Patricia Gutiérrez-Otero

Un hombre de Chihuahua, norte del país, que nació el 8 de septiembre de 1937, poco antes de que iniciara la Segunda Guerra Mundial y, en México, la expropiación petrolera, llegó, no sé cómo, al Distrito Federal a estudiar Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México donde se graduó a los 26 años. Por las fotos actuales vemos que era blanco, de ojos entre grises y verdes sumidos en profundas ojeras, nariz fina, boca delgada y labios carnosos enmarcados en un rostro de cráneo amplio y mandíbula estrecha: alguien metódico, impasible, tenaz y sensual. Aparentemente ya no regresó para establecerse en su terruño natal e hizo carrera en la capital de la República. A los 62 años fue nombrado Presidente del Máximo Tribunal de Justicia hasta los 66, a los 69 obtuvo el doctorado en Derecho en la UNAM. Algunos de sus actos como Presidente del TSCJN fueron rectos y muy aplaudidos por la sociedad. Tengo pocos datos de su vida personal. No he encontrado nada sobre su familia de origen. Ignoro si en su juventud estuvo casado y si en esos momentos tuvo hijos. Sé que es viudo, pero que mientras estuvo casado mantuvo relaciones con otras dos mujeres con quien procreó hijos y a las que hizo entrar a trabajar en la Corte.
Veo ahora en las fotos, que el escándalo ha sacado a la luz, el mismo rostro imaginario que ya describí, pero cargado con el paso de los años: cabeza ya completamente cana, piel marchita y una sonrisa que muestra unos dientes manchados con impresión de suciedad. ¿Qué dice este rostro ajado en relación con sus acciones?
A los 58 años, por lo menos, y estando casado, anduvo con Rosalba, una mujer de piel morena, abogada, mucho más joven que él, probablemente de condición económica media baja, a quien metió como magistrada y a quien parece haber solapado en malos manejos al punto de que la corrieron cuando él, al jubilarse, ya no pudo defenderla. Con ella procreó dos hijos varones, el mayor de 17 años y el menor de 7. Parece ser la primera vez que mezcló su vida sexual y laboral. Aproximadamente a la edad de 65 años tuvo otro affaire con una mujer de características parecidas, pero menor grado de escolaridad, con quien también tuvo dos hijos, uno de 7 años (misma edad del hijo menor de la primera) y uno de 5, ambos con autismo. A ella también la hizo ingresar en su trabajo, a pesar de que legalmente está prohibido: el cargo de Ana María era menor, pero él tenía mayor cercanía física con ella.
¿Qué necesidad tenía este hombre mayor, adinerado, exitoso, casado, de mantener relaciones con mujeres que de alguna manera dependían de él, que eran sus subordinadas en diversos aspectos, a quienes elegía jóvenes y con necesidades laborales, emotivas, de valoración o apoyo y a quienes embarazaba para luego dejarlas? ¿Qué voluntad de poder lo empujaba a mantener junto a sí, física y emocionalmente, a una o más mujeres ligadas por el lazo laboral y por el hecho de “hacerles” hijos? ¿Qué avaricia le hace preferir su dinero al bien de aquellos que llevan su sangre y que prefiere mandar al Teletón? Génaro David Góngora Pimentel no es el “diablo”, quien es mucho más interesante, simplemente muestra en su rostro y acciones que es hijo de un pueblo de “agachados y súpermachos”, como nos llamó Rius.
Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés; prohibir las mineras a cielo abierto, en particular en regiones indígenas; acabar la guerra contra el narco; juzgar a los responsables del incendio de la guardería ABC, trabajar a favor de una vida simple.