El Colegio de México y el 68

Amor y conocimiento

Margarita Peña

Viví en El Colegio de México entre los años de 1966 y 1968. Suena excesivo, atrevido este “viví”, y no “estudié”. Sí, estudié, cursé el Doctorado en Lingüística y Literatura durante esos años en Guanajuato 125 y allí viví. Cuando somos estudiantes dejamos de habitar con la familia, en el hogar. Nos desplazamos, atravesando el Rubicón de las grandes decisiones, al próximo “hábitat”: la Universidad. La Facultad de Derecho, Ciencias, Arquitectura o Filosofía y Letras. A nuestra nueva casa, que puede serlo cuatro, ocho, diez años, o toda la vida (entiéndase: ya como “estudiosos”). Sin darnos cuenta, nos emancipamos. En El Colegio a los estudiantes del doctorado se nos daba posada por dos años y algo más. Con otros, formé parte de la promoción que se inició en el 66 y culminó a fines del 68. Sí, poco después del 2 de octubre. Nos tocó el despertar violento, la ira, la protesta, los tiros, los balazos en la fachada del Colmex. Bendito domicilio que nos resguardó de la arbitrariedad y la injusticia después de habernos dado tanto, regalado tanto. Me refiero a conocimientos. Y disciplina, lecturas, cercanía de mentores (o maestros) al estilo de don Francisco Rico, versado en edición de textos antiguos, y amigo de eruditos como los Lida, Raymundo y María Rosa, que fueran tema de la conferencia que impartió hace poco en el mismo Colegio.

El Colegio en la calle de Guanajuato en los años 66-68. Una biblioteca generosa, acogedora, un ambiente de elitismo intelectual y una conciencia del momento histórico  que nos resguardaría de la tentación de la torre de marfil. Justamente, la conciencia emanaba del conocimiento, de todo lo que leíamos, absorbido día a día a lo largo de esos casi tres años. De lo que era noble y bello. Lo antiguo y lo moderno en literatura en lengua española, a través de la guía certera de los profesores. En el recuento del pasado estos se vuelven iconos.  James Irby, de Princeton, y el “boom” latinoamericano: Vargas Llosa, la ciudad y sus perros; García Márquez (me veo abriendo la primera edición de Cien años de soledad en la quietud de la biblioteca del Colmex); Onetti y sus criaturas, existencialistas al modo uruguayo con relente sartriano. Y también Eric Auerbach y su Mimesis (¿cómo olvidar a Fritz Schalk, mi maestro alemán que nos llevó a internarnos en los vericuetos de la exégesis?) Entendí mejor a Cervantes y su “Dulcinea encantada”. No se diga (un “no se diga” de rigor en todo recuento o enumeración) Harri Meier, quien, junto con el joven  lingüista Raúl Ávila, nos llevaba a saborear las maravillas de la dialectología a lo largo de excursiones por pueblos y bosques, por San Miguel Regla y su entornos porfirianos. ¿Qué decir de las documentadas disertaciones de Maxime Chevalier sobre Aldo Manucio y los humanistas del Renacimiento? ¿Y de la sapiencia de Manuel Alvar, que un día sería  presidente de la Real Academia de la Lengua Española y nos enseñó a caminar por los senderos dialectales cual si fueran amenos prados?  Que no abismales simas, como eran para mí las disertaciones lingüísticas  del gran Eugenio Coseriu, debo confesarlo. Fue también maestro de excelencia don Rafael Lapesa. Y no puedo pasar por alto a Antonio Quilis, dialectólogo prominente y más tarde anfitrión gentilísimo en Madrid.

En el centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, Antonio Alatorre y Margit Frenk llevaban la batuta.. El sabio Antonio: don Luis de Góngora y Argote, todo el Siglo de Oro y mucho más. La crítica de nuestros textos, reparos, advertencias, pautas a seguir; los sonetos de Hero y Leandro; autoridad suficiente. ”Cómo, ¿no vas a aceptar la beca? Me decepcionas…” La acepté, por supuesto. “Esto suena a redacción periodística…”. Lo corregí, claro. Muchos años después: “Me gustó tu cuento, lo llevas a sus últimas consecuencias”. Me hizo feliz. Una noche, en Brown University, cuando el congreso de literatura latinoamericana, tras la cena en casa de José Amor y Vázquez: “Sobre Juan Ruiz de Alarcón ya no se puede decir nada. Todo lo dijo W.F. King”. No hice caso: el nombre de Antonio Alatorre abre la Bibliografía alarconiana con la referencia obligada  a su ejemplar ensayo ”Para la historia de un problema: la mexicanidad de Ruiz de Alarcón”. Mucho que aprender de Antonio Alatorre, erudito y profesor como pocos.  De Margit Frenk, el cuidado en la anotación textual, el rigor en la edición crítica, el conocimiento de la lírica cancioneril.

II

Benditos años. Estudiábamos latín con Jean Rose; alemán con Dieter Koniecki …y vivíamos. Las excursiones de fin de semana con nuestros dilectos profesores –Fritz Schalk, Harri Meier- terminaban con un sandwich en el Pam-Pam del Hotel del Prado, destruido en el temblor del 85. Inmersos en nuestro mundo, en el momento: la guerra de Vietnam, ”peace and love”, las modas, las canciones. Éramos jóvenes, únicos. Todos: Elizabeth, Carmen Delia, Ana Berta, Heidi, Flora, Luis Fernando, Giorgio, Juan José, Jorge. Los compañeros Vilanova y Adelis León, llegados de Argentina y Venezuela, diferentes, discretos. Roberto, de San José California, con su español trabado, dificultoso y su solidaridad. Preparábamos las tareas de alemán en la Zona Rosa, el Konditori o el Café Viena. Todos, más o menos adictos a la entrañable Zona Rosa, al Tirol, al Perro Andaluz. Se fraguaban allí fiestas portentosas, verdaderas invasiones de domicilios particulares habilitados como discotecas. Se nos unían las huestes de la Facultad de Filosofía y Letras y del Centro Universitario de Teatro que dirigía Héctor Azar. Los viernes por la noche, de rigor, a bailar a la cabaña de Contreras. Años jóvenes, música gloriosa: Beatles, Doors, las Supremas, Rolling Stones: “Light my Fire”, “Stop in the name of love…”, “Penny Lane”, “Sargent Pepper”, “Strawberry field for ever”. Paz y amor. Los lunes volvíamos al redil, al Colegio.

