CHARLAS DE CAFÉ
Entrevista a Cristina Rivera Garza/Autora de Los muertos indóciles
Eve Gil
El título del más reciente libro de Cristina Garza, Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación (Tusquets, México, 2013), está inspirado en un poema de Roque Dalton, “El cadáver firmaba en pos de la memoria/iba de nuevo a filas/y marchaba al compás de nuestra vieja música”.
“…Como pocas naciones en el globo terráqueo —se lee en la página 20— México se enfrenta a las prácticas de lo que Adriana Caravero llama el horrorismo contemporáneo; formas de violencia espectacular y extrema que no solo atentan contra la vida humana, sino además –y acaso ante todo-contra la condición humana”.
Nuevas tendencias literarias
La premisa de Los muertos indóciles —serie de ensayos— es indagar respecto hasta qué punto la actual situación local y global se refleja en las nuevas tendencias literarias y de escritura, que empiezan a hacerse notar en los requerimientos para vincularse por Twitter.
“Lo «histórico» confirma la versión —dice Cristina— de los poderosos en su noción más íntima y personal, mientras que la ficción documental incorpora la voz de las voces borradas, que no pertenecen a autorías poderosas, y está la participación directa de los documentos y los archivos. Uno de los elementos que se ven más dinamitados es la manera como vamos creando conexiones de sentido que no dependen de una cronología y nos entregan un sentido de simultaneidad y conflicto, por eso me resultaba interesante trabajar a Rodrigo Rey Rosa, el libro de poesía de Sara Uribe Antígona González o Sodomía en la Nueva España de Luis Felipe Fabre.”
“No se trata —continúa Cristina— de renormalizar estas historias del pasado, sino de incorporar este pasado y contrastarlo con la misma intervención del autor, ya no como alguien que se va a transformar para volverlo literario, sino como aventurador que está organizando los ritmos del discurso con lo cual permite al lector incorporarse como una voz en el proceso de creación. Pienso por ejemplo en el librazo de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, o en la novela polifónica, que sería como su equivalente. Hay un esfuerzo por incorporar a la voz literal sin volverla literatura, y eso va al corazón de la política y las relaciones de poder porque la palabra grita. No verás en este libro muchos análisis temáticos sino más bien de las estrategias que los autores utilizan.”
Otra lectura de Los muertos indóciles podría ser un diálogo entre la autora y sus lectores asiduos, que son cada vez más, y que estarán deseosos de comprender el proceso evolutivo de la literatura de Rivera Garza. Descubrimos, no sin sorpresa, que Cristina ya experimentaba desde su primera novela, Nadie me verá llorar, la más “clásica” de su producción y que muchos insisten en atribuirle la etiqueta de “novela histórica”.
“Siento —dice Crsitina— una especie de timidez respecto a Nadie me verá llorar, que se le denomina de continuo como novela histórica, pero con el tiempo uno va desarrollando herramientas teóricas y empecé a presentarla como «ficción documental». Hay un esfuerzo de traer la voz del personaje de Matilde Burgos que me la inspiró, tal cual. Mi dilema era cómo podemos hablar de lo que no es nuestro y desarrollar estos tejidos de apropiación, sin cometer una traición a la experiencia de los otros. Hay una conexión ética y estética, una cuestión comunitaria, incluso si hablamos de «nuestras cosas» siempre hay otro involucrado. Es falso que haya soledad en la escritura y hoy más que nunca tenemos que estar muy conscientes del otro al momento de ejecutar nuestro trabajo. Es debido a esa falta de conciencia que, a lo largo del siglo XX, la literatura se ha vuelto irrelevante.”
Escritura conservadora
La política así como la tecnología están afectando seriamente a la literatura en un aspecto mucho más amplio que el meramente económico. Las posturas conservadoras están, por tanto, al orden del día ante lo que es percibido como una subversión o una pérdida.
“Actualmente —opina Cristina— las posturas respecto a la escritura tienden a ser muy conservadoras, muy de susto, de darle la espalda a la experimentación, porque «ahora todo es muy banal», aunque también hay quien piensa que hay que celebrar lo nuevo por el simple hecho de serlo. Hay un reto muy grande que tiene que ver con la tecnología y con el concepto de mortandad que concierne muy directamente a México, pero han dado como resultado una serie de textos que conviene leer muy bien. No se trata nada más del «todo se vale», sino de dirimir en conjunto que escrituras valen y como expandir sus posibilidades.”
A diferencia de otros estudiosos, Cristina manifiesta gran interés por autores jóvenes o, en su defecto, no muy conocidos pero que estén realizando una obra acorde con la época. Incluso algunos no conocidos que se han vuelto populares vía Twitter.
“No soy —dice Cristina— de los que sólo leen clásicos o autores muertos, qué aburrición; claro, los leo porque me gustan y forman parte de mi formación, pero me interesan más mis contemporáneos. Leo a miembros de mi generación y lo que se produce actualmente, y no nada más los jóvenes están haciendo cosas muy interesantes, porque he conocido a jóvenes muy conservadores que quieren escribir la novela perfecta del siglo XIX en el 2013. Pero, ciertamente, hay una tendencia entre los nativos digitales para explorar sus medios, y los leo con mucho gusto. Acabo de leer Motel Bates, de Yussel Dardón, joven escritor de Puebla que trama un texto alrededor de Hitchcock y la muerte violenta. Hay una energía de crítica constante, más en la poesía que en la narrativa, pero si no desarrollamos herramientas críticas para leer estos libros, no van a pasar de ser cositas extrañas, como dicen algunos, lo que sería una forma de no aprovechar nuestro presente. Si esta escritura se va a quedar o no o cuál nos creará mundos alternativos o se irá, es decisión de los lectores, no de críticos o pequeñas mafias culturales.”
Los muertos indóciles evoca un episodio que refleja mucho de lo expresado hasta el momento por la autora: el retiro de las librerías de El hacedor de Borges. Remake, del narrador español Agustín Fernández Mallo, demandado de plagio por Maria Kodama viuda de Borges.
“Es un síntoma —concluye Cristina— de la abundancia textual, íntimamente ligada a las herramientas de escritura y este caso de «técnica de apropiación» es particularmente interesante. Puede ir desde la reescritura literal o emplear técnica de borramiento o reciclaje. Leí el libro de Fernández Mallo, que se retiró del mercado pero se puede bajar de Internet, y mis alumnos en Oaxaca lo percibieron como un homenaje maravilloso a la obra de Borges. Es una utilización del lenguaje borgiano para desarrollar un tema propio, y la verdad, no entiendo por qué el escándalo. Estas posturas son más bien moralistas y preocupadas por la propiedad legal. La literatura es un bien común que nos pertenece a todos.”
