HORIZONTE POLl ÍTICO
Alonso Ruiz Belmont
El derrocamiento del primer gobierno democráticamente electo en la historia de Egipto, tras el golpe de Estado militar del pasado 3 de julio, fortalecerá aún más la polarización de una sociedad históricamente dividida por las tensiones entre los partidarios estado secular y los sectores musulmanes conservadores. El depuesto presidente, Mohamed Morsi, llegó al poder con el partido Justicia y Libertad, brazo político de la sociedad islamista Hermanos Musulmanes.
El grave deterioro de la economía y el autoritarismo que ejercieron Morsi y sus aliados para tratar de desmantelar el Estado laico generó un inmenso descontento ciudadano entre los sectores moderados que fortaleció al ejército. Los opositores al gobierno islamista percibieron ingenuamente que la intervención de los militares, respaldada mayoritariamente por los grupos seculares, contribuiría a reactivar la continuación de las reformas políticas iniciadas con las revueltas ciudadanas de 2011.
En realidad, la vocación democrática de las fuerzas armadas es prácticamente nula y su inmenso poder obstaculiza, por ahora, toda posibilidad de cambio. La violencia entre laicos y conservadores crece aceleradamente y el fantasma de la guerra civil se hace cada vez más presente.
Los islamistas interpretaron su victoria electoral de 2012 como un mecanismo institucional que legitimaba la imposición de la ley coránica como base del orden constitucional y se negaron a dialogar con sus opositores políticos que representan a casi la mitad de la población. El gobierno de Morsi pretendió aplicar soluciones religiosas a problemas políticos y nunca comprendió que, en una verdadera democracia, la división de poderes y las libertades individuales existen para proteger a los ciudadanos ante el poder del Estado y las Iglesias.
Un problema similar se vive en Túnez, donde una gobierno democráticamente electo, encabezado por el presidente Moncef Marzouki, encabeza una coalición de gobierno en la que el partido islamista Ennahda cuenta con la mayoría relativa de los escaños en la Asamblea Nacional Constituyente.
Si bien Turquía guarda diferencias económicas, políticas y sociales muy importantes frente a Túnez y Egipto, la represión del primer ministro Recep Tayyik Erdogan ante las protestas ciudadanas, que comenzaron en mayo en la plaza Taksim en contra del autoritarismo y las tendencias islamistas del jefe de gobierno, han generado preocupación dentro y fuera de aquel país. El acelerado crecimiento y desarrollo de la economía turca ha propiciado una expansión acelerada de las clases medias las cuales comparten aspiraciones democráticas y no existe un clima de polarización entre laicos y religiosos, como en el Magreb y Egipto. El futuro de la democracia en Egipto y Túnez dependerá de la capacidad política y la voluntad de todos los grupos sociales para coexistir pacíficamente respetando el Estado secular, la división de poderes y las libertades individuales.
