Eve Gil
Existen muchas formas de destierro. Generalmente se trata de una imposición. En algunos países y culturas es, incluso, peor que la pena de muerte: morir en vida. Pero también hay quien se destierra en forma voluntaria, y no por eso deja de resultar doloroso, cuando menos penoso. ¿Desterrados de nacimiento? Aquellos que se sienten fuera de lugar desde que abandonaron la seguridad única del vientre materno. Los artistas. Los genios. Los autistas. Los personajes del más reciente libro de relatos de Eduardo Antonio Parra, Desterrados sufren esa condición desde múltiples perspectivas. Algunas aprenden no sólo a lidiar con la circunstancia, sino que se aferran a ellos. Otros darían lo que fuera por retornar a esa Ítaca personal que lo mismo puede ser la sede de todas las nostalgias, que un lugar en el pasado o la mera normalidad, o lo que la sociedad decreta como tal.
Y si bien un destierro nunca será cosa de risa, al menos no para la inmensa mayoría, algunos de los relatos parecieran sugerir que los cínicos están hechos para sortear esta y otras desventuras. Uno de los relatos del volumen en particular, “La costurera”, está repleta de desterrados; de seres que juegan a ser algo que no son y cuya verdadera esencia se encuentra en otra parte. La forma en que Parra juega con las identidades sexuales de los dos personajes principales, la del jovencito narrador y la de María José, una enigmática costurera al servicio de la no menos excéntrica abuela del muchacho, es una verdadera delicia. El jovencito llega hasta cierta edad asumiendo el rol de la niña de la casa, ataviado con ropa femenina, pelo largo y rodeado de muñecas. Es lo bastante pequeño para cuestionar el capricho de su abuela y su madre, quien es madre soltera y una presencia fugaz en su vida, pero de alguna manera intuye que algo funciona mal en él porque no se siente atraído en lo absoluto por el rol que se le ha asignado como en una obra teatral. María José se le presenta como un trasunto de Hada Madrina, cumple hasta cierto punto las funciones de ésta, pero a la inversa: le hace entender la razón de su incomodidad y lo incita a asumir el género que le corresponde, hasta que la abuela no tiene más remedio que resignarse. En apariencia, María José es la antítesis de una hada de cuento de hadas: es una mujer feísima, tosca hasta la exageración, a quien le brota vello por todas partes… pero lo que podría ser el estereotipo decimonónico de una lesbiana es magistralmente trastocado por Parra que nos tiene reservado un final por completo inesperado.
El niño narrador y su mentora son los desterrados de “La costurera”, pero lo son de una manera que recobra —y actualiza— los rasgos de la picaresca. Otros desterrados de Parra viven circunstancias dramáticas, dolorosas y, no pocas veces, sorpresivas. El golpe de timón que caracteriza el relato “El despertar de la calle” me remontó a los mejores relatos crueles de Flannery O’Connor. La víctima propiciatoria termina colocándose a la altura del potencial verdugo. Una pareja de inofensivos ancianos que nunca tuvieron hijos y por lo mismo se han consagrado el uno al otro desde su juventud, deciden salir a divertirse una noche, aunque a regañadientes de Rebeca, quien presiente que algo malo va a sucederles. Los instantes de miedo que vive la pareja cuando ha salido del cine y se sienten seguidos por un sujeto que, a juzgar por su forma de actuar, no puede albergar buenas intenciones, los convierte, como a muchos de nosotros que hemos padecido una situación similar en esta ciudad, en desterrados de una vida normal y decente. Años de sacrificio no les garantiza que podrán disfrutar los frutos de su trabajo en conjunto sin que terminen apuñalados a media calle por alguien que no tiene idea de lo que es el esfuerzo. Conforme el ataque del delincuente parece ser más inminente, la pareja va albergando, en torno a ese miedo que no tendrían por qué sentir, como ciudadanos honestos que siempre han sido, odio y resentimiento por su potencial asesino. Pero algo inesperado trastoca los roles sorpresivamente, y el lector albergará dudas respecto a qué clase de desterrados son Rebecca y Mateo… si de verdad sus años de trabajadores honestos han sido una libre elección, o en el fondo son peores que quien les amenaza desde la penumbra.
Otro de los relatos más impactantes —aunque en realidad no hay uno solo que no deje al lector reflexivo, incluso ensimismado— es “Mal día para un velorio”. Un relato en verdad brutal que pone en tela de juicio todo aquello que se tiene por “sagrado”. Un yerno que choque con su suegra es algo cotidiano, como también el que una madre considere que su hija merece para esposo un héroe fuera de este mundo, pero en algún momento del relato esta cotidianidad se pervierte a grados superlativos pues descubrimos que la madre desprecia a su hija; que a la que no considera “merecedora” de su suerte es a ella, y Ofelia es una especie de sociópata que no muestra el más elemental respeto por nada que no sean sus propios caprichos… ni siquiera por el cadáver de su hija, muerta en la flor de la juventud y la belleza.
Cada uno de los relatos incluidos en Desterrados ameritaría un comentario y un análisis profundo. Decir que se trata de la mejor colección de relatos de un autor considerado maestro del género, es mucho decir. Pero Es. Eduardo Antonio Parra no ha abandonado su mundo rural, pero lo eleva a insospechados rangos de actualidad, y además le permite convivir con escenarios y elementos cosmopolitas que, asimismo, se transforman en prisiones, en trampas, en inmensos cementerios para sepulcros blanqueados. Nacido en León, Guanajuato, en 1963, Parra radica desde la infancia en Monterrey, aunque actualmente vive en la Ciudad de México, lo que en cierta manera pudiera explicar esta curiosa extensión de su peculiar —dolorosa— visión del mundo. Un libro para leerse más de una vez, sin lugar a dudas.
Eduardo Antonio Parra, Desterrados. Era, México, 2013; 157 pp.
