La fuga fue masiva
René Avilés Fabila
El PAN, mientras fue oposición, tenía dos discursos: el de oponerse a todo lo que hacía el PRI y hablar de honradez. Era creíble. El PRI, seguro de su poderío, de ser el legítimo heredero de la Revolución Mexicana (que de muchas formas lo era), llegaba a excesos inauditos. Hizo del autoritarismo y la corrupción dos firmes pilares que soportaban el presidencialismo. Ya no eran los momentos en que gobernaba con cordura el general Lázaro Cárdenas. Ni siquiera el tiempo de Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos. En un contexto de total dominio, el priismo gobernaba con desdén a la sociedad. El panismo fue creciendo merced a sus críticas, mientras que el PRI cometía errores y daba traspiés, seguro como estaba del control que ejercía sobre México.
Cuando al fin el PRI llegó a suponer que con cualquier candidato ganaría las elecciones, apareció el hartazgo popular y un caudillo ignorante, parlanchín y de cierto ingenio popular venció de forma clara al antes todopoderoso partido oficial y comenzó la transición. Muchos imaginaron que llegaba un coro de ángeles y querubines, de santos y arcángeles, pero no. Desde un principio no sólo cometieron las mismas pifias del PRI sino que con enorme facilidad superaron sus dudosas hazañas. La corrupción priista era casi ingenua junto a la de los panistas. El nepotismo retornó con fuerza y desde los presidentes municipales hasta los mandatarios (Vicente Fox y Felipe Calderón) hicieron de las suyas. Había muerto el culto a la honestidad y a la sinceridad. Ya en el poder, los panistas, como los perredistas, mostraron su devoción por el dinero.
Recuerdo el caso de Alberto Cárdenas: parecía, como todos los conservadores, honesto y ejemplar. Le bastó llegar a la Semarnat para destruir lo hecho por las anteriores administraciones, poner en cargos destacados hasta a sus relaciones íntimas y engrosar su cuenta bancaria. Llegó a ser precandidato presidencial. Ahora, por suerte para México, trata inútilmente de rehacer su carrera política, por cierto exhibida en el Senado por el político tabasqueño Óscar Cantón Zetina, desde abajo, pero eso sí, con los recursos que al estilo Granier (bueno, no tanto) pudo obtener en sus distintas tareas, todas lamentablemente ejercidas.
Ahora vemos a los panistas peleando los restos del gran botín que Fox obtuvo para esas siglas, siglas que nada indican, que carecen de principios y de ideología, que ignoran para qué sirve la administración pública. No hay más PAN, lo que existe son facciones de deshonestos buscando una plataforma para volver a un cargo. Pero el partido está desecho. Se indigestó de poder y de avidez material. Gustavo Madero le pega a Calderón y ambos regañan a Josefina Vázquez Mota. Ernesto Cordero busca alianzas para vencer a sus rivales. Junto a las perredistas, las pugnas tribales panistas son escandalosas.
El PAN cayó en las pasadas elecciones al tercer sitio. Hizo un papel lamentable. Hoy no encuentra el rumbo. Algunos de sus más propios militantes se fueron o están por hacerlo. Es un caso interesante: la fuga fue masiva. Se acabaron los adherentes que buscaban empleo, quedan solamente los que alcanzaron una curul y los que realmente esperan un milagro, algo que les permita resucitar de entre los muertos. No será con Gustavo Madero al frente de un grupúsculo conservador y sin políticos de peso.
Mis años de formación transcurrieron en medio de un profundo desdén de mis compañeros de escuela y amigos iniciales de letras hacia el PAN. Solíamos burlarnos de su atraso político. Eran empresarios de poca monta, los mayores simpatizaban con el PRI (obvio). Ahora han regresado a su medida: la pequeñez. La historia da grandes oportunidades, es verdad, y al PAN se la dio dos veces, algo inusual. Dudo mucho de que logre reponerse del éxito que significó llegar a Los Pinos. En lo sucesivo volverán al principio: a criticar todo lo que hagan los demás. Pobres. Todo por no leer a los clásicos de la teoría política y, algo peor, desconocer los problemas de la nación.
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