POLÍTICA Y GOBIERNO
El infierno es Tapachula, con sus entradas
Jorge Carrillo Olea
“Celosos de los derechos y olvidados de las obligaciones” son atributos que se nos cuelgan a los mexicanos. Como ese decir no es grato mejor no lo respetamos. Pero entonces cuál es la respuesta a la duda inocultable: ¿por qué tan recelosos con Washington y tan olvidados de Guatemala y Belice?
La frontera sur de México, desde el Océano Pacífico al Caribe tiene mil 200 kilómetros de longitud y colinda con Guatemala y Belice. La porción fronteriza compartida con Guatemala tiene una longitud de 956 km y con Belice 250 más.
Ya en 1881 se planteaban problemas con Guatemala cuando se disputaban las tierras del Soconusco. A partir de 1882 se decidió acudir al arbitraje de Estados Unidos. El convenio se firmó en Nueva York el 12 de agosto de 1882. Mucho más de un siglo después México y Guatemala cuentan sólo con diez cruces fronterizos.
Respecto a Belice el tratado fue firmado con Gran Bretaña el 8 de julio de 1893 en la ciudad de México. Éste fijó el límite fronterizo donde Gran Bretaña se comprometió a dejar de proporcionar armas a los mayas rebeldes y estableció la obligación de ambos estados de impedir que los indios de sus respectivos territorios incursionaran en el del país vecino. Como se ve, fue un compromiso absolutamente político. Hay sólo un cruce fronterizo.
Del aparente sistema de control en cruces fronterizos, la verdad es que operan establecidos y ello con increíbles carencias sólo tres o cuatro, aunque indecorosamente instalados. Los otros son simples simulaciones donde pasa todo. Entra y sale de nuestro país quien quiere y todo lo que se quiere. Se viola, se abusa, se impide, se prostituye o extorsiona todo, y con dinero se permite sencillamente todo. A La Bestia, ese tren vergonzoso cargado de ilegales nadie lo detiene, ¿por qué?
Genéricamente llamada frontera, hay una zona que en Chiapas penetra en el territorio nacional. Tiene como epicentro Tapachula, es un verdadero horror. Ante ello sonríen y se benefician todo tipo de autoridades tanto políticas —sean federales, estatales o municipales— como por ramo: migración, aduanas, comunicaciones y transportes, sanidad animal, vegetal y todo lo más que se ocurra. Suceden en esa área los horrores inimaginables.
En la administración de Miguel de la Madrid, se instalaron siete nuevos puestos de control. Sin embargo, con la limitante y excusa de que el terreno que es casi todo selva e impedía una mejor organización y funcionamiento, se cayó una vez más en la simulación. Sin embargo, la verdad es que en los nuevos puestos nada es realmente preocupante, el infierno es Tapachula con sus entradas: Ciudad Hidalgo y Talismán.
Yendo al fondo de la reflexión, hay que hacer una distinción comparativa totalmente ingrata. Es rechazable emocionalmente para cualquier mexicano aunque sea irrebatible:
A. Las autoridades norteamericanas actúan en la defensa de su frontera, con la ley en la mano, no importar el qué tipo de ley, son sus leyes, aunque disgusten al interés mexicano. A su luz se cometen mil barbaridades, cierto.
B. Las autoridades mexicanas en la frontera sur actúan sistemáticamente violando todas las leyes. Sus leyes, cuya eficacia deberían custodiar. Se cometen barbaridades infernales. Ante éstas, las norteamericanas son color de rosa. ¡Qué penoso es hacer esta referencia!
Las dos sociedades, la norteamericana y la mexicana, se benefician de toda esa irregularidad, cada una de acuerdo con sus circunstancias. Allá, mano de obra barata y eficiente en ciertas tareas. Acá, narcotráfico, prostitución, contrabando, tráfico de personas y, sí, además mano de obra barata. Véase la ocupada en servicios de hotelería y restauranteros, domésticos y demás.
Muchos años de relación intensa con y en la frontera sur me permiten opinar que es un gravísimo problema. Lo es de seguridad nacional que incorpora derechos humanos, Estado de derecho, seguridad interior, prestigio internacional, productividad económica y vergüenza, mucha vergüenza, por ser un país con las aspiraciones de México y tolerar esas realidades. Ningún enfoque específico aparece en el Plan Nacional de Desarrollo de Enrique Peña Nieto.
Se podría confundir esta reflexión con una a favor de lo extranjero, ¡no! La verdad es que nos quejamos de lo que sufrimos en el norte y disimulamos lo que hacemos sufrir en el sur. Esto éticamente no resiste ninguna argumentación. Lo que pasa es que el sur nunca ha sido tomado en cuenta como un problema nacional, ni desde el punto de vista de la seguridad, ni del prestigio, ni de la economía, menos de esa extraña e incómoda condición de aceptar realidades embarazosas. Vale entonces seguir aplicando como fórmula la infalible simulación.
hienca@prodigy.net.mx
