Churchill y Calderón
En el marco de una reunión en el Centro Banamex, a la que concurrieron numerosos servidores públicos, incluyendo delegados de las dependencias federales, el Presidente de la República hizo dos pronunciamientos que inmediatamente acapararon las ochos columnas de los diarios de circulación nacional: “México vive la transformación lograda por un gobierno humanista que sí cumplió con su deber”, y “como yo, el premier británico Winston Churchill era acosado y señalado con motivo de su lucha contra los nazis; igual que él, alcanzaremos la victoria”. Ambos ameritan ser examinados en forma objetiva.
El humanismo es concebido como el conjunto de tendencias intelectuales que pugnan por el desarrollo de las cualidades esenciales del ser humano. Tal corriente, de raíces renacentistas, fue desarrollada en plenitud por pensadores de la talla de Soren Kierkeggard, Martín Heidegger, Jean Paul Sartre, Martín Bubber, Jacques Maritain, Teilhard de Chardin, Emmanuel Levinas, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Erich Fromm, Abraham Maslow y Carl Rogers, entre otros.
Todos ellos convergen en reivindicar y colocar en el centro, en el núcleo de la reflexión filosófica al individuo concreto, al ser humano existente, determinado, unitario y sustantivo, al ser humano de carne y hueso. Hacen énfasis agregado en el valor esencial de la vida y en la circunstancia de que la realización de las potencialidades humanas sólo es posible volviendo la mirada hacia el interior de cada uno de nosotros, para después dirigirla hacia los demás. De ahí emergen el concepto del yo-tú formulado por Martín Bubber así como la profunda conclusión de Emmanuel Levinas en el sentido de que, en su acepción moderna, el humanismo sólo puede ser entendido como el humanismo del otro, aquél que se preocupa por el dolor, el hambre y la miseria de los otros.
Nada de lo anterior tiene que ver con la estela de depredación, terror y muerte que ha producido la guerra antinarco. Contrariando el hermoso y emblemático credo humanista propuesto en 1965 por Erich Fromm, lo que impera hoy en día no es la biofilia (el amor a la vida), ni el aprecio a la dignidad, sino la necrofilia, la adoración de la fuerza, la atracción por la muerte, las ofrendas u oblaciones cotidianas al dios de la violencia, la devastación y la estulticia. Así, pues, el gobierno calderonista de ninguna manera puede ser calificado como humanista.
La parte final de la arenga es una genuina oda a la falta de reposo de las ideas. Ciertamente, Churchill lanzó serias advertencias acerca del peligro que representaba el régimen nazi tanto para Inglaterra como para el resto del mundo occidental, pero ello sucedió cuando tenía la condición de miembro del parlamento, es decir, aún no era primer ministro.
Tampoco es acorde a la verdad histórica afirmar que sus severos señalamientos pretendían acallar las críticas y remover la resistencia y la incomprensión de la sociedad inglesa. En el libro De Gaulle y Churchill, escrito por François Kersaudy, se relata que fueron dirigidos, subsecuentemente, a los primeros ministros Neuville Chamberlain, Ramsay MacDonald y Stanley Baldwin, quienes no comprendían la magnitud del riesgo latente que implicaba la posición belicista de Adolfo Hitler y cuya política en torno al desarme de Inglaterra en esas condiciones resultaba totalmente errónea. El tiempo daría la razón a este brillante estadista.
Tal ejercicio de igualación es definitivamente ridículo e infructuoso. Churchill fue primer lord del Almirantazgo Británico, presidente del Board of Trade, ministro de las Colonias, ministro del Interior, ministro de Guerra y Aire, ministro de Hacienda y primer ministro. La carrera gubernamental del michoacano es virtualmente nada ante esa apabullante trayectoria.
Por otra parte, desde octubre de 1911 Churchill estuvo en contacto permanente con los temas y las experiencias militares y por tanto sabía cuáles eran las posibilidades reales que tenía Inglaterra a fin de poder enfrentar con éxito a la Alemania nazi.
Calderón, en cambio, se aventó como el “borras”, sin una planeación estratégica, sin tener la mínima idea acerca de la capacidad de respuesta del crimen organizado.
Por último, Churchill estaba convencido de haber captado claramente el sentido de los acontecimientos pasados y sus consecuencias futuras, lo que le permitió anticiparse a los sucesos de la segunda guerra mundial que más tarde habrían de ser parte de sus responsabilidades como primer ministro, esto es, tenía capacidad de aprendizaje.
En contraste, tanto en sus discursos oficiales e intervenciones partidistas como en sus decisiones de gobierno, Calderón evidencia una clara negativa a aprender de la experiencia; por eso sigue cometiendo exactamente los mismos errores.
Lejos de lo que motivó a Plutarco a escribir la obra cumbre Vidas paralelas, entre los trayectos existenciales de Churchill y Calderón no existe ningún paralelismo político, sino una absoluta e incontestable discordancia. Lo que le queda al Ejecutivo es hacer lo que haría cualquier hombre prudente puesto en sus zapatos: abandonar los sueños de opio, asentar los pies en la realidad, conducirse con humildad y darse a la tarea de introducir los cambios que ésta le está demandando.

