Patricia Gutiérrez-Otero

El domingo 8 de septiembre no podía faltar el presuroso regreso de Rusia y la ágil entrada de Enrique Peña en la sala de la residencia oficial de los Pinos.
Ese día Barack Obama, el presidente demócrata de los Estados Unidos de América, tenía ya de su Congreso la aprobación para atacar a Siria. El Medio Oriente ha sido lugar de continuos ataques por parte de nuestro vecino y casi patrón —si lo seguimos dejando— a causa del oro negro del que quiere apropiarse allá y también aquí aunque por métodos distintos.
Ese día decenas de miles de maestros seguían acampando en la plaza central de la capital de la República Mexicana (porque aunque ustedes no lo crean, México sigue siendo una República, y con mayúscula) contra la imposición de la reforma educativa, y muchas otras decenas de miles de ciudadanos se arremolinaban en torno del hemiciclo a Juárez para manifestar de manera visible y ruidosa su inconformidad con la reforma energética que propuso la monstruosa alianza tripartidista que formó un pacto por México para realizar varias reformas, que se han hecho de manera vertical: la reforma de telecomunicaciones que a muchos dejó insatisfechos; la reforma laboral que dejó desamparados a los trabajadores mexicanos con su corte marcadamente neoliberal; la reforma educativa, tan necesaria, pero que no fue una reforma de fondo en un mundo en el que el tema de la educación está en grave crisis, pues se ha vuelto fabricación de piezas de cambio del sistema, y que tampoco incluyó una negociación con los diversos sectores involucrados; la reforma energética en la que se ha usado de manera contradictoria el nombre de Lázaro Cárdenas para pretender hacer lo contrario que hizo ese gran presidente en 1938 y, ahora sí, perder nuestra autonomía ante el tío Sam, sin mencionar las peligrosas maneras de explotación que son el fracking y la explotación en aguas profundas; la reforma hacendaria y fiscal, tan temida por los mexicanos, sobre la que volaban tantos fantasmas… y que ahora muchos sienten como una brisa ligera y llena de encanto.
Ese día los diarios en Internet subrayaron que, oh dicha, no habrá IVA en alimentos y medicinas, lo que vale que soportemos que los chicles y los alimentos para mascotas sí lo paguen; ¡se eliminará el IETU!, ya se nos olvidó por qué lo inventaron; gravará las ganancias en la Bolsa; ¡dará seguro de desempleo a los que tengan un empleo formal!, y bien de bienes: ¡los adultos mayores gozarán de una pensión!
Ese 8 de septiembre, ¡qué momento tan oportuno para endulzarnos el día, la semana, quizás el mes! Lo que no recalcaron los diarios es que es sólo una propuesta que no quedará así después de pasar por las cámaras y por la confrontación con la iniciativa privada que no se quedará pasiva pues varias cláusulas la afectan; que sus impuestos verdes son arcaicos y limitadísimos; que no mencionó de dónde saldrá el dinero para los seguros de desempleo y las pensiones; que se aplicará el IVA a las colegiaturas de instituciones privadas; que la zona fronteriza ya no pagará el 11 por ciento preferencial; que la compra de mascotas pagará impuestos como artículos suntuarios; que no se dice si aumentará el IVA general ni a cuánto; que los espectáculos pagarán IVA, menos el circo y el teatro…
De bote pronto, el caramelo surte sus efectos, la gente siente alivio. Los maestros serán aún más culpabilizados por seguir con su plantón y los que se oponen a la reforma energética menos comprendidos. Pero, los que tengan los ojos abiertos y vayan viendo el devenir de esta reforma, leyendo los análisis de su contenido, y advirtiendo las consecuencias, advertirán que todo prepara al sangrado petrolero.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que se detengan las mineras a cielo abierto, que se echen atrás las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos en manos privadas.

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