RETRATO HABLADO
Leonor Arfuch
Roberto García Bonilla
En las literaturas del yo, historia, testimonio y memoria individual se encuentran, así como identidad social e individual. El vitalización del pasado en el presente se asienta en la memoria, ésta a su vez, articula —desde las imágenes hasta los discursos historiográficos, en la reconstrucción de la memoria— elementos de invención. Acaso el ejemplo más común es la evocación de los sueños.
En el caso de la autobiografía son distintos los motivos que llevan al escribiente a expresarse. Aun en los textos intimistas con la pretensión de consumo masivo, se articulan, de manera coyuntural, modos testimoniales que el paso del tiempo determinará la significación de su legado que de cualquier modo se insertará en la recuperación de hilos en el tejido de imaginario de colectividades y sociedades. En las definiciones esquemáticas siempre se apela a las literaturas del Yo como “relatos imparciales y objetivos del autor”. Lo cierto es que en las escrituras del yo la neutralidad es imposible. Porque hay distintos tipos expresiones del yo; el real, el histórico, el ficticio —en el caso de las autobiografías ficcionales en las cuales la invención se mezcla con los hechos verídicos.
La revelación del yo en la escritura está mediada por muchos factores. Y la primera persona que habla de sí misma está dibujando un autorretrato en el cual, además de los secretos descubiertos, hay omisiones, no necesariamente por la intención de dejar una imagen límpida, sino porque siempre hay una priorización de sucesos; es decir hay una valoración en el orden que articula una historia personal. No olvidar, al respecto, que el teórico belga Paul de Man en su clásico texto La autobiografía como des-figuración observa la imposibilidad de distinguir entre la autobiografía y la ficción.
La discusión sobre las problemáticas de la autorrepresentación es intensa entre los teóricos y se dilata en el entrecruzamiento interdisciplinario que se establece: historia, arte, antropología, sociología, psicología, teoría literaria se comparten y, también, se escinden al dar cuenta de este género cuya teorización enriquece día a día los debates contemporáneos sobre la primera persona representada en una diversidad de caminos.
Ya la designación de género significa una función estética e histórica; entonces, además del deslinde y veracidad entre experiencia y escritura, la autobiografía también alimenta la discusión sobre su estatus estético e histórico; por ende, se cuestiona su legitimidad genérica. El propio Man, en el texto mencionado antes, propone a la autobiografía como un modo de lectura y no como un género discursivo.
Y es en el espacio discursivo en que Leonor Arfuch ha orientado sus investigaciones y reflexiones, primero en El espacio biográfico. Dilema de la subjetividad contemporánea (2002) y ahora en Memoria y autobiografía. Exploración de los límites (2013) que es una exploración sobre vetas que se incrustan sobre las narrativas del pasado inmediato que inciden en el testimonio, la memoria, la biografía, la autobiografía, la entrevista, los relatos e historias de vida que abarcan formas híbridas no circunscritas a delimitaciones genéricas y nichos de la intimidad: autoficciones, cuadernos de notas, diarios de cárcel, cartas personales, agendas, obituarios, fotografías, recuerdos. Y no deja fuera, en la realidad latinoamericana, voces de víctimas de una dictadura, de hijos de desaparecidos, de exmilitantes, de exiliados, de testigos, de autores que se preguntan sobre sus antepasados; así como intelectuales que llevan al papel sus recuerdos.
Estamos, si fuera necesario aclararlo, en un terreno en el que prevalece la subjetividad, incluso si ésta se asienta en los cimientos de la ética en los que la (auto) representación está en juego y la fuente de los saberes está en espacio que es como un océano con espacios insondables, siempre por descubrir con riesgos del extravío: la memoria que permite descubrir en cada relato “una diferencia en el devenir del mundo”. Arfuch indaga las expectativas asibles en los territorios autobiográficos y ejemplifica los cruces de tiempo-espacio; de realidad-ficción; evocación-historia; primera y tercera personas que funden lo individual, gremial y —sin adjetivos— la marcha de la sociedades. Ejemplifica con W[infred] G[eorge] Sebald (1944-2001) y Christian Boltanski (1944). El primero es un escritor de culto en cuya obra la memoria histórica anónima se mezcla con la presencia de sus antepasados y conversan, asimismo con el pasado inmediato en la vida cotidiana y en la infausta sombra que dejó en su vida el nazismo para quien su padre trabajó como militar. Ese doble oprobio es uno de los motivos conductores de su obra. El segundo —fotógrafo, escultor y cineasta francés— donó al Museo de Arte Modero de París la instalación Reserva del Museo de los niños que junto a Austerlitz, del escritor de Wertach, son búsquedas hacia el pasado (la Shoah) pero sobre todo por explicarlo desde la creación.
Arfuch nos deja una interpretación de los enfoques e ilación de ciertas narrativas en el caso de relatos de mujeres, quienes plasman la experiencia traumática que fue la dictadura en Argentina (1976-1983), analiza los pliegues y despliegues de la narración, lo biográfico y la memoria, naturalmente en situaciones límite. Concluye que “si lo biográfico, lo privado y lo íntimo constituyen umbrales hipotéticos hacia la profundidad del yo, una gradación donde lo biográfico puede ser público si marca de privacidad y lo privado puede hacerse público sin marca de intimidad, lo íntimo también puede prescindir, en ocasiones, de los pasos atemperados de esa gradación, irrumpir en lo público con una violencia de palabra que supera quizá la de la imagen —aunque en verdad la palabra también es imagen.”
La geografía política es una frontera de los lindes propios en la autobiografía y las fronteras territoriales son (pre)textos, casi siempre desproporcionados, que anuncian la tensión y la erosión identitaria; en El umbral, la frontera, Arfuch se extiende más allá de los límites de una de las fronteras políticas más efervescentes del planeta. En los lindes de Tijuana y San Diego (California) —la frontera San Ysidro-Tijuana es la más transitada del mundo—. No situamos en la lucha sin fin entre violencia e inequidad: “Hay aquí un planteo sobre la territorialidad, sobre la dificultad del reconocimiento, sobre otras memorias de pasados recientes, con sus víctimas y desapariciones, y una valoración de la apuesta ética del arte”.
En Memoria y autobiografía converge la historia individual, se abre a colectividades que a su vez se disgregan en recuerdos asibles; en su permanente reconstrucción, lo público y lo privado, con mucha frecuencia, sólo se apartan por las miradas y los modos de narración del pasado inmediato que descubren que las heridas, hacia atrás, nunca se han cerrado y que la indagación del sujeto autobiográfico permite, eso sí, dejar huellas nítidas de la historia del dolor de la humanidad.
Leonor Arfuch, Memoria y autobiografía. Exploración de los límites, Fondo de Cultura Económica (Sociología), 2013.
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