Eve Gil
El autor asombró con su capacidad de relacionar la cultura pop con la alta cultura, si es que tales cosas existen; de convertir, por ejemplo, a un icono de la frivolidad y la decadencia de principios de este siglo como Britney Spears en un pretexto para revisar nuestra actualidad y hacer de ella una metáfora sociológica y una hipérbole de las aspiraciones contemporáneas.
Nada hay que no quepa en los ensayos de Fausto Alzati Fernández (México, D.F, 1979). Nada, por superfluo, por intrascendente que lo juzguen los demás, es indigno de su mirada analítica, con una cualidad transformadora más que reivindicadora, como quien teatralmente retira la manta protectora de una sui géneris obra de arte que despertará reacciones encontradas, pero ante la que él permanecerá impertérrito y reflexivo, y esto es precisamente su segundo libro de ensayos, Buda, drogas y pop (Textofilia, sep, conaculta, 2013) cuyo título no sólo está plenamente justificado, sino que se nos presenta en pantalla panorámica y hasta en tercera dimensión.
Ya desde su libro previo de ensayos, Imanencia viral (feta, 2009), este autor asombró con su capacidad de relacionar la cultura pop con la alta cultura, si es que tales cosas existen; de convertir, por ejemplo, a un icono de la frivolidad y la decadencia de principios de este siglo como Britney Spears en un pretexto para revisar nuestra actualidad y hacer de ella una metáfora sociológica y una hipérbole de las aspiraciones contemporáneas. El trabajo ensayístico de Alzati tiene una conexión íntima con el análisis de lo “Camp” por parte de Susan Sontag, según lo expone ésta en su libro Contra la interpretación. Lo Camp alude a una muy particular sensibilidad al arte popular, que al mismo tiempo escarba en la parte más kitsch de la misma y a partir de ahí realiza una crítica exenta de sutilezas. Sin embargo, al contrario de Sontag que decía “Me siento fuertemente atraída por lo camp, y ofendida por ello con intensidad casi igual”, Alzati Fernández no tendría empacho en hacer patente su, llamémosle, “ternura” por lo que debería despreciar. No ridiculiza, sino que ironiza, y aún en esa circunstancia asume simpatía, incluso cierta admiración, hacia sus sujetos de análisis, como sería el caso del primer ensayo del libro, “¿Quién, yo?”, dedicado, más que a la canta-actriz mexicana Belinda, a una frase de ésta publicada en primera plana de una revista de chismes y que lo hizo detenerse anonadado ante el exhibidor de un súper: “Sé quién soy… y me quiero”.
La declaración, que él encuentra mucho más intrigante que el común de los lectores de este tipo de publicaciones —que de inmediato se la apropiaría como un lema de vida, sin pensárselo demasiado— o, en el otro extremo, personas que manifiestan un desprecio absoluto por este tipo de figuras mediáticas, desencadena un ensayo donde no sólo reflexiona sobre quién es Belinda —y que a esta joven tan confundida le vendría de maravilla leer— sino sobre el concepto del yo como reafirmación del ser… o el parecer, dos conceptos que parecen siameses, no sólo en el caso de las estrellas mediáticas, sino cada vez más entre seres —ya no tan— anónimos. La frase de Belinda, expresada acaso con ingenuidad, eco de alguna lectura de autoayuda durante alguna de las muy conocidas crisis erótico-etílicas de esta joven, incita al autor a desarrollar un ensayo poco menos que genial sobre un montón de temas que, sin embargo, no se estorban unos a los otros sino que conforman un texto homogéneo y preciso donde Cantinflas interactúa sin problema con Jean Baudrillard, en un ring que sólo Marcel Duchamp pudo concebir.
