RETRATO HABLADO
Intimidad anímica
Roberto García Bonilla
En los epistolarios hay dos interlocutores deslindados; los propósitos, intenciones y exigencias de las correspondencias pueden ser muy variables: desde la afectiva, filial —o plenamente amorosa— hasta la administrativa con muchos matices que marcan las cartas: se revelan lazos y funciones entre remitente y destinatario; de las personas e instituciones que los rodean. Con el advenimiento de la Internet, esta forma de comunicación ha sufrido cambios y jerarquizaciones. Aquí nos situamos en el caso tradicional de epistolario: las cartas escritas a mano y enviadas por correo postal cuyo proceso envío y respuesta oscila entre una y dos semanas.
Las cartas
Un joven escritor provinciano envía cartas a una jovencita, desde 1947 su novia y un año después su esposa: Cartas a Clara de Juan Rulfo recién aparece, después de trece años de la primera versión (Aire de las colinas), ahora se le añaden tres cartas sin fecha (la última de 1958 escrita en un momento angustiante: él implora el regreso de ella tras un momento crítico en su vida matrimonial); hay mínimos cambios al prólogo de Alberto Vital —autor de la biografía autorizada del escritor jalisciense—. Son ochenta y cuatro envíos postales escritos mientras Rulfo pasó de los veintisiete a los cuarenta y un años. Si se exceptúa la última misiva, el resto fue enviado entre octubre de 1944 y diciembre de 1950; años cruciales en la formación y la carrera del joven escritor.
Estamos ante una fragmentaria biografía anímica del escritor. En apariencia sencillas y circunstanciales, son cartas amorosas de un joven provinciano con extrema sensibilidad, susceptibilidad, y agobiado por la falta de asideros anímicos. Él había llegado a fines de 1935 a la capital del país a forjarse la vida como escritor, lo cual implicaba el trabajo escritural, un medio propicio que recibiera sus textos y los publicara —proceso que supone la difusión de la obra y valoración de la crítica—.
Su adaptación fue ardua; hay que admitir que por completo nunca se adaptó a la ciudad de México; la megalópolis le causó una zozobra permanente, lejos de la naturaleza de la vida rural con muchos rostros y atmósferas que alimentarían su infancia y su imaginario; más tarde se vierten en sus cuentos y sombrean su novela Pedro Páramo (1955).
Porque Rulfo situó sus historias en ambientes rurales no por moda literaria (así se explica que lo incomodara tanto que algunos críticos llamaran su literatura regional) ni por instinto antropológico; Rulfo debía escribir sobre cuanto había palpado.
Vacío existencial y orfandad
Estas cartas revelan el cuerpo anímico de un joven cuyo enamoramiento, descrito con exaltación —incluso meliflua— significó un enorme impulso e incentivo en su trabajo escritural. Él tuvo que esperar tres años para que la joven Clara, once años menor que él, aceptara su noviazgo. Se conocían de vista y él la seguía a distancia; su primer encuentro sucede en 1944 en una nevería. Rulfo le regala la antología Laurel de José Bergamín, Juan Gil Albert, Octavio Paz y Xavier Villaurrutia.
Clara Angelina Aparicio Reyes se convirtió en un ideal que, a diferencia de Pedro Páramo con Susana San Juan, Rulfo alcanzó y consumó. Alternaba las cartas con llamadas telefónicas. La señora Aparicio, ya viuda, recordó: “Él me enviaba libros sin firma pero con dedicatorias muy efusivas. Lo que decía y escribía era para conmover. Era dulce pero la vida va cambiando a la gente. O la gente va cambiando a uno. Empieza a encontrar uno amargura”.
En la carta fechada en octubre de 1944 se lee: “Y dijiste: tres años, como si fuera tan larga la esperanza […] Con todo, tres años no son nada. No son nada para los muertos, ni para los que han asesinado lo que aman. Tres años son, Clara, como querer cortar con nuestras manos un hilito de agua […] Hoy que vine de ti, sostenido a tu sombra, me puse a mirar mi soledad y la encontré más sola”.
El escritor pudo mitigar el vacío existencial, incluso la orfandad. La presencia de la joven Clara no sólo fue un impulso en su trabajo escritural (no es fortuito que ocho meses después de iniciada la correspondencia —contenida en Cartas a Clara— se publica el primer texto de Rulfo, “La vida no es muy seria en sus cosas”); fue el objeto del deseo (“muchachita”, “mujercita”, “Chiquitina”, “Chachinita”) y al mismo tiempo una recuperación simbólica de la madre —que Rulfo perdió a los diez años (“Después de mi madre, a la única a la que tengo que agradecer lo que ha hecho por mí, es a ti”, él le escribe a los treinta años). La joven tenía cierto parecido físico con la madre. En el joven Rulfo ya tenía arraigado el pesimismo manifiesto con cierta ironía; ella representa un refugio entrañable y la sustitución de los cimientos anímicos perdidos (algunas finales de las misivas son “Tu muchacho”, “Juan, tu hijo consentido”).
El epistolario abarca sobre todo los años de cortejos, conquista y noviazgo (1944-1947); la pareja contrae matrimonio el 23 de abril de 1948; las últimas quince misivas fechadas, además del discurso amoroso de un esposo apasionado, dejan entrever la agitada vida de Rulfo como agente de ventas en la Goodrich Euzkadi —donde laboró de 1947 a 1952— que le permitió conocer las carreteras del país; sus inquietudes y desencuentros en el medio literario donde, a pesar de la poca valía que el escritor tenía de sí mismo, convivía con los escritores más connotados de la época (“Estuve en una fiesta en la casa de la pintora María Izquierdo y allí me encontré con un gran montón de poetas y pintores y escultores y artistas y coleros como yo”); sabemos del resplandor vital que significó el nacimiento de sus dos primeros hijos: Claudia (enero de 1949) y Juan Francisco (diciembre de 1950).
Habla coloquial
El epistolario trasluce además un ejercicio del habla coloquial; hay muchos pasajes literarios que podrían leerse como relatos conversacionales. Además de clásicos como Rilke; Rulfo, se evidencia, había leído —entre los nuestros— a López Velarde, además de Muerte sin fin de José Gorostiza. Cartas a Clara manifiesta las inquietudes y prácticas del escritor: el excursionismo, la fotografía y el deseo, abrazado hasta el final, de establecer una librería. Los futuros estudiosos tendrán claves finas para situar rasgos y detalles del escritor y su obra con una mirada propia y renovada más allá de las biografías existentes e interpretaciones de la crítica que se arrogan conclusiones definitivas.
robertogarciabonilla@gmail.com
Juan Rulfo, Cartas a Clara, México,
Fundación RM y Fundación Juan Rulfo, 2012.
