HORIZONTE POLÍTICO

En la geopolítica occidental, nada es lo que parece

Alonso Ruiz Belmont

La atroz guerra civil que estalló en Siria hace dos años pareció dar un vuelco el 21 de agosto pasado. Un ataque con armas químicas en un barrio de Damasco mató a un número indeterminado de civiles y rebeldes opositores a la dictadura de Bashar al-Assad (Washington habló de mil 400 víctimas, testigos presenciales contabilizaron unas 322). De inmediato, Barack Obama culpó al presidente sirio de la masacre y ordenó la preparación de una acción militar limitada, para impedir que al-Assad usara nuevamente su arsenal químico. Vladimir Putin rechazó con dureza el unilateralismo norteamericano e Irán amenazó con una respuesta armada si el ataque era llevado a cabo. Al momento de escribir estas líneas, la diplomacia había entrado en acción y parecía estar surtiendo efecto. El sábado 14 de septiembre, el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, y su homólogo ruso, Sergei Lavrov, acordaron en Ginebra un plan conjunto (aceptado por el presidente sirio) para cancelar la opción armada. En los siguientes meses, un grupo de inspectores internacionales verificarán el número de armas químicas en poder de al-Assad; éstas serán entregadas y destruidas fuera de Siria. Sin embargo, el pacto es frágil y Obama no descarta la vía militar si el acuerdo fracasa. ¿Cuál es el verdadero trasfondo político del conflicto sirio?

Un elemento central es el odio que por más de un milenio ha enfrentado dentro del Islam a chiíes y suníes. Por otra parte, los gobiernos árabes sunitas de Turquía, Arabia Saudita y Qatar comparten intereses con Estados Unidos, el Reino Unido, Francia e Israel. Al-Assad (chiita alauí que gobierna un país con mayoría sunita) es un aliado político incondicional de Rusia e Irán (una nación con mayoría chií). El derrocamiento del presidente sirio limitaría seriamente la influencia política de Irán y Rusia en la región. Ello significaría una victoria estratégica para la hegemonía de las potencias occidentales e Israel. También sería benéfico para los intereses geopolíticos de Turquía, así como para las monarquías wahabíes (suníes ultraconservadores) de Arabia Saudita y Qatar, que han financiado, entrenado e infiltrado grupos yihadistas sunitas vinculados a Al Qaeda entre las filas de la resistencia armada siria (con el aval secreto de la Casa Blanca, la CIA y el Pentágono). Este trabajo sucio es encabezado por el príncipe Bandar bin Sultán, jefe de la inteligencia saudí. Reportes de las periodistas Dale Gavlak y Yahya Ababneh, así como testimonios de varios milicianos involucrados, sugieren que el incidente del 21 de agosto fue perpetrado por órdenes de bin Sultan a fin de facilitar la intervención militar de occidente. Rusia teme que la caída del presidente al-Assad fortalezca la influencia de las milicias yihadistas en el Cáucaso. Ello también desataría una violencia genocida en Siria, que llevaría al exterminio de la minoría chiita así como de comunidades cristianas, turcomanas y kurdas. Pero eso no le quita el sueño a Obama. En la geopolítica occidental, nada es lo que parece.