Roger Ferbad
Inventó el verbo “Insomnear”. No padecía insomnio, lo ejercía para poblar su mente de recuerdos. Escribía con el fin de evitar que el olvido llenara de tinieblas su memoria. Con mano temblorosa y caligrafía irregular grababa en las páginas de un cuaderno sus evocaciones. Recordó la paulatina extinción del brillo en los ojos de su padre durante su agonía; fue una agonía serena, como debieran ser los últimos momentos de la existencia humana para irse de este mundo con dignidad, pensó. Luego, una dulce evocación le causó una sonrisa: el primer beso a Zaniah, la niña de la primaria en Damasco. Un beso a la sombra de una palmera en el jardín de la escuela. Frescura de la vida, pensó el viejo. Ahora se hallaba en el extremo opuesto, cuando el declive de las facultades merman la capacidad de los sentidos. ¿Cuántos años tendría, 95… 97…? Quizá ni él mismo lo sabía y nadie se lo comunicaba. Sus familiares habían muerto en la guerra, incluso su mujer y su hija.
Un amigo le aconsejó un exilio voluntario. Vete de Siria, le dijo, en América hay un país que te brindará hospitalidad, es México. Allí encontrarás muchos sirios y libaneses. El viejo Yazef vendió casa, muebles, joyas y voló a la nación mexicana. Se inscribió en una agencia de viajes que hacía excursiones a sitios arqueológicos y monumentos coloniales, conocería algo de historia mexicana. Durante un viaje a las pirámides de Teotihuacan el grupo turístico también visitó el ex convento de Acolman y Yazef pensó que el pueblo sería un lugar adecuado para residir, estaba harto de los hoteles. Adquirió un terreno en Acolman y construyó una casita, le quedaría dinero suficiente para una vejez tranquila en un pueblo místico, que tiene la ventaja de la cercanía con la Ciudad de México. Usted podrá ir al cine, al teatro y visitar museos, le sugirió un vecino. No, él ya no deseaba diversiones ni paseos culturales, se dedicaría a escribir sus memorias, necesitaba soledad para recordar.
Destellos de su pasado aparecían en su mente como fugaces escenas de películas; el viejo intentaba capturarlas con palabras, dibujos y símbolos extraños. Cuando los recuerdos tenían ilación, el viejo les daba una trayectoria narrativa con frases adecuadas, pero a veces solamente aparecían imágenes: un acantilado donde las olas chocaban contra las rocas y otras se acurrucaban en una pequeña bahía y retornaban al mar en una cadencia melancólica, como el adagio de Albinoni, pensó. Escuchó parte de esa música y apareció la figura de su hija cuando tenía catorce años, ambos gustaban de Albinoni; caminatas tempraneras en un parque de Damasco en compañía de su mujer y la niña; un pasaje de Las mil y una noches; un breve poema de Abul Kazim; tormenta en Uruk, cuando viajó a Irak; la sonrisa de Shahani (su mujer); un eclipse de Luna; la guerra… Las imágenes se sucedían vertiginosas, entonces utilizaba símbolos para expresar la fugacidad: flashes inconexos de hechos reales mezclados con alucinaciones. El esfuerzo por darle coherencia a las evocaciones era tan intenso que sufría dolores de cabeza, la cual golpeaba con ambos puños hasta derrumbarse en la inconsciencia. Siempre que volvía en sí, fatigado y triste, recordaba una frase de Ovidio: El tiempo debilita los recuerdos. Debilita todo, le gustaba agregar para sonreír un poco.
Una noche los recuerdos escaparon de su memoria, y las sombras poco a poco la invadieron. Sintió el paralizante frío de la ausencia de sí mismo; se preguntó quién soy y no obtuvo respuesta. Ningún vestigio de su historia, ninguna huella de identidad, ninguna señal de sus costumbres o manías. ¿Alguna credencial, pasaporte, documentos…? Tal vez los había extraviado o no sabía dónde estaban o simplemente ignoraba qué eran esas cosas. Miró su entorno y no pudo identificar los objetos, habían perdido su nombre. Inventó otros nombres para la cama, el sillón, el armario, la mesa, el pan… pero esa nomenclatura absurda no tardó en desaparecer de su mente y tuvo que inventar otros nombres… otros… otros… hasta que todo se volvió caótico e irreconocible, nada tenía significado. Solamente por instinto y porque la sed y el hambre abrasaban sus entrañas, bebía un poco de agua y comía alguna fruta. Así pasaba las noches, insomneando, tratando de recordar, de ser, como un espíritu que quisiera volver a la vida.
Un vecino llamó a la policía para denunciar el olor nauseabundo que salía de la casa contigua.
Lo hallaron tirado en el piso de su alcoba, encogido, sujetando las rodillas con sus manos, los ojos muy abiertos, como si en el último instante hubiese buscado desesperadamente algún recuerdo.
