Patricia Gutiérrez-Otero

Alejandro Badillo nació en la Ciudad de México en 1977. Ha publicado los libros de cuentos Ella sigue dormida, Tolvaneras, Vidas volátiles y La herrumbre y las huellas. También es autor de la novela La mujer de los macacos. Es colaborador habitual de la revista Crítica de la BUAP. Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

—Este año, el Premio Nobel de Literatura fue otorgado a una cuentista, la narradora canadiense Alice Munro. ¿Te alegró que lo haya recibido alguien que cultiva este género literario?
—Me alegró que se haya premiado el cuento porque es un género que tiende a pasar desapercibido en el mercado editorial. Recompensar a una escritora de cuentos significa valorar la capacidad que tiene la narrativa breve de contarnos historias valiosas además de honrar a grandes practicantes del género como Borges y Cortázar, entre muchos otros, que no ganaron el Nobel.
—El cuento, ¿qué es hoy, cómo definirlo, cuál es su espacio, su esencia?
—Me gusta pensar en el cuento como un trozo de realidad que se expande y transforma en la mente del lector. Su esencia es contar una historia que sea significativa para el escritor y que encuentre, en el lenguaje literario, una nueva realidad. Su espacio es la capacidad de imaginar y de mirar el mundo de otra forma.
—¿Quiénes son los cuentistas que te han antecedido en esa manera de concebir este género o que han sido tus maestros? ¿Borges y Cortázar?
—Cortázar y Borges son maestros de varias generaciones de escritores y me gusta pensar que hay influencias de ellos en mi obra. También puedo mencionar a autores como Italo Calvino, Dino Buzzati, Raymond Carver, Kafka, Poe, Javier García-Galiano, entre muchos otros. En la manera de concebir el cuento desde una perspectiva más ambigua, lejos de convencionalismos, debo destacar al cuentista mexicano Alejandro Meneses que fue mi tutor por algunos años.
—En la manera en que entiendes el cuento no me queda clara la diferencia que hay con la novela o, por lo menos, con la novela corta. Quizás actualmente esas fronteras sean más fluidas que antes.
—Definitivamente: con la experimentación y las vanguardias los límites entre géneros se han hecho más difíciles de precisar. Sin embargo, creo que entre novela y cuento las diferencias son más perceptibles por el desarrollo de los personajes y la búsqueda de una historia donde sobresalga el conflicto o la anécdota. Entre otros géneros y el cuento los límites son aún más difusos. Por ejemplo, tenemos el caso de Borges que hacía pasar ensayos como cuentos.
—¿Qué es lo que te llevó al cuento? ¿Cómo descubriste que lo tuyo es el cuento y no otro género?
—He practicado géneros como la novela corta pero la mayor parte de mi producción es el cuento. Creo que me atrae el cuento porque, como apunté antes, es más cercano a géneros que me interesan mucho como el ensayo y la poesía. Además, mi estilo de escritura (más atmosférico y descriptivo) conserva más la tensión en el terreno de la narrativa breve.
—Me sorprende que asocies el cuen­to con la poesía. Quizás el cuento tal y como se escribe en México no tiene mucho que ver con ella, pero el cuento que tú escribes, sí. Además, entre tus maestros o influencias citas a más extranjeros que mexicanos. La sensibilidad es distinta. ¿Qué piensas?
—Creo que el cuento es tan amplio que permite esos vínculos con la poesía ya que no tiene necesariamente que cumplir con un amplio desarrollo dramático o con muchas justificaciones en el argumento. En el caso de la literatura mexicana tenemos una gran tradición del cuento realista heredero, en gran parte, de la Revolución Mexicana y de la necesidad de formar una identidad nacional. Sin embargo, si analizamos generaciones posteriores como la de Medio Siglo veremos que las búsquedas cambian, se vuelven más cosmopolitas. A la lista de autores extranjeros podría añadir mexicanos como Juan José Arreola o Salvador Elizondo que, con libros como Bestiario o El retrato de Zoe y otras mentiras, se acercan a la poesía. A ellos también los reconozco como mis influencias.
—Por lo que dijiste sobre la poesía pienso que tu cuento roza la prosa poética. ¿Cuál es la relación que guardan tus relatos con la poesía?
