David Alejandro Boyás Gómez

“Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo…” Así comienza Los recuerdos del porvenir novela cúspide de la escritora Elena Garro (Puebla,¿1914-1920?-Cuernavaca, 1998) escrita entre 1951 y 1953, pero publicada hasta 1963 por la editorial Joaquín Mortiz.

Con motivo del quincuagésimo aniversario de la novela, el Instituto Nacional de Bellas Artes, a través de su Coordinación de Literatura, organizó el pasado domingo 14 de julio una mesa redonda, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Como moderadora fungió Patricia Rosas Lopátegui y la mesa incluyó al escritor Hernán Lara Zavala, a las narradoras Silvia Molina y Ana García Bergua, al editor Joaquín Diez-Canedo Flores, al experto en letras alemanas Héctor Orestes Aguilar y el escritor, entrevistador y amigo de la autora Carlos Landeros.

La polémica y la controversia siempre acompañaron en vida a la escritora y este homenaje no fue la excepción. Justo al momento de comenzar el acto que duró cerca de dos horas, Rosas pidió un aplauso para agradecer la presencia de la poeta Helena Paz Garro, hija de Elena Garro y Octavio Paz, quien apareció en silla de ruedas y sin haber sido invitada por la misma Rosas, organizadora del acto. Finalizada la mesa, la biógrafa de Garro argumentó que no se pudo comunicar con Helena Paz porque la tiene secuestrada su primo en un asilo para ancianos de Cuernavaca. Por su parte, Jesús Garro, primo y acompañante de Paz, acusó a gritos de “ratera” a Rosas frente a todos, la señaló como sustractora de material de casa de Helena Paz, y la culpó de no entregarle el dinero de sus regalías y fideicomiso. Ante la llamada del público a la serenidad, el homenaje continuó sin exabruptos pero ante la atenta mirada de los Garro, ubicados en primera fila.

Comenzó Rosas a señalar que en Los recuerdos del Porvenir se elabora una dura crítica contra la Revolución mexicana y la Guerra cristera, perpetrada por el gobierno mexicano para perseguir campesinos y zapatistas que luchaban por el derecho a la tierra. Este era un tema de gran importancia para Elena Garro, quien aseguraba haber escrito la novela pensando en su infancia rodeada de historias indígenas, tan fantásticas como reales. También fue en vida una activista en favor de los campesinos de México.

Joaquín Diez-Canedo Flores tomó la palabra para hablar del trabajo editorial en torno a esta obra. Como heredero del patrimonio de su padre, la editorial Joaquín Mortiz, que publicó Los recuerdos del porvenir, en noviembre de 1963, como parte de la colección Novelistas contemporáneos. La novela no había sido recibida por otras editoriales, pero Octavio Paz llevó el manuscrito a la editorial y se decidió publicarla.

Al tomar la palabra, Silvia Molina recordó su primer encuentro con Garro en París en 1961. Aseguró no verla como la gran escritora que era porque para ella fue simplemente su amiga. Apuntó que el nombre de la novela lo obtuvo la autora de una pulquería cuyos murales habían sido pintados por Diego Rivera. Reconoció en Garro a la mejor escritora del siglo XX, entre otras cosas, por usar un lenguaje cercano al pueblo, tener un humor muy agudo y un conocimiento muy claro de la historia de su país. Al finalizar, adujo: “recordaremos a su autora, que fue marginada, igual que los personajes de Ixtepec.”

Por su parte, Hernán Lara señaló que la revolución fue el hecho que más importancia tuvo para el arte del siglo XX en México, como se comprueba en novelas como la homenajeada. Subrayó las características estilísticas del relato, destacando al pueblo como ubicuo narrador y personaje principal. Adjudicó el triunfo de la novela a que ésta fue “escrita con imaginación y con poesía.”

La primera, y de las pocas reseñas que merecieron la novela en su momento fue en México en la cultura, suplemento de la revista Siempre, escrita por Emmanuel Carballo, recordó la escritora Ana García Bergua.

