Claudio R. Delgado

Días atrás he leído en la prensa nacional, artículos, notas informativas y columnas, que han dado cuenta de la problemática desatada por la llamada “Reforma Educativa” en nuestro país. Todos ellos hacen recuentos de hechos, sin duda, vergonzosos. Actos que en pleno siglo XXI podríamos haber dado ya por superados, sin embargo, la polémica desatada entre las autoridades (Congreso federal y Secretarías de Gobernación y de Educación) y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) por este tema, se ha recrudecido al grado de dejar a varios estados del país sin clases, situación que perjudica principalmente a nuestros niños y jóvenes.

Estamos hablando de cerca de dos millones de alumnos que en Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán han sido afectados y que es muy probable que pierdan el siclo escolar 2013-2014, por la cerrazón adoptada entre las partes.

Tirios y Troyanos se denostan y se acusan; se reprochan una y otra vez ante y a través de los medios informativos, sin que ninguno de los dos sea capaz de aceptar de manera cabal su culpa y falta de visión educativa.

Pero mientras uno agrede y paraliza la ciudad de manera impune e incivilizada, los otros pretenden hacer creer al ciudadano común y corriente, al ciudadano de a pie, que trabajan y que “hacen todo” lo “humanamente posible” por lograr acuerdos y resolver la crisis que estamos viviendo:“por el bien de nuestra educación”. A pesar de que ante la vista de todos se den de manera vergonzosa ante actitudes de presión intimidatorias y retrogradas.

Los señores legisladores nos tienen muy acostumbrados con su retórica y su falso discurso que reza: “Todo por el bien de la nación”.

¿Usted les cree amigo lector? Yo tampoco.

La realidad es que ninguna de las dos partes está dispuesta a ceder, y lograr que nuestro país cuente con una educación de ca-lidad. Que tengamos profesores realmente comprometidos con su magisterio, con el de la enseñanza. Con una reforma que garantice el bien estar de nuestra educación. Que garantice que no se están formando en las aulas niños y jóvenes que el día de mañana serán analfabetos funcionales.

Niños y jóvenes que sí, “aprenderán” a leer y escribir, pero que serán incapaces de identificar por ejemplo, las 117 faltas ortográficas que aparecen en los libros de texto gratuitos. Que “estudiarán” en libros con inconsistencias e incoherencias pedagógicas, y que se pretende sean “corregidas” con un documento de siete hojas como “complemento de los libros”.

Cuando en enero de 1960 durante el régimen del entonces Presidente de la República, Adolfo López Mateos y como Secretario de Educación Pública el eminente Jaime Torres Bodet, se entregaron por vez primera en manos de los niños mexicanos en el poblado de El Saucito en el estado de San Luis Potosí, los primeros libros de texto gratuitos, nadie imagino nunca, y menos los creadores de los libros, que llegaría el tiempo en el que estos fueran formados con ineptitud, con desinterés, y sin amor a uno de los dones más nobles que representa un libro: el don del saber, el de aprender.

Aquellos libros que entregó hace 53 años Don Jaime a los cincuenta niños de la escuela Cuauhtémoc en El Saucito, fueron formados con amor y con verdadero compromiso pedagógico, literario y de enseñanza, por los más ilustres hombres de letras, por los más nobles maestros de ese tiempo; por los autores y pintores de mayor prestigio de nuestro país: Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, José Gorostiza, Agustín Yáñez, Gregorio López y Fuentes, Arturo Arnaiz y Freg, por el propio Torres Bodet, etc.

Por los artistas Siqueiros, Roberto Montenegro, Alfredo Zalce, Raúl Anguiano, Jorge González Camarena, quien fue el autor de la portada que durante muchos años  llevaron los libros de texto gratuitos: La Patria.

De todos esos grandes hombres, que gracias a la visión, interés y compromiso educativo de Don Jaime Torres Bodet, buscaron infundir (entonces y para  el futuro) a nuestra niñez la idea del ser mexicano, que se comprometieron, que buscaron el afán libertador del pueblo a través de las letras, el mayor y el más eficientes de los beneficios que nos puede dar el libro, su legado ha sido traicionado por nuestras actuales autoridades educativas y por los miembros del magisterio.

Ahora al volver la vista atrás después de más de cincuenta años, nos damos cuenta que la tarea para la que fueron creados los libros de texto gratuitos y las leyes educativas, pretende ser echada a la basura por la ineptitud, la complacencia y el libertinaje de “docentes” y autoridades que en realidad, poco o nada les interesa dotar a nuestro país de una educación eficiente y de calidad, y que en el fondo lo único que los mueve es el interés político y retrogrado de los beneficios personales de unos cuantos.