El Colegio de México entre 1966 y 1968. Cuántos libros, aprendizaje, cuántos conocimientos. Leer, estudiar, escribir, aprender. Las publicaciones especializadas, los autores. La Nueva revista de filología hispánica y una tradición filológica que no se agota, que pervive. La corriente del hispanismo francés, Revue Hispanique, Raymond Foulché-Delbosc, Alfred Morel Fatio. Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes. Reyes en París, carteándose con Henríquez Ureña (correspondencia que publicaría más tarde el Fondo de Cultura Económica); Reyes, luego, en Brasil. En El Colegio de México, junto a Daniel Cosío Villegas. Los nombres se vuelven familiares. En 1968, en el Colmex, el hispanismo alemán. Hans Flasche,  estudioso de los autos sacramentales de Calderón y especie de autor-teólogo, en el coctel de clausura del Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas celebrado en la biblioteca de El Colegio, septiembre del 68. También Juan M. Lope Blanch y Paciencia Ontañón. Guanajuato 125, despedida de los congresistas a puerta cerrada, se escucha cerca el ulular de las sirenas, en la calle de Orizaba, en la glorieta cercana. Culmina la fiesta mexicana del hispanismo.

Días después, el tiroteo de la fachada del Colmex. Por esos días también, en pleno, en el Auditorio del Colegio, la protesta, los estudiantes-líderes. Julio Boltvitnik, Ricardo Valero, Roberto Gallaga, y todos nosotros. Víctor Urquidi trata inútilmente, de tomar el micrófono, de que lo escuchen. No lo consigue. Autoridad desplazada, la palabra es de los jóvenes. En la toma de Ciudad Universitaria los uniformados se llevan a Boltvitnik (también se llevaron a la directora de la Facultad de Economia, Ifigenia Martínez, que presidía un examen profesional.. ¿Quién? ¿La policía? ¿El ejército? Desde mi casa, contigua a Ciudad Universitaria, se escuchan los altoparlantes en el interior de la Universidad tomada. Órdenes y consignas. Mi hermana bióloga y yo acudimos a la entrada de CU, en Copilco Estupefacción, pasmo y rabia. La Universidad es un cuartel. Afuera, la gente se apretuja, se hace cruces, no entiende ¿Cómo que tomaron CU? ¿Y por qué…?  Sabremos luego que Alcira Sous Scaffo quedó atrapada en un cubículo de la Torre I de Humanidades. A Víctor Villela, poeta, una bala le atravesó la pierna.

El 2 de octubre de 1968 por la mañana los “colegianos” estamos reunidos en la casa de una compañera. Se planea la asistencia a la Plaza de Tres Culturas. La estrategia. En dónde se encontrarán, cómo se comunicarán, quién hablará en el mitin; quién hará de contacto, desde su casa, recibiendo llamadas. Luego, cada uno se va por su lado. En la tarde, la expectación. Se va llenando la Plaza, los discursos, las arengas, la señal luminosa, las balas, el Batallón Olimpia y  lo que ya sabemos… Recibo en mi casa llamadas de los amigos aterrados, escondidos. “Si habla Fulano , dile que logré salir, estoy bien… no te puedo decir donde”,  “Fue horrible… las balas silbaban,,,” Después, ya en persona: “Tirados en el suelo veíamos correr los arroyitos de sangre.”; “Nos subieron al camión , a Jorge, a Elizabeth y a mi”. La Universidad, El Colegio de México, la Iberoamericana, el Politécnico unidos en un mismo clamor. El elitismo había  cedido su lugar al reclamo abierto por la justicia. El quehacer intelectual se cambió en protesta por la libertad atropellada.

En el Colegio se organizan grupos para hacer encuestas entre la población. ¿Qué piensan, qué saben del movimiento los habitantes de la ciudad de México? Me tocan las zonas de Anzures, ahí por Melchor Ocampo, y Santa Cruz Meyehualco. En Anzures, indiferencia: “La señora no está…”. Y la puerta se cierra cautamente. En Santa Cruz: “ví los zapatos de los muchachos muertos, allí, en la Delegación Coyoacán…, sí, los vi”.

El silencio, que no la calma, se instala poco a poco. Había concluido una época. Fuimos retornando al resguardo de los  libros, las fichas bibliográficas y la academia. Pero no a la sumisión ni al olvido. Al estudio, la investigación pero no a la aceptación, el conformismo. Definitivamente, éramos una generación marcada.

Vuelvo a lo dicho. Entre 1966 y 1968, para nosotros, los jóvenes, cuántos autores, novelas, poesía, teatro, lo antiguo y lo moderno. Calderón de la Barca, los autos sacramentales, el Renacimiento y sus exégetas, el “boom” latinoamericano.  Un intenso aprendizaje. Cuántas bibliografías consultadas. Los géneros, las teorías. Páginas, letras, puntos y comas. Para nosotros, para todos, cuánto amor (enseñar, aprender son formas de amar) y conocimiento.