Juan Antonio Rosado

¿Qué ha nutrido las vorágines de la llamada “vida moderna”? Y más allá de esta pregunta, ¿es verdad que la modernidad ha sido superada, o simplemente se ha acentuado hasta niveles insospechados? Uno de los más importantes ensayistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, Marshall Berman, muerto recientemente (el pasado 11 de septiembre) reflexionó en torno a estos problemas, particularmente en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire, que —al igual que el resto de la obra de este pensador— le debe mucho a Karl Marx, quien, al referirse a la sociedad burguesa moderna, lanza una imagen climática que Berman analiza por su perspectiva cósmica y su grandeza visionaria. Hay, en efecto, una fuerza dramática en la frase de Marx “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Pero eso es justamente la dinámica moderna: la desaparición, la evanescencia, lo efímero cifrado en los conceptos de mayor éxito en nuestras sociedades: “cambio”, “transformación”, “nuevo”, “novedad”, “novedoso”, “moderno”… ¿Hemos superado de verdad estos mitos?
A través del análisis de la obra de Goethe (el Fausto), de Marx (concretamente, el Manifiesto), de Baudelaire (en particular, El spleen de Paris), de Dostoievsky (Memorias del subsuelo), así como de la vida moderna en las grandes ciudades, Berman se adentra en el enigma del cambio, de las constantes metaformosis de tanto sicológica como físicamente ha sufrido el mundo occidental. Es esa la experiencia de la modernidad y, a mi juicio, por más crítica que se haga desde una postura “posmoderna”, no hemos salido de allí. Al contrario, lo que —desde el punto de vista artístico— analiza como “posmoderno” una teórica como Linda Hutcheon, por ejemplo, no es sino la continuidad de un sentimiento ya arraigado en la modernidad e incluso desde antes, y que tal vez se haya manifestado en todas las épocas de crisis. No obstante, esto da pie a una reflexión de mayores dimensiones. El propósito de esta breve nota no es sino recordar a un ensayista de primera fila, para quien “Ser modernos es vivir una serie de paradojas y contradicciones. Es estar dominados por las inmensas organizaciones burocráticas que tienen el poder de controlar, y a menudo de destruir, las comunidades, los valores, las vidas, y sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de enfrentarnos a tales fuerzas, de luchar para cambiar su mundo y hacerlo nuestro”.