Juan Antonio Rosado

Desde el punto de vista lingüístico, como han afirmado los especialistas (por ejemplo, Humberto López Morales) no es lo mismo castellano que español. El único término válido para nuestra lengua es español, así como ahora lo es italiano y no toscano para Italia. En realidad, el término “español”, independientemente de la situación geográfica, ya se había propuesto desde la época de Alfonso X el Sabio, cuando se hablaba de un idioma castellano (o de Castilla), pero también se llegó a escribir expresiones como “lenguaje de España”, “lengua de España” y “español”, a pesar de que en aquella época (mediados del siglo XIII) faltaba mucho tiempo para la expansión de esta lengua. El posterior contacto del castellano con otros idiomas y visiones del mundo alterará muchas de sus formas, de modo que el término “castellano” debería quedar relegado definitivamente sólo a quienes hablan el español de Castilla y no a los demás pueblos. Es preferible una designación internacional porque ésta abarca todas las variantes (regionales y externas). Lo mismo ocurrió en Francia, donde se ha preferido el término “francés” para una lengua local que originalmente era el franciano y que luego se expandió. Lo mismo ocurrió con el alemán y el inglés. Probablemente, así lo entendió Sebastián de Cobarruvias, quien en 1611 publicó el primer gran diccionario de nuestra lengua y lo tituló Tesoro de la lengua castellana o española. El castellano es hoy (y lo es desde hace mucho) un mero dialecto del español, como lo es el asturiano o el andaluz, e incluso podría hablarse del mexicano (con todas sus variantes locales), del argentino, etcétera, pero éstos no serían sino dialectos, variantes nacionales de una lengua común: el español.
Sin embargo, los argumentos de mayor calidad y peso no provienen de los lingüistas, sino de algunos de los grandes escritores. El 7 de septiembre de 1921, el gallego Ramón del Valle-Inclán visitó México por segunda vez. El día 22 de ese mes, hubo en Xochimilco una fiesta floral que rememoraba a la diosa Xochiquetzal. Uno de los oradores fue precisamente Valle-Inclán, quien afirmó: “No soy español, sino ciudadano del habla española, la que he procurado difundir intensamente y esculpir en ella como si fuera una plancha de mármol la belleza que he vivido y que he sentido”. Algunos críticos, desconociendo quizás estas palabras de Valle-Inclán, han atribuido la idea a Octavio Paz, quien cincuenta y nueve años después, en 1980, declaró algo muy semejante: “Yo me siento ciudadano de la lengua española y no ciudadano mexicano”. Pero Paz agrega un sentimiento que me parece fundamental: “Por eso me molesta mucho que se hable de la lengua castellana, porque el castellano es de los castellanos y yo no lo soy; yo soy mexicano y, como mexicano, hablo español y no castellano”. La misma molestia expresará Julio Cortázar a un periodista: “Si le parece, vamos a decir la lengua española, que es como yo prefiero llamarla”.