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Seguridad, tema relegado

Manuel Espino

En lo que va de 2013 la seguridad ha sido un tema relegado del debate público. En un radical contraste con el calderonato, se dejó de tener como punto primordial del discurso presidencial la violencia, se abandonó la retórica belicista y se exhortó con transparencia a los medios de comunicación a no hacer eco del lenguaje del crimen organizado, evitando términos como levantón, encobijados o ejecutados.

Asimismo, según declaró un airado Gustavo Madero, la Secretaría de Gobernación forjó lo que él llamó un “pacto de caballeros” que obligaba a los partidos a no utilizar los yerros de los diversos gobiernos en materia de seguridad pública como arietes electorales.

Así las cosas, entre gran parte de la clase política pareciera imperar un “ver, oír y callar” ante la criminalidad. Pero, no lo olvidemos que la segunda frase de ese dicho popular es “y al callar ensordecer”, porque con este silencio se ha ensordecido a la ciudadanía, que como consecuencia de estas estrategias comunicacionales es obligada a ignorar mucho de lo que sucede en el país.

Por supuesto, no se trata de un silencio absoluto, pues se rompe abruptamente cuando se perpetran actos violentos de gran envergadura o se cuestiona la esencia misma del Estado, como hicieron las llamadas autodefensas, de las cuales por cierto poco se oye ya en los medios aun cuando se trate de una auténtica bomba de tiempo.

Mientras esta mesura informativa no se imponga por la fuerza y no se utilice para ganar dividendos electorales puede tener aspectos positivos.

Valoremos el contraste con el sexenio pasado, durante el cual el gobierno también libró una guerra psicológica muy en línea con la llamada Teoría del Shock: se creó un ambiente de miedo, incertidumbre y paranoia, en el cual poco se notaban los excesos de corrupción, se justificaban presupuestos millonarios como los que usufructuó Genaro García Luna y se disimulaban las consecuencias electorales de judicializar la política y politizar la justicia.

Es urgente volver a poner en el centro del debate el tema de la seguridad pública, no desde un tono de condena y de agresión a los gobernantes de los diversos partidos sino con un enfoque propositivo, que construya entre todos una agenda de seguridad desde la sociedad, no con propuestas de escritorio.

No se trata sólo de generar un mejor ambiente de coordinación entre órdenes de gobierno, con todo y lo mucho que hacía falta. Lo esencial en este momento es que los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial abran al gobernado cada vez más espacios para decidir, proponer y cuestionar a las autoridades encargadas de la seguridad pública y la administración de justicia.

Porque de seguir avanzando por el actual camino, la táctica de la discreción informativa se agotará y se volverá contraproducente. Hay que arribar a una etapa superior.

 

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