—La relación que guardan es la búsqueda de un lenguaje que va más allá de lo funcional o informativo. Me parece que, como cualquier disciplina artística, la literatura no tiene que olvidar que debe buscar un efecto estético que perturbe, conmueva o interese al lector. Sin embargo, creo que, a pesar de que el peso de mis cuentos descansa en gran parte en el lenguaje, aún se puede percibir una anécdota que mueve la historia.
—¿Alguna vez te has aventurado propiamente en el género de la poesía en sí?
—Oficialmente no, aunque de forma ocasional escribo poemas que publico en las redes sociales. Incluso ha habido poemas que, mientras escribo, se transforman en cuentos.
—Anterior­­mente hablaste de que el cuento es contar una historia significativa para el escritor, pero que a través de la literatura adquiere una nueva realidad y permite mirar el mundo de otra forma. ¿Puedes explayarte sobre esto? ¿De qué forma sucede? ¿El escritor la elige conscientemente o es algo que surge en él y de él? ¿Es algo que surge también en el lector y a partir de su lectura? Sé que son varias preguntas y que están relacionadas con tu poética, así que siéntete libre de responder.
—Creo que la literatura es, además de un acto creativo y artístico, un fenómeno social; de esta forma la literatura sólo puede existir cuando el lector interviene y cierra el círculo. En este sentido, según mi experiencia, cuando escribo busco una historia que me satisfaga en cuanto a tema y búsqueda estilística, pero también no olvido al lector hipotético que leerá mi texto. Así, para mí, el cuento inicia en mí pero se transforma de maneras distintas en cada persona que me lee. No me gusta pensar en la literatura como un acto que empieza y termina en la figura del escritor. En relación a estas ideas, pretendo que mis cuentos no presenten mundos cerrados sino que, al contrario, sean puertas abiertas para que el lector entre y complete las historias según su estado de ánimo, experiencias, expectativas.
—Acabas de publicar un libro titulado La herrumbre y las huellas. Título nostálgico. ¿Nos puedes hablar un poco de él? ¿Cómo nació? ¿Qué une a las diversas historias? ¿Cómo te sientes en relación con él? ¿En dónde lo podemos encontrar?
—La herrumbre y las huellas es mi libro de cuentos más reciente y en él sigo con los temas y estilos explorados en mis anteriores títulos. Es muy difícil hablar de mi obra, pero podría decir que las historias giran alrededor de la soledad —una amenaza cuyo origen y presencia no son muy claros— y de la obsesión por ciertas atmósferas que, precisamente, se condensan en una huella, un paso volátil, anónimo, que se pierde y que también involucra un proceso de desgaste, como la herrumbre que se acumula en los objetos oxidados. Creo que por esta razón hay un matiz nostálgico en el título.
El origen de estos cuentos es la intención de generar estados de ánimo, definir historias y personajes de manera tangencial, es decir, con elementos sutiles que apelan a cierta ambigüedad y el absurdo que marca nuestra experiencia vital. A pesar de que mi experiencia de escritura de La herrumbre y las huellas es reciente y de que como autor no puedo dar una versión objetiva de mi trabajo me siento satisfecho con los cuentos, creo que se sostienen y espero que perduren en el tiempo. Además, los comentarios y reseñas que he recibido son favorables e interesantes.
—Para terminar, ¿puedes ofrecernos aquí un fragmento que ames de manera particular de este libro?
—Ofrezco este fragmento del cuento titulado “Los visitantes”: “En el pueblo, después de la banca, de las afrutadas mujeres, siguieron deambulando. Miraron balcones. Patearon piedras. Y pensaron que llovía, que iba a llover, que algún día llovería. Pero el polvo en el pueblo, amarillo, como todo. Los perros, los asnos, las paredes. En una calle lateral espiaron largo rato, tras los cristales, como testarudos cuervos, la fraterna vida de una taberna. Algunos ebrios los saludaron. Pero los hombres siguieron su camino. Miraron el cielo. Los ojos, en su vuelo, formaban nubes”.

Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que se detengan las mineras a cielo abierto, que se detengan, y revisen a fondo de manera dialogada todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos a manos privadas.