A contracorriente
Ante los desastres naturales
René Avilés Fabila
Como en el terremoto de 1985, ahora con estas tremendas inundaciones, no debemos fijarnos tanto en la naturaleza sino en la corrupción y las malas administraciones públicas. Siempre que nos ocurre una tragedia propiciada por un poderoso temblor o lluvias torrenciales, un huracán o las bocanadas de un volcán, hay muertos, heridos y damnificados, pero en todos los casos se descubre que atrás de las tragedias está la inaudita y eterna corrupción. Construcciones de pésima calidad, que no se ciñen a lo estipulado por las leyes, permisos tanto en las ciudades como en las pequeñas poblaciones para que las personas se asienten en lechos de ríos, laderas, zonas de minas, en fin, en terrenos altamente vulnerables a los grandes cambios naturales. Los tres niveles de gobierno —municipal, federal y estatal— permiten por omisión o corrupción la invasión de terrenos frágiles o riesgosos. Estamos siempre ante negocios que los funcionarios llevan a cabo para enriquecerse.
Eso es típico en México y por eso hemos logrado asegurar un alto sitial en la corrupción. Casos tenemos muchos, en el DF, por ejemplo, está la construcción de casas en el Ajusco, en las Barrancas de Magdalena Contreras, la invasión de terrenos en zonas de conservación ecológica que son los que le dan viabilidad a toda la gran urbe.
Es ya una rutina permitir que grandes masas de pobres se instalen por la fuerza en una zona, construyan aceleradamente, sin análisis de ningún tipo y enseguida exijan servicios, los que inalterablemente llegan por los siniestros intermediarios que suelen ser los partidos políticos, principalmente el PRI y el PRD, quienes buscan siempre el voto de los más desamparados. Luego —como ahora estamos presenciándolo—, vienen los graves resultados. Las víctimas no lo son tanto de la naturaleza sino de la corrupción sin freno ni límite de pésimas autoridades. Para fraccionar terrenos, construir a gran escala o simplemente para albergar a unos cuantos en las laderas de un río o en los socavones de antiguas minas de arena, hay diversos intermediarios que llamamos coyotes que saben qué botones se deben apretar para que los permisos surjan. No está mal, con un poco de suerte, en esas zonas puede no haber un desastre. Pero cuando llega, los muertos y desamparados son muchos y nadie es responsable sino el huracán, las lluvias, el terremoto, y nunca la corrupción.
Por eso cada vez que padecemos un grave problema natural y hacemos recuentos de fallecidos, heridos o simplemente familias que quedan sin propiedades, la culpa es de la naturaleza, cuando todo eso pudo evitarse respetando leyes y reglamentos. Pero esto es un asunto complejo en un país cuya identidad parece íntimamente vinculada a la corrupción. Es corrupto el Estado, los empresarios lo son igualmente, los partidos viven de eso justamente, de la podredumbre política y económica y también la población porque acepta jugar con los lineamientos impuestos por los negocios sucios y siempre hechos al amparo del poder.
Vivimos un eterno juego perverso llamado corrupción al que la naturaleza suele descubrir, pero que al fin de cuentas pagamos todos los mexicanos con nuestros impuestos que pudieran ser destinados a otros fines.
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