Eusebio Ruvalcaba
Es mi favorito de los conciertos de Rachmaninov. Aunque el segundo le sigue muy de cerca este tercero es todavía más intenso, más tempestuoso, más pasional. Y mejor construido.
Lo tengo interpretado por varios pianistas, y a veces, cuando recibo una visita inesperada, y sobre todo si viene armada de una botella de vino, pongo este concierto. Me gusta ver cómo la música va atrapando el alma de aquella persona, cómo su rostro se va transformando en un manantial de emociones.
Pero voy demasiado aprisa. Soy un hombre común y corriente, sin ninguna gracia, y me acontece lo que le acontece a cualquier hombre común y corriente, de esos que se enamoran de la muchacha buena de la película, o ya de perdida de la banda sonora, esto es, de la música de aquella película. Piensen en un hombre que entra sin compañía a algún cine (ése soy yo), en un misántropo que se mete a ver películas para distraerse un poco, o acaso para sumirse en la oscuridad y pasar inadvertido. Pues bien, este hombre, con unas palomitas en la mano derecha y un refresco en la izquierda —en el que ha vertido dos botellitas de muestra de tequila—, piensen en ese hombre muy quitado de la pena, rumiando su amargura, cuando de pronto irrumpe desde la pantalla el tercer concierto para piano de Rachmaninov. Este hombre nunca había escuchado este concierto. Ahí se conocen por primera vez. El concierto le extiende la mano al hombre y el hombre la toma. Sin pensarlo dos veces. Las consecuencias producidas por la belleza de este concierto son instantáneas. Incluso el argumento mismo de la película —Claroscuro, se llamaba— pasa a segundo término.
Pero aquí comprobé algo que quiero destacar: el efecto levantamuertos de la música. Yo entré uno al cine y salí otro. Aquella música inoculó mi espíritu de un vigoroso optimismo y entusiasmo a toda prueba. Ciertamente estaba yo devastado —por razones que nunca de los nuncas contaría en público, pero que conocen de sobra todos los hombres cuyo corazón ha sido engullido por una mujer sin piedad—, digo que si me evoco maldito una mañana fue aquella, y lo tengo tan claro precisamente por el efecto contrario. Entré maldito y salí bendito, con el corazón muy arriba. A veces no basta con que la música sea hermosa y extraordinaria, a veces hace falta que también propague miligramos de adrenalina, ardientes e inextinguibles en el corazón. No creo que ningún otro ser, como aquel tercer concierto para piano de Rachmaninov, hubiera podido lograr eso conmigo. Porque la música remolca el carro de la exaltación. Y esta música del ruso Rachmaninov es así: exige mucho porque da mucho. Este tercer concierto va dejando a su paso almas colmadas de vida, trágicas, que aman la vida hasta las últimas consecuencias, no pusilánimes —aquellas que se inclinan por la mediocridad. Y ahora me pregunto si Sergei Rachmaninov se imaginó alguna vez que su música produciría estos sacudimientos en los hombres. Tal vez sí. Él mismo era pianista de sus conciertos. Él mismo sentía ese río de lava irrigar su sistema nervioso, e ir de un extremo a otro de todo su ser. Y volcarlo en el público. Él mismo se percataría de los alcances de su música. Quizá por esa razón, porque tenía muy claro su lenguaje musical y la reverberación que provocaba en quien lo escuchara —un lenguaje poderoso, pero de una sencillez y claridad ejemplar—, no cedió un ápice a las exigencias de los ismos de moda en su tiempo. Para él nada de aquella música ininteligible. Para él la música vuelta pasión, como nos lo demuestra nota a nota su tercer concierto para piano. Que ahora mismo hay que escuchar.
Discografía. Hay muchas versiones de este concierto, pero no tantas como uno podría imaginarse. Quizás porque es uno de los conciertos más difíciles para el instrumento. Yo tengo tres, y no es presunción. La que más escucho —seguramente porque el disco lo tengo a la mano— es la de Horowitz con Fritz Reitner y la orquesta de la RCA Victor, y enseguida la de Ashkenazy con Bernard Haitnick y la Real Orquesta Concertgebouw; pero cómo dejar de lado la de Rafael Orozco con la Orquesta Filarmónica Real bajo la batuta de Edo de Waart.
