrática, apegado a las formas republicanas; jamás lo usó para desfogar complejos, enojos o resentimientos existenciales, menos aún para forjarse imágenes grandilocuentes de sí mismo, asumirse dueño de carismas preternaturales o creerse portador de verdades absolutas.
Visión política. Sin duda era un visionario, capaz de advertir lo que ningún otro miembro de la clase política de su tiempo: el anquilosamiento del PRI. Por esa razón, al arribar al máximo cargo de dicho instituto planteó su democratización integral mediante el empoderamiento de las bases. Ello le costó el cargo, ya que fue obligado a renunciar por quienes estaban comprometidos con un sistema que había optado por la puerta falsa de la antidemocracia, la indignidad, la regresión y las prácticas genocidas.
Fe en las bondades intrínsecas de la oposición. Percibió en el gran movimiento estudiantil de 1968 la señal de una creciente inconformidad contra un régimen caduco y antidemocrático. Tenía una enorme fe en la juventud, decía que en ésta radicaba lo que habría de vivir y lo que habría de morir. Le conmovió hondamente la cruel matanza de Tlatelolco. Vio en ella la muestra palpable de una cerrazón gubernamental que habría de convencerlo de la necesidad de incursionar en la oposición y crear un nuevo partido al que denominaría Patria Nueva. Semanas antes de la fecha acordada para su constitución, perdió la vida en el avionazo del Pico del Fraile, Monterrey, lo que a juicio de muchos fue un verdadero crimen de Estado.
Las sabias enseñanzas de Carlos A. Madrazo tienen una enorme actualidad y deben ser capitalizadas por la clase política a fin de no incurrir en las cegueras, simulaciones, desvíos y corruptelas que él denunció y combatió en forma por demás apasionada.
