Presencia de impulsos eléctricos
René Anaya
Lejos de las explicaciones místicas que relacionan las experiencias cercanas a la muerte con la postergación de un encuentro divino o de otra forma de vida incorpórea, los científicos empiezan a confirmar algunas hipótesis sobre la semejanza de sensaciones de quienes han estado a punto de fallecer.
Por supuesto que todas las explicaciones científicas chocan con las ganas de creer en una vida eterna, a pesar de que ya Nezahualcóyotl lo advertía: “Aunque sea de jade se quiebra,/aunque sea de oro se rompe,/aunque sea plumaje de quetzal se desgarra./No para siempre en la tierra:/Sólo un poco aquí”.
Los mitos de la otra vida
Cuando se reunieron los testimonios de personas que habían estado a punto de morir, se encontró que sus experiencias eran comunes, independientemente de su religión, nacionalidad, educación, costumbres y cultura, todos referían que se elevaban por los aires y abandonaban su cuerpo; poco después veían una luz brillante al final de un túnel, al tiempo que los invadía una sensación de bienestar o serenidad. Se planteó que tales vivencias eran la confirmación de que había vida después de la muerte.
Pero los escépticos científicos buscaron explicaciones más terrenales. Carl Sagan, en su libro El cerebro de Broca, publicado en 1974, planteó que sustancias anestésicas como la quetamina provocan la sensación de abandono del cuerpo y distorsionan las percepciones visuales y auditivas; la atropina y otras sustancias derivadas de la belladona y la mandrágora hace que parezca que se vuela, como lo referían las brujas medievales; por último, el LSD (dietilamida de ácido lisérgico) provoca una sensación de unión con el universo, de misticismo y paz interior.
Por lo general, a un moribundo no se le administran esas sustancias, pero el divulgador científico ya en ese tiempo adelantaba una hipótesis, luego confirmada, sobre “la posibilidad de que las sustancias psicodélicas actúen por el hecho de ser congéneres químicos parecidos a sustancias naturales producidas por el cerebro, que inhiben o amortiguan la transmisión nerviosa y que pueden contar, entre sus funciones, la inducción de cambios endógenos en la percepción o el humor”.
El astrónomo no estaba equivocado, a finales de la década de 1970 se descubrieron las endorfinas y las encefalinas (de estructura semejante a la morfina), en 1992 se encontró el primer endocannabinoide y en las últimas décadas se ha podido comprender mejor el funcionamiento de neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina, que modifican nuestros estados de ánimo.
Con estos conocimientos, algunos investigadores consideraron que el propio organismo descarga una serie de neurotransmisores y otras sustancias, con la finalidad de que el último trance sea lo menos traumático posible. Lo que por ahora se ha confirmado es que sí aumenta la actividad cerebral, como lo demostraron investigadores de la Universidad de Michigan encabezados por la doctora Jimo Borjigin.
La última descarga cerebral
En un artículo publicado el 12 de agosto en las Actas de la Academia Estadounidense de Ciencias (Proceedings of the National Academy of Sciences), Jimo Borjigin y colaboradores informaron que, contra lo esperado, la actividad cerebral de nueve ratas aumentó a los 30 segundos de que se había detenido su corazón, ya que encontraron niveles muy altos de ondas electromagnéticas llamadas oscilaciones gamma.
Esas oscilaciones, que se producen cuando un conjunto de neuronas emite ondas eléctricas a una velocidad de 40 veces por segundo, en los seres humanos se han relacionado con la percepción, la atención, el aprendizaje y la conciencia; asimismo, se ha propuesto que son reguladoras del procesamiento de señales sensoriales.
La presencia de esos impulsos eléctricos puede ofrecer un marco teórico para empezar a explicar las experiencias cercanas a la muerte, ya que es factible que ocurra lo mismo en el cerebro humano, con una elevación de la actividad cerebral y de la conciencia, que expliquen esas visiones cercanas a la muerte.
La doctora Borjigin ha señalado que “el hecho de que se vea luz indica que la corteza visual está muy activada, y tenemos evidencia que sugiere que este podría ser el caso, porque hemos visto más oscilaciones gamma en el área del cerebro que está justo encima de la corteza visual”.
Esa mayor actividad cerebral probablemente no se limite a impulsos eléctricos, también es posible que haya una mayor liberación de neurotransmisores y otras sustancias que contribuyan a producir las experiencias cercanas a la muerte, como lo planteaba Sagan.
Por el momento, el neurocientífico Chris Chambers, de la Universidad de Cardiff, ha advertido que “una cosa es medir la actividad cerebral en ratas durante un paro cardiaco y otra es vincular eso con una experiencia humana”, aunque ha reconocido que “es una investigación interesante y bien hecha”.
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