La novelista y cuentista también aseveró que la novela se hermana con Pedro Páramo de Juan Rulfo por el tono lírico de su narrativa. Es, como la vida de Garro, una novela de huidas, de escapes, pero no pierde el humor, por ejemplo, hay un boticario llamado Tomás Segovia que además desea ser poeta.

Héctor Orestes Aguilar compartía con Elena Garro un gusto particular por la literatura alemana. En su apasionada intervención, el escritor dijo considerar el acto como un “rito de rehabilitación pública de una escritora incómoda”. Afirmó que no se ha profundizado lo justo en una autora que ha escrito “una de las tres principales novelas contemporáneas en México”. No se le ha dado proliferación masiva por machismo y por la figura patriarcal que en las letras mexicanas representó Octavio Paz, que según han dicho las Elenas, no permitía la publicación ni de su esposa, ni de su hija.

Citó a José Carlos Castañeda para explicar por qué resulta su figura tan incómoda para la industria cultural mexicana: “Esta novela representó la entrada de la literatura mexicana a la modernidad, registra un choque cultural que toma por asalto a la mentalidad rural, pues para el campesino, la Revolución simboliza una lucha frontal contra el progreso y la vida moderna, ya que el desarrollo de las prácticas urbanas profetiza su fin como clase social y su cultura de apego a la tierra’”.

Afirmó que Garro es lo más cercano que puede haber en nuestras letras a un tipo de escritor que apareció al final de la República de Weimar (1919-1933) que se enfrentaba a la Revolución social de una forma crítica, prefiriendo una revolución conservadora, reflexiva de la modernidad, como, por ejemplo, Ernst Jünger. Ellos desmentían el hecho de que la revolución debe ver hacia el futuro; criticaban que el tiempo fuese visto sólo como algo lineal hacia adelante. Así fue Elena Garro, gran novelista de ideas políticas y filosóficas. Sus personajes son psicológicamente impenetrables, pero no ideológicamente, aseveró Aguilar.

Para terminar, elogió la novela: “no hay nada actualmente que se le parezca entre los escritores jóvenes”.

Para Carlos Landeros, quien fue de los primeros entrevistadores de Garro tras la publicación de su primera novela que le mereció el premio de escritores para escritores “Xavier Villaurrutia” (que compartió con La feria de Juan José Arreola), ésta fue una excelente oportunidad para reiterar la admiración y el afecto que le tuvo y le sigue teniendo a la escritora.

El autor del libro Yo, Elena Garro recordó a la mujer, al ser humano tras la escritora. Destacó que luchó contra la opresión de los campesinos, que visitó cárceles para ayudar a mujeres apresadas sin juicio previo. Nunca creyó en la Revolución cristera inventada por Calles. Siempre luchó por la libertad de expresión. Landeros leyó el primer párrafo de la novela y el primero de su libro, donde hace una suerte de paralelismo entre Elena Garro y el personaje de Isabel Moncada. Dijo que Elena como Isabel, tuvo una vida abrupta, con dolores y luchas, que como a su personaje, la llevó a convertirse en piedra.

En esa piedra aparente, en una novela sin tiempo, vive en nuestra república de las letras una de las escritoras más contradictorias, excluidas e incómodas que hemos tenido, pero de gran calidad y pervivencia, considerada por algunos, la mejor escritora mexicana del siglo pasado y lo que llevamos de éste.

“No ha sido suficientemente valorada su novela. Es la primera vez que se hace un homenaje así” dijo al finalizar la mesa Helena Paz Garro, hija de la autora, quien ahora espera una operación quirúrgica pagada por el Seguro popular, así como también su propia rehabilitación pública y ser incluida a su vez como escritora en el canon al que su madre apenas pertenece.

La exclusión y la polémica que rodean a Elena Garro, siguen tan vivas en las letras mexicanas como su literatura por su enorme calidad, a pesar de los muchos obstáculos que ha tenido que vencer Los recuerdos del porvenir para seguir presente en nuestro canon literario.