Saturnino Herrán nació en Aguascalientes el 9 de julio de 1887, fue hijo del escritor y dramaturgo don José Herrán y Bolado y de doña Josefa Guinchard; actualmente es considerado como uno de los renovadores del arte nacionalista en nuestro país.

Cuentan que desde pequeño, Saturnino se distinguió por su afición a las bellas artes, mundo al que le fue fácil introducirse pues su padre fue dueño de la única biblioteca en la ciudad, misma que era visitada por literatos y artistas. Posteriormente, en 1901, ingresó al Instituto de Ciencias de Aguascalientes, para realizar sus estudios de preparatoria.

En el Instituto, Herrán se reunió con quienes fueron sus amigos de la infancia: Ramón López Velarde, Enrique Fernández Ledesma y Pedro de Alba; los tres más adelante se convertirían en grandes personalidades de los círculos literatos, Saturnino mantuvo la amistad con ellos durante toda su vida.

Durante sus años como estudiante, Herrán continúo desarrollándose como dibujante, tomando como maestro a José Inés Tovilla, paisajista chiapaneco que se había radicado en Aguascalientes; con gran entusiasmo, impartía sus clases de dibujo y pintura en varias escuelas de la época; fue con Tovilla que Saturnino tomó preferencia especial por las copias al natural.

Años más tarde en 1903, a causa del repentino fallecimiento de su padre, Saturnino se traslada a la Ciudad de México, en compañía de su progenitora, debido a la precaria situación económica en que la familia había quedado, Herrán tomó un trabajo en las oficinas de Telégrafos Nacionales, según Sexenio Extraordinary Life, al tiempo que en las noches asistía a los talleres de la Escuela de Bellas Artes. La dedicación demostrada por Herrán lo llevó en 1905 a ser nombrado meritorio en la Inspección de Bellas Artes y Artes Industriales.

Con los años, Herrán fue desarrollando su técnica y obteniendo el reconocimiento de los estudiosos del arte mexicano, quienes han calificado su obra  como “modernista-costumbrista”, ya que a diferencia de la mayoría de los pintores de la época, Herrán adoptó como tema de sus obras las costumbres cotidianas del pueblo de México, mismas que supo describir de forma novedosa, retomando las tradiciones y formas de vida de grupos y personas que hasta entonces habían sido ignorados por los diversos pintores y corrientes artísticas del periodo.

Saturnino murió de forma repentina por un mal gástrico que le impedía digerir alimentos a los 31 años de edad, en un hospital de la Ciudad de México el 8 de octubre de 1918.