Patricia Gutiérrez-Otero
Los mexicanos somos muy tontos. Perdonen la palabra, la expresión. Somos agachones. No sabemos defendernos de esta bola, de esta lacra de
sinvergüenzas que no podemos quitarlos.
Una señora mayor, de setenta y cinco años, es filmada mientras se dirige a una audiencia anónima para criticar a la clase política mexicana. La mujer habla con claridad. Uno cree oír a una antigua maestra de mediados del siglo XX, gente culta y preparada, que se informaba y que tomaba posición frente a los sucesos a partir de una serie de puntos de referencia nítidos. El discurso, aunque con tono moral, no es moralista ya que es inteligente y tiene fundamentos. El fenómeno sorprendente no es que una mujer de su edad tenga una buena memoria, una disertación articulada y lógica, principios sólidos y un pensamiento crítico, lo que maravilla es el impacto que el video ha tenido en las redes sociales en donde ha sido reproducido cuatrocientas mil veces. ¿Qué hace que la gente quiera escuchar a una persona de la tercera edad, a una abuelita, hablando de políticos desde un punto de vista moral?
En un primer momento podría ser la simple curiosidad que suscita en alguien el hecho de que una anciana dirija un discurso a través de Internet. No es una situación usual pues es un medio generalmente utilizado por desde gente muy joven hasta por cincuentones, e incluso por gente aún mayor, pero de manera más receptiva. Al darle click al video uno se da cuenta de que alguien filmó a la señora, quizás un nieto, un vecino, un joven estudiante haciendo su tarea, pero también nos percatamos de que ella se presta porque tiene algo que decir y porque ese algo le parece importante. En ese momento, el morbo de ver a una anciana en un medio de punta cede el paso a escuchar a alguien que se toma la vida en serio.
Así, en un segundo momento nuestra atención se engancha por la seriedad con que una mujer mayor expresa su visión de las cosas en una civilización donde tendemos a “divertirnos” en el sentido pascaliano del término, es decir, a distraernos para escapar de aquello que preferimos no enfrentar porque nos causa desasosiego. Nuestra actitud actual ante la vida no es la de una serenidad gozosa sino la de un frenesí que pretende aparentar ser juguetón con el fin de esconder, incluso de nosotros mismos, una profunda soledad y angustia. Además, el planteamiento actual, inculcado por los mass media más populacheros, por la sociedad de consumo y del bienestar a cualquier costo —incluida la desaparición de la libertad— es que lo que importa es que nos sintamos bien mientras y cómo podamos, y que dejemos que el mundo gire mientras éste no se meta directamente con nosotros. Pero en el video visto cuatrocientas mil veces, la abuelita nos dice con vehemencia que no es una “viejita loca” que está diciendo cosas intolerables que ha visto y vivido. La pasión de esta mujer llega a mover algo en la masa amorfa en que nos hemos convertido. Es posible que escuchar una voz así sea indispensable en este momento, en este tipo de mundo en el que ya no se cree en nada. No dice algo que no hayan dicho críticos, políticos más o menos virtuosos, intelectuales, y hasta manifestantes, jóvenes o no, pero ella no espera nada y sus arrugas la respaldan.
Finalmente, estas generaciones desencantadas y conectadas a mundos virtuales más que a los reales, generaciones cuyo nombre ya no conozco pues pasan cada vez más rápido, quizás necesiten reconectarse con pensamientos sencillos, pero articulados y con capacidad de dar sentido a existencias vacías de él; quizá necesitan también reconectarse con generaciones anteriores, las de sus abuelos o bisabuelos o tatarabuelos, pero de una manera que les diga algo y en este caso, como ya señalé, se reúnen dos factores, la pasión crítica, articulada, con sentido y un medio de punta por el que este mensaje pasa. Quizá no es algo que pueda repetirse sin perder su éxito, pero esta fórmula logró en este caso una audiencia insospechada que responde, sin duda, a una necesidad real.
Además, opinamos que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que los mexicanos nos atrevamos a perder el miedo, que el Petróleo y nuestros recursos estén en manos de un Estado no corrupto para el bien de todos, que busquemos la unidad con los países latinoamericanos.
