Juan Antonio Rosado
Cuando leí el título La civilización del espectáculo —un paratexto al fin y al cabo—, pensé de inmediato en “espectáculo” como juego, y este término me remitió al Homo ludens, de Huizinga, autor que, desde un punto de vista positivo, considera la cultura como un juego. Decidí leer el libro de Vargas Llosa, pero jamás encontré ni una alusión ni una referencia, aunque sea indirecta, al homo ludens (el hombre que juega). Más bien me encontré con el lúcido, serio, enérgico ensayista que yo ya conocía: un ensayista que observa y reflexiona sobre la cultura occidental de la actualidad, pero desde su lado negativo. Este pesimismo-realismo no proviene de la nada, sino del diagnóstico de un aspecto, por desgracia, preponderante en nuestra civilización.
El autor parte de una premisa en sí misma polémica: “la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer”. Incluso lanza la hipótesis de que haya ya desaparecido, en cuyo caso sus beneficios —si los tuviera— serían para unos cuantos, lo cual siempre ha ocurrido: los beneficiarios de la alta cultura han sido, a lo largo de milenios, una elite. La tesis de Vargas Llosa me recordó a un par de aforismos de Ernst Jünger: “Con el progresivo deterioro de la cultura podría llegarse a temer la gloria póstuma como producto de una selección negativa”, y “La fama póstuma es algo más bien de temer en tiempos en los cuales la gente se vuelve más necia generación tras generación”. Para Vargas Llosa la cultura ha sido sustituida por la adulteración. La cultura —afirma— no es cantidad de conocimientos, sino calidad y sensibilidad.
¿Quiénes son responsables de este deterioro? En gran medida, la educación, que al intentar transmitir la cultura a la totalidad, destruye la alta cultura, pues “la única manera de conseguir esa democratización universal de la cultura es empobreciéndola, volviéndola cada vez más superficial”. Para lograrlo, hay ya un predominio de la imagen y el sonido sobre la palabra. Ya lo había dicho Sartori en Homo videns: vivimos la preponderancia de las imágenes sobre las ideas. Vargas Llosa critica distintas posturas sobre la cultura, por ejemplo: Lipovetsky afirma que se ha desarrollado un individualismo extremo en todo el globo, pero el peruano-español lo interpreta en un sentido distinto del que pretendía el primero. Para el segundo ocurre lo contrario: la publicidad y las modas son un obstáculo a la creación de individuos independientes: “la cultura-mundo, en vez de promover al individuo, lo aborrega” (lo mismo que hacen las religiones). Sin embargo, para mí Lipovetsky más bien aludía a la cada vez mayor falta de cohesión social y no al hecho de promover el libre albedrío y la lucidez, patrimonios que siempre han pertenecido a una abrumadora minoría (los seres pensantes siempre han sido la minoría). Puede haber individualismo sin libre albedrío ni lucidez; es más, la masificación del individualismo para mí es lo que ha promovido, por ejemplo, el American way of life.
Desde mi punto de vista, todo es cultura, pero hay niveles. Cultura es lo que cultiva el ser humano. Todas las culturas son respetables, pero no equiparables. La alta cultura ha sido minoritaria y lo seguirá siendo porque para acceder a ella no basta el conocimiento ni el entusiasmo, sino una serie de capacidades y talentos que no todos pueden poseer, por más dinero o interés que tengan. Quienes escribimos, lo seguiremos haciendo desde una trinchera, a pesar de que para Vargas Llosa la literatura más representativa de nuestra época sea la literatura light, hecha sólo para divertir, lo cual es verdad, pero un auténtico artista no debe pensar ni en el éxito ni en el fracaso, sino sólo en expresarse desde su profunda subjetividad para objetivarla, hacerla pública.
