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Se agota su impacto positivo
Manuel Espino
Los ciudadanos tenemos que insistir en que es un error dejar el Pacto por México a merced de los chantajes de los dirigentes partidistas. El Pacto ha sido el instrumento político más exitoso no sólo de este sexenio, sino también del anterior. Se han logrado avances legislativos importantes, así como amplios dividendos en la opinión pública.
Baste mencionar que tras las pasadas elecciones una encuesta nacional de Consulta-Mitofsky arrojó como resultado que “43% de los mexicanos tienen una buena opinión del Pacto y solo 11% mala”. Además, “para el 56% de los mexicanos encuestados, el Pacto por México debe continuar, mientras que para el 21% debe terminar”.
Tan contundentes estadísticas evidencian que la llamada clase política va totalmente a contracorriente del sentir y pensar de la población, de una ciudadanía con hambre de concordia, de paz, de aquello que quienes creemos en la concertación llamamos pluralidad constructiva. Somos un pueblo cansado de parálisis legislativa, de corrupción y de trabas a las reformas estructurales; que quiere diálogo y no diatribas, resultados y no discursos de odio.
Lamentablemente, el Pacto parece estar agotando su impacto positivo, principalmente por la reacción chantajista asumida por los presidentes de los partidos Acción Nacional y de la Revolución Democrática, Gustavo Madero y Jesús Zambrano. Sus iniciativas conjuntas, acordadas no en público sino en lo oscurito, buscan poner al gobierno federal contra las cuerdas.
Más que actuar en beneficio de la sociedad, estos siameses políticos han utilizado su permanencia en la mesa del diálogo como una moneda de cambio, no con visión de Estado sino con afán clientelar.
En su ceguera, incluso dejan de advertir que el Pacto sirve para mejorar la reputación de los políticos en general frente a la sociedad, que ayuda a contrarrestar la imagen —en muchos casos ganada a pulso— brutalmente negativa que el ciudadano tiene de la autoridad. Ni siquiera se dan cuenta de que en caso de romperse el Pacto serán ellos quienes pagarán el costo político, por sus desplantes públicos y reiterados.
Ceder ante sus presiones manda un mensaje negativo: deja ver que el chantaje es un arma política válida. Además, muestra que a cambio de acceder a dialogar es necesario dar recompensas extraordinarias, cuando dialogar no es derecho de un político, sino una obligación. Está en la esencia misma de este oficio —noble por naturaleza pero enviciado por muchos— la necesidad ineludible de acordar, de escuchar, de construir espacios de entendimiento.
El verdadero avance por México será dejar de aceptar presiones indebidas y cambiar nuestra cultura política de raíz, haciendo una realidad cotidiana el acuerdo y la concertación. Pues sólo cuando logremos entendernos por convenir al país y no a nuestros proyectos personales la república vivirá una genuina normalidad democrática.
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