Gonzalo Valdés Medellín
Poeta que, “cansado de escribir, se durmió y soñó que en el sueño se tendía a dormir y soñaba”, según su propia definición, Alejandro Jodorowsky, hombre de teatro, actor, director, dramaturgo, tarotista y, por ende, mágico propositor estético, fundó, junto con Fernando Arrabal y Roland Topor, el movimiento artístico conocido como Pánico, mismo que fincaría los llamados happenings y, en nuestros días, el controvertido performance, expresión múltiple del arte donde se conjugan las sustancias primigenias de la poesía, el teatro, la danza, la imagen plástica… en íntima relación con el terror, el humorismo y la espontaneidad.
Muchos creadores en el México contemporáneo fueron marcados por la mano maestra y el pensamiento insólito de Jodorowsky, mago de la imaginación que ha sabido trastocar con enjundia y sin miramientos de ningún tipo, los patrones preestablecidos no sólo por el arte, sino por las sociedades mismas. Cineasta, argumentista de comics (y pese a todo lo que él mismo ha procurado voltear las reglas del juego hacia una mirada mucho más controversial y de ruptura), en realidad Jodorowsky es el típico ejemplo del creador que busca la pureza y la encuentra en el reconocimiento de sí mismo ante el espejo devastado de lo consuetudinario.
Tal vez por ello, su primer etapa como cineasta lo proclamó como un lunático (de los que acaso mucho necesitamos ahora que las esperanzas se pierden en el viento de las cenizas), cuya única fortaleza era la fe en el espíritu humano, en el hombre y, finalmente, en el amor, como única salida de salvación. El topo, Fando y Lis y La montaña sagrada son obras de gran fuerza introspectiva, donde ya el Zen empezaba a marcar la ruta de recomposición como hombre y artista, en un creador que había destazado sus extremidades, para luego recomponerlas en un arte de abstracciones explosivas, luminosas, para años después llegar al reconocimiento, casi literal, de su Santa sangre (1989), filme que se revela como “el drama que está pasando en todos nuestros pueblos. Estamos perdiendo nuestra identidad”, ha dicho el artista.
En 1996, el poeta y dramaturgo Daniel González Dueñas estructuró la Antología pánica (Editorial Joaquín Mortiz, México, 344 pp.) que recoge, en forma sustancial el pensamiento y postulados estéticos de Alejandro Jodorowsky (1929), sin duda alguna uno de los transgresores fundamentales en el teatro y el cine de la segunda mitad del siglo XX, y cuyas enseñanzas han alcanzado a más de una generación en el hacer, pensar y salvaguardar la identidad autónoma del ejercicio de la creación. En su investigación, González Dueñas entregó con ésta, una obra fundamental, un muy completo mosaico de la vida y obra de Alejandro Jodorowsky, pero sobre todo de su influencia en el México contemporáneo, rescatando textos que se habían perdido en lo efímero de las publicaciones, para eternizar, en buena medida, la permanencia de un espíritu contestatario: el de Jodorowsky, creador de mundos en apariencia alejados del hombre, pero absolutamente cercanos a la verdad de su esencia histórica y orgánica, confrontándonos con el Pánico, definido así por González Dueñas: “…hermano de los métodos de apertura de la conciencia… búsqueda del uno con todos, del uno en todos”.
Antología pánica de Alejandro Jodorowsky es un libro que ya pertenece al acervo del teatro mexicano del siglo XX; un documento de insuperable valor para todos aquellos estudiosos del teatro y de los fenómenos y resonancias socioculturales que éste genera y, sobre todo, un hermoso homenaje a una época vital para el desarrollo del arte en México, la que Alejandro Jodorowsky protagonizó en nuestra cultura, durante su estancia en México entre 1960-1972, amén de que el libro se complemente —en forma espléndida— con otros textos que hablan del Jodorowsky actual, el que lee el Tarot a nombre de México y descubre así que “Para que México salga de su marasmo hace falta un gran choque”.
Nota: Agradezco al escritor Eduardo Rodríguez Solís que me haya facilitado la fotografía del montaje de Acto sin palabras de Samuel Beckett dirigida por Jodorowsky en los años setenta, en el Teatro Xola.