Como ocurre con todo libro polémico, hay ideas en las que coincido e ideas en las que no. A veces la postura de Vargas Llosa es muy pesimista: “los lectores de hoy quieren libros fáciles, que los entretengan, y esa demanda ejerce una presión que se vuelve poderoso incentivo para los creadores”. Podría responderse que por lo menos la gente simple lee…, porquerías pero por lo menos lee, y al leer de alguna manera recrea, pone a funcionar su cerebro. Lo más patético es la gente hipnotizada frente a la imagen. El peruano-español sostiene que la crítica casi ha desaparecido de la escala de valores del lector común y ha sido sustituida por la publicidad: “la publicidad ejerce un magisterio decisivo en los gustos, la sensibilidad, la imaginación y las costumbres”. Pero recordemos que el primer gran publicista de Occidente fue Saulo de Tarso, quien a través de sus epístolas logró aborregar y unificar lo que antes era plural y diverso.
Vargas Llosa sostiene que la cultura consiste en actividades intelectuales, artísticas y literarias. Lo que tenemos hoy es lo que antes era mero entretenimiento. Hoy la “cultura” es diversión hecha de productos efímeros: “son esenciales la producción industrial masiva y el éxito comercial”. Coincido en que “la distinción entre precio y valor se ha eclipsado y ambas cosas son ahora una sola, en la que el primero ha absorbido y anulado al segundo”. El primer lugar lo ocupa el entretenimiento. El problema no es divertirse, lo cual es legítimo, sino convertir esa propensión en valor supremo. Así se banaliza la cultura y se generaliza la frivolidad. Pero, ¿no había dicho ya Erasmo de Rotterdam que el mundo entero es templo de la Estupidez?
Una de las tesis más interesantes del libro es que la obra artística es ya un producto comercial que juega a “su supervivencia o su extinción nada más y nada menos que en los vaivenes del mercado”. El precio se confunde con el valor. Sólo habría que preguntarse si no se trata de un fenómeno muy viejo. En largos lapsos, el artista tenía que ser cortesano: trabajar para un rey o un papa. El arte religioso es un elocuente ejemplo de servilismo, sobre todo cuando era encargado, y eso no le restaba su categoría de arte. Si la gente hoy es más diversificada y pueden percibirse muchas religiones, lo mismo ocurre con el arte. Si en la civilización del espectáculo el cómico es rey y el intelectual despierta interés si se convierte en bufón, habrá también quienes siempre estemos emancipados de ese juego. Ahora se espera de los artistas, no el talento ni la destreza, sino la pose y el escándalo. Para mí no son artistas, sino pseudoartistas. Desde hace años, he intentado divulgar que existe el pseudoarte sustentado en un discurso pseudofilosófico que legitima y justifica un bodrio porque ha habido un maridaje de exhibicionismo y arte. Por fortuna no todos los artistas han caído en ese juego político para producir espectáculos inocuos que controlan e idiotizan a las masas (las masas idiotamente felices de las que habla un personaje de José Revueltas).
Generalmente, el pensamiento ha sido patrimonio de una minoría, aunque antes el intelectual (o algunos) tenían injerencia real en la sociedad. Vargas Llosa no aclara bien cuál es su “noción básica de humanidad”. Ataca a Foucault, pero yo coincido con el pensador francés, no en que el hombre no exista, sino más bien cuando afirma que el ser humano es un ser “incompleto”. Creo que hay tantas posibilidades y definiciones de lo humano como religiones, filosofías e ideologías.
Temas centrales de este libro son la desaparición de lo privado, el envilecimiento o banalización de formas civilizadas (erotismo, amor, amistad o lo sagrado) y la prensa sensacionalista, que contribuye a desprestigiar o manipular. Otro tema es la religión. Hay una frase destinada a ser célebre: “Los hombres se empeñan en creer en Dios porque no confían en sí mismos”. No coincido en las apreciaciones sobre el llamado paganismo. Aún no termina de entenderse esta etapa del mundo occidental.
Pero el ensayo es un llamado a la revaloración de la literatura, del arte y de las humanidades en un mundo donde los progresos materiales han opacado la reflexión y el pensamiento crítico; en un mundo en que la alta cultura está de capa caída ante los embates del cultivo de la imagen, la frivolidad y la estupidez en todos los ámbitos.
Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo. Alfaguara, México, 2012; 226 pp.

