POLÍTICA Y GOBIERNO
Mala hierba nunca muere
Apenas son suficientes mil años para formar un Estado;
pero puede bastar una hora para reducirlo a polvo.
Lord Byron
Jorge Carrillo Olea
Mala hierba nunca muere, y el franquismo y el pinochetismo —a pesar de los 75 y 40 años pasados— con el repudio general siguen manteniendo adeptos. A menudo sorprende a los extranjeros que visitan España o Chile descubrir que Francisco Franco y Augusto Pinochet tienen numerosos incondicionales. Fuera de España y Chile, son vilipendiados, recordados como criminales cuyos regímenes asesinaron a miles de opositores, torturaron a muchos más y forzaron el exilio de incontables más.
La semana pasada se cumplió el 40 aniversario del golpe militar que llevó al poder a Pinochet (11 septiembre 1973), y las opiniones y sentires hacia su régimen (1973-1990) son todavía sujetos de opiniones dispares, como son las del gobierno socialista de Salvador Allende, su primera víctima. “Las Fuerzas Armadas me salvaron de vivir bajo un régimen marxista. Pinochet salvó la vida de toda una generación”, ha declarado Iván Moreira, un diputado derechista.
Aunque la mayoría de los chilenos aborrecen los abusos contra los derechos humanos cometidos durante su gobierno, éste todavía tiene un ferviente grupo de seguidores de derecha que lo consideran como un héroe. Dicen que al sacar del poder a Allende el ejército impidió que Chile se deslizara hacia una guerra civil y salvó al país de convertirse en “otra Cuba”, un Estado comunista. Cuando Pinochet murió en 2006, alrededor de 60 mil personas acudieron a su velatorio.
En España no se guisó de otro modo. Franco está vivo, y lo peor, no en la nostalgia de ancianos, sino en la convicción y adhesión de jóvenes de 20 años. Ha poco tiempo por allá ha sonado, resonado el tema de sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos. Esa discusión tan vana, indigna de la inteligencia española, es muestra de la vitalidad del franquismo que reverdece las pasiones a las que los españoles son tan afectos.
En el funeral de Franco, todo Madrid se volcó a las calles. En muchos hogares se lamentó su muerte, pero en otros tantos lo único que se lamentó fue que hubiera tardado tantos años en desaparecer. En esos lamentos estuvo el doliente Pinochet.
La Iglesia católica, con el propio Vaticano a la cabeza, presente y actuante en todas las causas funestas es parte de esa memoria pro franquista y pro pinochetista. Con nada de recato ha sido una especie de difusora de lo rancio, de las causas más fétidas que tan bien cuadran con las aspiraciones de ciertos grupos de derecha, más ahora que las falaces ofertas franquistas y pinochetistas encuentran cierta lógica.
El 4 de mayo de 1938, durante la Guerra Civil española, el papa Pío XI reconoció a Franco como el gobernante legítimo de España. En 1987 el papa Juan Pablo II (el casi santo) visitó a Pinochet en el Palacio de la Moneda en 1987, eran días en que eran conocidas muertes, desapariciones y torturas. No cabe ninguna discusión.
En ambos casos las fuerzas impulsoras de la democracia de Estados Unidos operaron terriblemente en promoción de esas dictaduras. Las situaciones amenazantes según ese país fueron: la creada por el eje Mussolini-Hitler-Hirohito que indirectamente operó a favor de Franco, y la Brezhnev-Castro que justificó a Pinochet.
Los exilios español y chileno a México fueron muy distintos; el primero numerosísimo, quizá 30 mil entre 1937 y 1945 con una significativa masa intelectual y con una gran vocación de arraigo. El chileno fue corto en número, quizá 2 mil 500, formado por profesionistas en su mayoría y con gran ánimo de regresar a recobrar su patria. A ambos como al argentino, al uruguayo y a tantos más se les dio respeto, amistad y las oportunidades deseadas según sus propias aspiraciones.
En aquellos horrores sus sociedades supieron encontrar no sólo la enmienda sino la superación. Con gran dignidad, con gran talento y responsabilidad supieron hallar el nuevo camino.
Para la transición española y para la chilena, definitivas y completas, riquísimas en lo político y en lo social, mil aplausos aunque nos apreciemos lastimados por la comparación con nuestras mil frustraciones. En México es una tristeza observar la autocomplacencia de ciertos políticos, felices por todo lo que les beneficia. La eterna sonrisa de los dirigentes de PRI es patética. Irradia cinismo o estupidez. Ignoran lo que es el río de la conciencia, la coacción del mundo real hacia el humano.
hienca@prodigy.net.mx
