David Enríquez

 Prácticamente todo se ha dicho acerca de Rayuela de Julio Cortázar, desde que se editó por primera vez bajo el amparo de la editorial Sudamericana, en junio de hace 50 años, hasta su última edición en Alfaguara (que entre 1998 y 2013 lleva más de treinta reimpresiones, sólo en esta casa editorial; resulta casi imposible saber cuántos ejemplares hay de ediciones anteriores y en traducciones).

Todo se ha dicho, muy bien, y de todas las formas posibles: análisis textuales que relacionan a los personajes, varios cronopios argentinos en París, con la vida de Julio Cortázar; seguramente sobraron psicoanalistas que vieron edipos y electras desbordados entre el protagonista Oliveira y la Maga, su amante. En la Facultad de Filosofía y Letras, donde yo estudié, era regocijo de formalistas y estructuralistas amalarle el noema al capítulo 68, escrito con palabras inventadas y arcaísmos (se acostumbra, como examen final de Español, analizar morfosintácticamente ese fragmento); inclusive desde la teoría de la recepción, concentrada en los lectores como reconstructores de los textos, Anthony Percival dice, con cierta inocencia, que el lector de Rayuela añade significados y relaciones en el tiempo que toma al terminar un capítulo y buscar la tabla de lectura al inicio del libro.[i]

En internet abundan textos desde lo más profesional hasta las experiencias profundamente personales de lectura de Rayuela. Y sobran razones para dialogar tanto acerca de un libro, ya sea su contexto histórico, la generación a la que pertenece, su estructura, la propuesta de lectura que propone. Es, de entrada, uno de los textos más sobresalientes del  Boom latinoamericano, brilla entre novelas monumentales y escritores no menos pequeños, como Cien años de soledad, de García Márquez, La región más transparente, de Carlos Fuentes, La casa verde, de Vargas Llosa, clásicos ya de la literatura hispanoamericana. Con ellos, Rayuela comparte la noción de que toda gran novela, es, en esencia, una antinovela. El Quijote, de Cervantes, lo es; novelas que destruyen, crean y confirman códigos nuevos, códigos de lenguaje, de estructura, referenciales.

Todas estas novelas, además, fueron escritas en una generación revolucionaria y lúdica. Con ellas, surgió en la década de los sesentas el movimiento hippie, por ejemplo; la música cambió de forma radical por la influencia del jazz que venía sonando desde los años cuarenta y tuvo un auge tremendo con el bebop de Charlie Parker en los cincuentas, y sus grandes estrellas, Miles David, John Coltrane, por decir algunos. El periodo posterior a la guerra mundial, el repudio al belicismo, la esperanza en los movimientos socialistas mediante el interés y la acción política, todas estas cosas estaban en un hervidero que produciría respuestas sociales, espirituales y artísticas.

Como respuesta a lo que ocurría en los años sesentas, Cortázar propone un juego que, como la fiesta, el carnaval, es una manera de subvertir el orden dado del mundo, de cambiar las ficciones sociales por otras inversas. La rayuela es el juego del avioncito en México, del paraíso o el cielo en otros países de Hispanoamérica. Los niños avientan un guijarro a un tablero pintado en el suelo y la meta es llegar al diez, al cielo, o caer al infierno en el fracaso. Eso es precisamente lo que hace el protagonista Oliveira en la novela. Busca en el arte, en el amor, en las calles llegar a un cielo que quizás no esté ahí. Y definitivamente cae al infierno varias veces, como cuando termina haciendo el amor con una clocharde .

Cortázar había pensado, con base en esa noción de búsqueda, titular Mandala a su texto. Prefirió el juego. Esa quizás sea la mayor constante en su obra: textos que dislocan el género y lo lúdico de ellos; textos fantásticos, que no son otra cosa que textos sobre mundos posibles — “El río”, y, por supuesto, “Continuidad de los parques” por decir mis favoritos—. Cortázar escribió Rayuela como una continuidad de cuentos, ahí reside, por ejemplo, una importante separación con el género novela.

Desde los títulos de Cortázar, se puede atisbar el juego y la ruptura: 62/ Modelo para armar, Último round, Final del juego. En Rayuela, el lector juega a cómo leer el libro, con la tabla de posibilidades que incluye al inicio. Como en muchos juegos, sus personajes se rigen por el azar; así se encuentran Horacio Oliveira y la Maga en las calles de París, por casualidad, porque saben que deben encontrarse y caminan, y se encuentran.

Todo un modelo de vida alternativo subyace en los juegos de Rayuela. Julio Cortázar expone existencias intensas en su azar, en su búsqueda. Cuando una casualidad te pone con la persona amada, o te lleva a un profundo descubrimiento espiritual, ese azar no es cualquier cosa; las trivialidades de la vida cobran otro sentido, las notas de una improvisación en el jazz. Surge una nueva significación de las cosas. Sucede tal como dice Sergio Pitol en su cuento “La pantera”, valga la extraña relación: “los signos ocultos están corroídos por la misma estulticia, el mismo caos, la misma incoherencia que padecen los hechos cotidianos.”

La búsqueda de Cortázar en una época dada se relaciona con la búsqueda de otros modelos de vida para los jóvenes de esos años, y estallaría todo en las más importantes protestas sociales del siglo XX. Una forma distinta de vivir, es lo que propone Rayuela desde el juego y la dislocación; distintas formas de ver un beso, por ejemplo, como el capítulo 7, o de hablar de la literatura, como cuando Oliveira se burla de Benito Pérez Galdós en el capítulo 34.

Rayuela, dice Cortázar en una entrevista[ii], estaba pensada para personas de treinta años en promedio, o más, pero según cuenta ha sido leída quizás con más entusiasmo por muchísimos jóvenes, creo yo, o así me sucedió, por la añoranza de aventuras y emociones como las que tienen sus personajes, y de una forma de vida así.

En fin, si todo el mundo habla de Rayuela, representa uno de los textos más grandiosos de la generación quizás más sobresaliente de novelistas hispanoamericanos del siglo XX, sintetiza el espíritu de juego y revolución de los años sesentas y propone una forma de vida como respuesta a la vorágine de la modernidad, ¿por qué no volver al juego aunque ya hayan pasado cincuenta años?



[i]Anthony Percival “El lector en Rayuela” en En busca del texto. Teoría de la recepción literaria, México, UNAM, 1987. Passim.

[ii]Están disponibles en línea un par de entrevistas maravillosas, la primera, en el programa de Soler Serrano, A fondo (http://youtu.be/BFc4MMqjI88) [consultado el 18 de junio de 2013] de aproximadamente dos horas y media, y la segunda, del programa El Juglar Arte y Cultura (http://youtu.be/2bOIv-04-3I) [consultado el 18 de junio de 2013] de una hora y media, donde discute su obra literaria, el oficio de escritor y la relación del arte con su vida y obra.