Verónica Volkow
Celebramos la aparición del libro de Ver de mar de Ver, de Víctor Toledo, que a mi juicio culmina ya, sobre el vaivén de influencias poéticas por el que navega todo poeta en su búsqueda, una trayectoria que cristaliza ya una propia filosofía de vida. No dejan de estar presentes las influencias, pero en las que noto ya una audaz mano muy personal, como la que entreteje el chispazo y agudeza de la jarana y el son jarocho con el cortejo teológico de la poesía rusa.
Este es un poemario también que cuenta con varios poemas de una gran madurez, perfectamente redondos algunos, a mi juicio como son “Si es tan blanca la sal” o “Tú sostienes colibrí”. No dejo de escuchar la guía de Brodsky en su poema sobre las mariposas, por cierto.
Pero Ver de mar de Ver es también un libro que le da expresión poética a algo que yo he observado y que siempre he admirado en Víctor, y que es una militancia poética en su vida. Víctor es no sólo un poeta por profesión, sino sobre todo un hombre que vive cotidianamente como poeta: cultiva, por ejemplo, un jardín de plantas rarísimas, es guardabosques y defensor del Bosque de la Calera, al que conoce en todos sus secretos. Construyó también, por ejemplo, como lo describe en uno de sus poemas, una casa, en la punta de un cerro a la que concibió como un caleidoscopio de ventanas y reflejos. Me dijo Víctor que quería una casa multidimensional. Se casó, además, con una mujer compositora y guitarrista y concibieron hijos todos artistas. Y sé, por nuestras conversaciones a media voz que es vidente de hadas y fantasmas; heredero del conocimiento de las plantas curativas; sagaz observador de astros e insectos y adorador incansable de la Diosa madre. Me pregunto si muchas de las cosas que hace en su vida, no fueron inspiradas por la premonición del poema, que escribirá al final.
Víctor, confieso, navegó por ramales que quedaron truncados en mi destino, aprendió el ruso, se doctoró y maridó en Moscú, ha buceado en poetas profundísimos a los que yo tengo acceso de modo indirecto gracias a sus traducciones. Él es el brazo que yo no tengo, encarna, de alguna manera, esa otra parte de la historia, ese viaje a la tierra del padre (Rusia) que a mí me faltó realizar. Podría decir que él fue, al principio, quien me escogió y cultivó como amiga, quizás como paciente guardián de secretos, pero después fui yo quien cultivó la amistad con compromiso, al reconocerlo depositario de dimensiones, que de pronto estaban más allá de mi mano. Hay una historia compartida de diálogos, amistad, caminatas por el bosque, conciertos de la música de Nadia, de extrañas también navegaciones por la poesía.
Yo, en lo personal, veo a este Ver de mar… como un libro que celebro también porque testimonia importantes hitos de una amistad ya de muchos años: están en este libro poetizados la casa que Víctor construyó en un monte, están las plantas extraordinarias, está también un rosal, heredado de su madre, al que le faltan las espinas, y sólo da rosas aromáticas. De éste, que floreaba antes en su vieja casa de Puebla, me enteré también por los poemas de este texto, que estuvo a punto de marchitarse. Este rosal me parecía emblemático, de la herencia espiritual de Víctor, y le compuse para su libro de Rosagramas el siguiente soneto libre:
Rosagrama para
Víctor Toledo
Desde un interno hablar a paraíso
Supo el poeta, a la rosa sin espinas
Dar sonido al color y una memoria
Encendida y honda a su fragancia:
Y desnudose el jardín en pureza
Abismal, y en grávida añoranza
De un alba perdida que hoy despunta.
Quedó la rosa nimbada allí súbitamente.
Busco un hilo de luz para esa rosa
Que en laberinto vegetal o escrito
desentrañe al oído el ser más puro
Busco un hilo de luz que la desande,
Por su abierta intimidad, en la belleza
Del amante jardín que nos espera.
Es ese caminar por rosas y jardines, comulgados con la belleza, lo que ha tejido, la más de las veces nuestra amistad.
Víctor habla en su libro también de esa mirada común fija en la eternidad que es la que está sustentando el goce y la comprensión sutil de los amigos. Eso que sujeta a los vínculos es como la inmovilidad del vuelo del colibrí. Esa inmovilidad representa a la eternidad dentro del tiempo. Habrá una comunión allí, cuando quedan dos miradas unidas por el asombro. Y al respecto dice nuestro poeta poblano-cordobés quejándose de algún amigo infiel:
“Mas tampoco tienen seso/ para ver ese incesante/ suspenso verbo en el aura.// No saben de la amistad/ basada en el ágil vuelo/ que te da la eternidad”.
¿Será la poesía el verdadero sustento de la amistad? Es un buen inicio, al menos. Lo que sí sé es que afortunadamente nuestra amista cultiva, la militancia de la poesía, y en esta acción espero sigamos volando inmóviles, reunidos en ese esfuerzo que es, el disfrute aquí en el tiempo, de la eternidad.
Víctor Toledo, Ver de mar de Ver. Eternos Malabares-Conaculta, México, 2013.
