Andhony Arias Pelayo
La novela Amuleto, de Roberto Bolaño, ubicada en el Movimiento de 1968 en México, con mayor enfoque en la entrada del ejército a la UNAM, no sólo es una crítica a la transformación social de los años sesenta en América Latina, es también una oportunidad de vernos a nosotros mismos, atrevernos a descubrir en nosotros el fracaso de una generación que intentó una revolución social —quizá la última que lo deseó hacer—, y preguntarnos qué es lo que viene después de esa derrota.
Terminada en septiembre de 1998, Amuleto (Anagrama, 1999) es también una visión retrospectiva del destino de aquellos proyectos de emancipación y es, al mismo tiempo, un importante intento de explicar por qué hemos llegado a ese callejón sin salida (sin futuro) que es el mundo actual.
El año de 1968, para América Latina y otras partes del planeta, significa el fin de una época y de una cultura utópicas. Decisivo y crucial, también fue un año de determinaciones para el futuro de los proyectos de nación, fue un parteaguas y el origen de un cambio total para la historia. Por tal razón nos concierne entender qué fue lo que realmente se jugó en aquella fecha, puesto que después el mundo ya no sería el mismo.
La respuesta está en la novela, específicamente en esta especie de visión dialéctica en la que el presente, el pasado y el futuro dialogan constantemente en una unidad que es la conciencia de Auxilio Lacouture, la narradora. Ella encarna una visión que abarca las tres dimensiones históricas; salta con facilidad de un tiempo a otro y vuelve, con el mismo desenfado, al punto de partida, a ese fatídico año de 1968.
Si aceptamos que el tema central de Amuleto es la utopía y su fracaso, ya puedo hacer una pregunta crucial: ¿cuál es el punto; en el fondo, qué significado tiene este diálogo? El punto es que el constante diálogo de la novela tiene una función muy significativa: para saber lo que somos debemos saber quiénes quisimos ser y por qué no llegamos a ser lo que anhelábamos ser. Esta es la invitación a vernos, asomarnos a nuestro ser y preguntarnos de dónde venimos, por qué el presente es así y, sobre todo, es una invitación a hacernos preguntas sobre el futuro de América Latina. Al mismo tiempo, las condiciones de este planteamiento son las condiciones de la utopía. Horacio Cerutti define la categoría utopía como “la condición de la posibilidad del existir humano”. Para él la utopía es también la proyección en tiempo futuro de lo que todavía no es y que debería ser, es un referente de un lugar y un tiempo imaginarios.
La más fuerte crítica de Bolaño en Amuleto se concentraría, en este sentido, en ese “por qué no llegamos a ser lo que anhelábamos ser”. Aquí está el punto central de toda la novela, aquí culmina el tema del fracaso utópico. La obra, entonces, mostraría lo que somos, que no es más que decir: lo que la generación del 68 quiso llegar a ser y en qué punto de la historia se terminó el sueño de arribar a ese lugar y tiempo imaginarios.
Lo que resta es encontrar estos planteamientos en las escenas más importantes del relato. Entre las más sugerentes se encuentra aquella en que Auxilio está en un hospital y es conducida hacia un quirófano para ser partícipe de lo que Bolaño llama metafóricamente “el parto de la Historia”. Escena totalmente simbólica y una de las más sugerentes de todo el libro. Sumida en una confusión enorme, Auxilio no sabe bien dónde está ni hacia dónde la llevan los doctores. Por eso pregunta a los médicos qué está sucediendo, y ellos responden (capítulo 12): “Sólo la llevamos para que asista al parto de la Historia. ¿Por qué tanta prisa, doctor?, ¡me estoy mareando!, les decía. Y los médicos respondían con el mismo sonsonete con que responden a quien agoniza: porque el parto de la Historia no puede esperar, porque si llegamos tarde usted ya no verá nada, sólo las ruinas y el humo, el paisaje vacío, y volverá a estar sola para siempre”. Auxilio se deja llevar, casi anestesiada, sin hacer demasiadas preguntas, por esos doctores que anuncian lo que vendrá, como si en ellos se concentrara todo aquel optimismo del fin de una época y el nacimiento de otra (una mejor), la urgente necesidad de un cambio social y la convocatoria a todos los jóvenes para acudir al tan esperado “parto de la Historia” que fue, evidentemente, el 68 latinoamericano.
Se le dice a Auxilio que los tiempos están cambiando, que están a punto de parir una esperanza y que debe acudir al alumbramiento, porque la Historia (el futuro) se está derrumbando y está luchando a muerte por dar a luz aquella tan anhelada esperanza para el continente. Sin embargo, cuando Auxilio finalmente entra en el quirófano, lo que presencia es la desolación total: todos los ideales se esfuman en ese instante y lo que se anunciaba con tanto optimismo nunca aparece. El llamado parto se desvanece en ese quirófano como humo en un paisaje vacío.
La dureza de la crítica de Bolaño radica en que tal vez la generación de los sesenta no fue lo bastante consciente para darse cuenta de que ese parto fue la última gran oportunidad de realizar el sueño de liberación del hombre. Por eso es imperdonable el fracaso: se trataba de arriesgarlo todo porque, efectivamente, lo que estaba en juego era todo.
Lo que se disputó en esa fecha no fue nada más un sistema capitalista o uno socialista como proyectos de sociedad, sino que, realmente —y aquí radica la fuerza del planteamiento de Bolaño—, lo que estaba en juego —y pocos lo supieron— era el porvenir del hombre, es decir, no se trata del fin de una utopía nada más, ese no es el tema central, sino del derrumbe de la última gran utopía moderna, el fin de la historia de la utopía.
Por eso hay un antes del “parto de la Historia” (la historia, el 68, pariría o no el tan deseado porvenir para el hombre contemporáneo) y hay un después de ese parto fallido. La crisis que vendría como consecuencia es tan crítica que hoy, en el inicio del siglo XXI, parece más urgente que nunca plantearse ya no una sociedad alternativa poscapitalista o possocialista, sino la posibilidad real de la utopía misma en este mundo, es decir, el derecho racional de todo hombre de tener un porvenir, el derecho a la vida; en otras palabras: la utopía de tener utopías… la esperanza.
Lo que afirma Cerutti en su definición de utopía parece ya imposible: “vivir en función de un lugar y un tiempo imaginarios ha sido la condición de la posibilidad del existir humano”. Lo que resta, tal vez, es que estemos condenados a vivir únicamente de realidades, de lo que hay. Nuestra civilización ha caído en tal agotamiento que parece ya no desear el porvenir. Al liquidarse el porvenir, no hay utopía, no puede haber. Por eso, es tan crucial recalcar que lo que estuvo en juego en el 68 fue la vida misma, la nuestra incluida. Somos una generación heredera de ese fracaso.
Sin porvenir no hay proyectos ni historia; el hombre se detiene. Su búsqueda constante de llegar a convertirse en lo que todavía no es y debe ser (en hombre: utopía de ser hombre), que es el drama de toda la historia de la Modernidad, se paraliza. Parece que hemos caído ya en esta gran situación en la que las condiciones que nos podrían liberar desaparecen. Lo que queda es pensar si acaso esta es nuestra grave condición actual: sin el anhelo de vivir, el hombre simplemente se deja morir. La razón quizá sea el nihilismo que Nietzsche anunció como el mayor peligro de la civilización occidental.
Amuleto es una novela que nos impele a interrogarnos acerca de estas cuestiones, de ahí su enorme valor.
