Halina Vela
Se fue sin decir nada. Alguna vez sospechó que así sucedería, pues sus reacciones eran siempre impredecibles. Decían que no se le veía por ninguna parte, por lo menos en ninguno de los lugares a los que acostumbraba ir. Lo sabía, cuando él terminaba con una relación, cortaba de tajo con todo lo que había a su alrededor.
Las cosas no se hubieran complicado si no se le hubiera metido a Leonora la locura de tener un hijo. Estábamos a buen tiempo cuando le dije que fuéramos allá, que sería cuestión de media hora, que no habría problema, que no sería ni la primera, ni la última en hacerlo, pero sacó a relucir “el amor” y todas esas cosas. En el fondo yo creo que tuvo miedo y no la culpo, a mí nomás de pensarlo se me enchina toditito el cuerpo. Martita, la de doña Carmen, murió de eso mismo, y tan joven. A la madre le dijeron que había sido una infección intestinal, pero la verdad fue otra bien distinta. Estaba tan pálida y ojerosa el último día que la vi, apenas podía hablar. Sabe Dios lo que estaría sintiendo la pobre. Para mí que quería dejar este mundo y se le hizo.
Ahora no sé qué irá a hacer la Leonora con un escuincle. Ya va en el sexto mes y ¿El padre?, “Bien gracias”. Se lo dije, pero no me hizo caso. Él ya le salió con que: no quiere compromisos, que está muy joven, que su carrera… Bah, como yo le digo, si te hubiera dicho que lo tuvieras, al rato te estaría fregando con: “por tu culpa no terminé mi carrera, no tuve tiempo de divertirme”, etcétera. Si así son muy buenos para presumir con los amigotes que ya son papás, pero en la casa están duro y dale con que calle uno al escuincle. Además yo conozco a Manuel, en un principio pensé que era distinto, pero que se me hace que es bien coyón, porque eso de irse así, sin decir nada, no es de hombrecitos. Total, le hubiera dicho que ya no la quería y la Leonora no lo seguiría esperando. Tan sonsa la pobre que cree que él va a regresar, y a no ser para fregarla, no sé para qué. Pero como dice el dicho: “nadie experimenta en cabeza ajena”.
La Leonora ya se alivió. Fue un varoncito y está rete chulo. Yo traté de que Manuel lo supiera, no por mí, claro, yo ni le hablo, pero a Leonora le daría mucho gusto verlo, y pues no deja de ser el padre, aunque no lo merezca, eso ya no es asunto mío.
Manuel no la fue a ver. Leonora está bien triste, me dice que si no fuera por el niño, ella para qué viviría, que se siente como rota y yo la entiendo. A todas nos ha tocado, pero a unas más duro que a otras. Y a Leonora, aquello que dicen que uno nace con estrella, pues a ella le tocó estrellada, porque lleva una temporadita que…, ah, chihuahua.
Que el Manuel se casó, me lo vino a decir la Lupe. Yo no se lo había querido decir a Leonora, pero nunca falta quien, con el pretexto de la amistá, le haga a uno el favor.
El escuincle se enfermó. Anduvimos pidiendo aquí y allá, pero no pudimos juntar lo que se necesitaba, las medicinas están bien caras. Ya la Leonora consiguió otro trabajo, y ni con los dos le alcanza, y desde que empezó a llevar al niño a la guardería, éste fue a ponerse de mal en peor, pero qué le hacía, con dos trabajos, cómo cuidarlo.
Hace una semana lo enterramos. A Leonora le ha dado por la bebida, y no es que yo piense mal, pero por aquí ya andan diciendo que se entregó a la vida fácil.
¡Cuándo lo iba yo a pensar de la Leonora. Lo encontraron cerca de su casa con diez puñaladas en la espalda! Cuando llegué a mi trabajo, había un montón de gente afuera. A él ya se lo habían llevado. Pa’ luego me fui a buscar a la Leonora. La encontré acostada abrazando a una muñeca. Al acercarme, las moscas abandonaron su rostro.

