En torno al libro de Armando Bartra

Politizar el carnaval y carnavalizar la política

Magdalena Galindo

 

Hambre Carnaval: Dos miradas a la crisis de la modernidad de Armando Bartra es un libro anómalo. En primer lugar, porque no está dividido en dos partes, sino que se trata de dos libros, uno titulado Hambre y otro Carnaval, publicados en un solo volumen, cada uno con su propia portada cuyas páginas están contrapuestas, es decir cuando uno lee el titulado Carnaval, la parte de Hambre está de cabeza y viceversa. Además, porque es un libro-objeto, calidad que no es rara en un libro de poesía o en uno de artes visuales, pero que es poco frecuente o diría que excepcional, cuando se abordan temas de filosofía o de ciencias sociales. De acuerdo con esta vocación de libro-objeto, el diseñador, Miguel Ángel Leyva Romero, con ojo de artista, no sólo llenó las páginas de ilustraciones en las que se incluyen desde reproducciones de obras de artistas consagrados, hasta fotografías y caricaturas, cuya nota dominante es lo grotesco en la parte de Carnaval y lo dramático en la parte de Hambre, sino que hay un juego permanente con la tipografía, el tamaño de las fuentes y los fondos de las páginas.

Como decía, se trata de dos libros en uno. Hambre se dedica a la crisis alimentaria y Carnaval a la protesta social, o mejor dicho a las reflexiones sobre la protesta social. Aunque se trata de dos temáticas diferentes, la unión entre ellas está expresada en el subtítulo que aparece en ambas: Dos miradas a la crisis de la modernidad, porque, en efecto, la idea de la que parten los dos textos es la afirmación de que lo que enfrentamos hoy es una crisis de la modernidad: “El inesperado fin de los tiempos –de nuestros tiempos que nos vendieron como eternos- dramatiza lo efímero de la modernidad”, dice Bartra en la primera página de Carnaval.

En éste, como en los otros ensayos de Bartra, se despliegan sus cualidades de excelente investigador que dispone de un profundo conocimiento de los temas que aborda, que abarca desde los datos al día, hasta la historia de su objeto de estudio y las causas que vislumbra del fenómeno social. Hace uso de una amplia cultura y su diapasón de interés abarca desde lo que Marcuse llamaba la alta cultura, hasta las expresiones de la cultura popular. Así sus textos se ocupan lo mismo del campo y en especial de los campesinos, que de la fotografía, el cine, los comics o de Sor Juana, Fray Servando o Walter Benjamin.

Si las temáticas en Hambre-Carnaval son distintas, el estilo permanece. Bartra gusta de escribir desparpajadamente y de mezclar términos cultos, propios de la filosofía y las ciencias sociales, con palabras de todos los días y aun populacheras. Un ejemplo, entre los muchos que podría elegir: lo mismo propone llamar la gran crisis a ésta de la modernidad que nos aqueja, que líneas abajo le llama “el atorón de estos años”.

En cuanto al contenido, rico en planteamientos y sin duda provocador de la polémica, me parece destacable, en la parte titulada Hambre, la tesis que sostiene que la crisis alimentaria no tiene su causa principal en la acción de los especuladores -que buscan obtener ganancias extraordinarias con el alza en el precio de los alimentos-, sino que, sin restar importancia a este hecho, calando más en el fondo, hay que reconocer que también existe un problema de escasez, vinculada con el cambio climático y con el ahogo, perpetrado en las últimas décadas, de la economía campesina. Se distingue así de otros investigadores de buena fe, cuyo interés por la denuncia los lleva a sobredimensionar los efectos de la especulación sobre los precios, lo que permite la conclusión de que el problema se resolvería si se encontraran los mecanismos para disciplinar a esos avariciosos comerciantes. La crítica es más filosa, cuando se explica la manipulación de los precios por la sed de ganancia de los especuladores, pero también se señala que esa acción es posible porque existe una escasez objetiva, causada a su vez por la voluntad de exterminio de la economía campesina y por la industrialización salvaje que ha ocasionado fenómenos de tan largo alcance como el cambio climático.

En la parte titulada Carnaval no puedo dejar de mencionar el delicioso ensayo dedicado a Sor Juana, en el que se centra en los juegos y divertimentos de la poetisa. Sin embargo, no es ésta la temática principal, pues el eje de esta sección, parte de los planteamientos de Mijail Bajtin en el estudio titulado La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, en el que, teniendo como modelo a Rabelais, el ruso identifica al carnaval como la expresión más nítida de la cultura popular y muestra cómo sus referencias escatológicas y sexuales, su centrarse en el bajo vientre, constituyen una forma de desafiar –y también minar- las jerarquías y el orden establecido. El carnaval, pues, aparece como la expresión quintaesenciada, en que las clases populares, en el terreno de la cultura hacen estallar el viejo orden y dan paso, diríamos nosotros, a la modernidad. Bartra, entonces, parte de esta concepción bajtiniana, para mostrar que las insurrecciones recientes, de los altermundistas, los indignados de España, los ocupas de Wall Street, no dejan de tener un ingrediente carnavalesco, y que ahora, también, el carnaval tiene un poder subversivo contra el mundo jerarquizado.

Como la idea central del libro de Bartra es plantear que estamos  viviendo una crisis histórica que es la gran crisis de la modernidad, el texto se ubica en el debate, fundamentalmente filosófico, sobre la caracterización de la modernidad y aquí, en vez del ethos barroco propuesto por Bolívar Echeverría, Bartra propone el término, más agresivo y contundente, de  grotesco para describir tanto a la modernidad como a las luchas populares que atentan contra ella, para concluir con una especie de consigna optimista: politizar el carnaval y carnavalizar la política.