César Arístides
Pocos placeres tan alabados como el de la bebida, el de gustar licores audaces y reconfortantes, vinos nobilísimos que dobleguen las penurias e inviten al solaz y a la contemplación, a la seducción y al sosiego espiritual. Alcoholes amables son prueba irrefutable de que Dios existe y es bondadoso con los devotos que dedican su tiempo a consumir lumbres acuáticas, a honrar los dones mareadores sin importar si los licores tienen alguna basurita, un minúsculo trozo de corcho o un insectillo intrépido.
Así lo comprueba el gracioso soneto de Francisco de Quevedo “Bebe vino precioso con mosquitos dentro”, en el que rima y sonido permiten al lector paladear licor de ensueño. La descripción de la bebida realizada por Quevedo resulta puntual y briosa, destaca por la forma en que los versos se despliegan y transmiten el momento en que la bebida se disfruta, el sonido de la boca al tragar, el cuerpo del vino, el regusto caliente del bebedor que goza y la presencia atrevida de mosquitos regocijados en el alcohol: “Tudescos Moscos de los sorbos finos,/ Caspa de las azumbres más sabrosas,/ Que porque el fuego tiene mariposas,/ Queréis que el mosto tenga marivinos…”.
Quevedo logra en esta composición un espléndido retrato de las virtudes del vino y la presencia en él de mosquitos audaces. Gracias a la adjetivación y a las palabras elegidas, se percibe de manera efectiva el encuentro del vino en los labios, su entrada en la boca y la recepción de los sentidos, y este encuentro adquiere un sabor grácil por la definición que el poeta da a los insectos: “Aves luquetes, átomos mezquinos,/ Motas borrachas, pájaras vinosas,/ Pelusas de los vinos envidiosas,/ Abejas de la miel de los tocinos…”.
El gusto inmediato, el chasquido, la reacción de la lengua y el gozo súbito se mezclan con átomos mezquinos, porque beben el vino ajeno; motas borrachas, esto es, manchitas ebrias en el licor ajeno, pelusillas entrometidas… así los bichos arman una estampa bella y gozosa.
Digno de su ingenio, de su donaire y gráciles resoluciones, el poema se desliza, se saborea, entra al gusto sin escalas, su sabor resbala entre los versos, penetra los ojos con igual regocijo que el vino a la boca. Al final el poeta cede a la obstinación de los mosquitos y en alabanza leve admite su presencia en el licor, sabe el poeta/bebedor el destino de los tudescos moscos y sentencia: “Liendres de la vendimia: yo os admito/ En mi gaznate, pues tenéis por soga/ Al nieto de la vid, licor bendito./… / Tomá en el trago hacia mi nuez la boga,/ Que bebiéndoos a todos, me desquito/ Del vino que bebistes y os ahoga”.
Insisto en la sonoridad porque con igual eficacia las imágenes de los mosquitos en el licor, las mariposas de lumbre, el vigor de la bebida y el cuerpo de moscos y brebajes logran un brindis festivo, suculento. Quevedo cierra el poema con la aceptación de los mosquitos en su boca, en su garganta, sabe que los imprevistos invitados, ebrios y felices, muertos en la alegría del alcohol, serán tragados sin preocupaciones, así el libador recuperará el vino arrebatado y de paso se vengará feliz de los traviesos bebedorcillos.
Beber, entonces, es un caro placer, no importa si los mosquitos intentan aderezar la gentil lumbre, al beber los vinos entra en nosotros la dicha, el entusiasmo. Bien gozó de licores Charles Baudelaire, lustros después: “embriagaos…”. Y con el soneto de Quevedo, el vino, la intromisión graciosa de mosquitos y los recipientes halagan el gusto por la vida.
