Juan Antonio Rosado

Hace ya tiempo, Aldous Huxley afirmó que la ignorancia sobre lo que se sale del territorio judío, griego y cristiano de la cuenca del Mediterráneo, especialmente la ignorancia sobre Oriente es, en el siglo xx, “una ignorancia enteramente voluntaria y deliberada” que “no sólo es absurda y vergonzosa; es también socialmente peligrosa”. Huxley tacha esta actitud como una forma de imperialismo. Sin embargo, ese imperialismo, esa colonización mental continúa en quienes insisten en que la filosofía, el teatro y otras manifestaciones culturales se originaron en Grecia. Esos mismos ignorantes aún creen que la imprenta fue “inventada” por Gutenberg, y también creen que los mal llamados números arábigos son de origen árabe, sólo porque así se les designó en Europa (ni el matemático Leonardo de Pisa, del siglo xii, los llamó de esa manera). La imprenta de caracteres móviles fue creada por Bi Sheng y fue el viajero e historiador persa Rasid Al-Din quien llevó —a través de un libro— la idea a Europa. Varios europeos intentaron adaptarla a los caracteres latinos. ¿A quién le salió? A Gutenberg. En otro orden de ideas, ya Karl Jaspers afirmó que en China e India hubo filosofía que va desde el escepticismo y el materialismo hasta el idealismo y la sofística, lo cual ha podido comprobarse (en India, el Lokayata fue un sistema filosófico materialista y ateo). Lo mismo ocurre con el teatro. Sin embargo, esto no significa que una cultura haya tomado directamente un elemento de otra. El sistema decimal y el cero viajó de la India a Europa mediante los árabes (por eso ellos escriben sus números de izquierda a derecha, y no al revés, como lo hacen con sus palabras), pero en otras ocasiones las culturas llegan por sí mismas a lo mismo a lo que llegaron otras ajenas o distantes.
La ceguera de algunos investigadores casados felizmente con su tema de investigación ha frenado la imparcialidad, ha aumentado el fanatismo y ha generado errores. Un caso es el excelente helenista alemán Werner Jaeger. Su misma luz lo ciega. Es tanto lo que sabe sobre los griegos (y tan poco de las demás culturas) que absolutiza muchas de sus ideas. Lo terrible de esta ceguera es que no se reconoce nunca como tal y cree saber de los demás cuando afirma, en su postura helenocentrista, que “los griegos fueron los primeros” en esto o en aquello. La generalización siempre es ingenua porque, como decía Hamlet, siempre hay más en el mundo de lo que cree nuestra filosofía.