El título del segundo ensayo parece responder al del primero: “Sí, tú”, y parte de la experiencia de haber presenciado una instalación del músico coreano Nam June Paik (1932-2006), precursor de la música electrónica y del videoarte, llevada a cabo en 1974, en la que un Buda se enfrenta a sí mismo no a través de un espejo, sino de un circuito cerrado de video —puede apreciarse en You Tube. Parece un salto demasiado drástico, casi mortal, empezar haciéndose la pregunta con Belinda y tratar de contestarla a través de un artista que pudiéramos considerar “exquisito” o “de culto”, pero a Alzati le sale perfecta la jugada: La pregunta se realiza entre la estridencia de los reflectores y la música pop cuyas letras pretenden una sabiduría ramplona salpicada de latinajos sin sentido, y se resuelve en medio del silencio contemplativo de un Buda mirándose a sí mismo. El Buda —más que el artista conceptual que lo coloca en la palestra— pareciera ser el emblema mismo de lo que encierra el significado total del Yo, y que, aunque parezca broma, está íntimamente relacionado con el “me quiero” de Belinda. Al Yo, nos dice Alzati, se le alude por igual como “alma” y como “ego”, a pesar de que, en teoría, se trata de dos entidades destinadas a enfrascarse en batallas épicas. El Yo, pues, se desdobla en “alma” cuando se le busca exaltar, y en “ego”, si se le quiere desbancar, “…como un videojuego donde, por más balazos que le den a tu personaje, tú sencillamente no mueres, sólo el personaje (eventualmente); en este caso el alma sería el jugador y tú el personaje (…). Igual que el alma, el ego se considera como una esencia personal, algo intrínseco que nos define. Pero estos intentos místicos o políticos por derrocar el ego suelen hacer poco más que solidificarlo; al batallar contra ese ego, reifican un ego observador que busca vencerse (…)” (pp 26 y 27).
En “Así soy (Inconsciente), ¿y qué?”, Alzati Fernández ensaya estos conceptos a través de una experiencia en un psiquiátrico, y se plantea la posibilidad de ser el “tú mismo” que los demás quieren que seas. Este “Sé tú mismo” está íntimamente vinculado a ese otro cliché que empieza diciendo “En el fondo…”, y que Alzati rebate con pasión pues implica, dice, “…que el inconsciente es algo muy adentro de ti, muy en las profundidades y entonces trae consigo un trato peyorativo para la superficie. Y a mí las superficies me gustan, como unos labios pintados”. Sucede, entonces, que nadie se pone de acuerdo. Por un lado, se te exige ser quien los demás quieren que seas o, en el caso de las celebridades, ser siempre tú aunque seas otro
—parece un galimatías, pero no lo es—; por otro, se te plantea la posibilidad de que tu verdadero yo, mucho más agradable del que sale a flote, esté oculto en un rincón del inconsciente, aguardando a que le permitas salir a través de terapias y medicamentos. El problema es que ese que tú eres en el fondo podría ser un antisocial, alguien a quien hay que reprimir de vuelta… o sencillamente tú eres tú, el salvaje en el espejo, y no tendrías por qué dejar de serlo para transformarte en un avatar. Como se lee en el cuarto ensayo, titulado “Experiencia de usuario”: “(…) se prescribe un Yo escindido, como aquel de Belinda, quién decía saber quién es y quererse como si a otra (…) Este modelo del Yo presenta una ventriloquia, donde se es, a la vez, títere y ventrílocuo” (p. 51).
Compuesto por cuatro ensayos —el tercero más cercano al relato ensayístico— y una conclusión no menos rica, Buda, drogas y pop se suma a lo que empieza a ser la obra sui géneris y auténtica de un autor que podríamos calificar de “original” —desearía aplicarle un calificativo menos vago que ése, creo que todavía no se inventa— y ha bregado también en las aguas de la poesía, a través de su plaqueta Poemas perrones pa’la raza, género que aborda con la misma visión “camp” de sus ensayos, solidificándose como un artista marginal, no como una pose —como tantos otros que se lanzan al ruedo sin contexto ni sentido, y a eso le llaman “ser marginal”—, sino como “al margen” del “debería ser” y con apego absoluto a su Yo que adora la superficialidad de unos labios rojos.

