Sara Rosalía

 No sé a ciencia cierta qué significa, digamos simbólica y sobre todo psicoanalíticamente, la petrificación, pero me llama la atención, como si ahí se encontrara algo de verdad importante que al menos tres novelas célebres de la literatura latinoamericana tengan su culminación en este fenómeno que se reitera en la mitología. Hombres de maíz (1949), Pedro Páramo (1955) y Los recuerdos del porvenir (1963).

En la novela de Asturias, las mujeres tecunas, que huyen del marido o la familia, se convierten en montañas, es decir en un conjunto de piedras, y sucede igual en la muerte del cacique de Comala que se vuelve una piedra que se desmorona o con Isabel Moncada en el final del relato de Elena Garro. En la mitología, los antecedentes son, si no muchos, varios, como el Basilisco o Medusa que tienen el poder de matar o petrificar a quien los mira o en el caso similar del Rey Midas que lo que toca lo convierte en oro. Sospecho que en la mujer de Lot, en la Biblia, que se vuelve estatua de sal al mirar hacia atrás, también se esconde el fenómeno de la petrificación.

 Otra coincidencia de Garro y Rulfo

Como es sabido, cuando Juan Preciado llega a Comala, los personajes están muertos, característica que ha servido para hacer caber Pedro Páramo en la corriente del realismo mágico. Y creo que a Un hogar sólido (1958), la obra teatral de Elena Garro, le queda más a la medida esta etiqueta. Y digo esto, porque las obras de Rulfo, Pedro Páramo y más todavía El llano en llamas, rebasan todo intento de clasificarlas, porque, por decirlo de algún modo, todos los intentos críticos le quedan cortos a la literatura de Rulfo. Un hogar sólido es excelente y el tema de los muertos está manejado con un gran sentido del humor y siempre me ha parecido un error de Seymour Menton que en su exhaustivo estudio sobre el realismo mágico no menciona ni una sola vez a la Garro, cuando esta obra teatral es un boleto de entrada al tema.

Elena Garro como personaje literario

Bien dicen que las memorias son relatos de ficción. En Memorias de España, Garro rememora a la joven que fue en 1937, no sólo bella, que lo era, sino la única capaz de sentir, y compartir con ellos, el dolor del los pueblos de España. Ni Siqueiros que ahí luchando obtiene el grado de coronel, ni Silvestre Revueltas que dirige y compone en honor de esa lucha que hizo suya se pueden comparar con la emotiva muchacha que es el personaje de Elena Garro. Menos Octavio Paz, que ése sí, luego restringió hasta desaparecer su solidaridad con los comunistas al prohibir se reprodujeran sus poemas “No pasarán” y “A un compañero muerto en el frente de Aragón”, pero sobre todo al pedir la fuerza pública para impedir la entrada de los veteranos comunistas que asistieron a la conmemoración de los 50 años del Congreso de Valencia en 1987, reunión presidida por Paz. En fin, la Garro imagina que todos los brigadistas internacionales sólo tratan de hacerse propaganda a sí mismos y que, incluso, no aprecian en absoluto a Luis Cernuda, pues sólo ella es capaz de presentir el hombre sensible que es el excepcional poeta. Sin embargo, aunque revela una gran vanidad, se trata de un hermoso texto.

En Testimonios sobre Mariana, de 1981, la Garro relata sus amores con Adolfo Bioy Casares y en venganza, el nombre Paz, su marido cuando ocurre el romance con el escritor argentino, está más que disfrazado, revelado con el nombre de otro emperador romano, no Octavio, sino Augusto.

Elena Poniatowska escribe Paseo de la Reforma, una de sus novelas cortas, en que se transparentan dos personajes reales, Elena Garro y el escritor Archibaldo Burns, su galán en algún momento. Poniatowska trata casi con afecto a la Garro, y a pesar de estar en trincheras ideológicas contrarias, se refiere de modo elogioso al activismo político de Garro.