LA REPÚBLICA
Banco de México
Humberto Musacchio
El Banco de México celebró sus primeros 20 años de vida autónoma, medida que se adoptó para evitar que los presidentes de la república manipularan a su antojo a la institución, como ocurrió en el dispendioso sexenio de Luis Echeverría y el no menos derrochador gobierno de José López Portillo.
En principio, la medida parece conveniente y constructiva, pues es función de la banca central regular las tasas de interés y e impedir que el Estado emita dinero en forma irracional, lo que contribuye a mantener la inflación bajo control y a dar una sensación de seguridad que estimula la inversión, lo que a su vez propicia la creación de empleos. Al menos así son las cosas en teoría.
Pero no hay mucho que celebrar. En la fiesta de cumpleaños, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, se aventó la puntada de decir que la autonomía de la institución ha beneficiado a los mexicanos “con bajas tasas de interés”, lo que es mentira, pues, por poner un ejemplo, por las tarjetas de crédito el ciudadano de a pie paga un interés ordinario que en promedio es muy superior a 40 por ciento y que el costo anual total puede dignificarle 10 o más por ciento, de modo que el tarjetahabiente paga al año entre cincuenta y sesenta por ciento de réditos.¿Esas son “bajas tasas de interés”?
Para que la burla fuera completa, el señor Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, hizo el elogio de la labor del Banco de México en el manejo de la inflación, que todavía en 1995, con todo y la autonomía, andaba arriba de 50 por ciento anual y ahora se cifra oficialmente en 3.4 por ciento, lo que contradice la percepción de las amas de casa.
Pero Bernanke no se conformó con lo anterior, sino que celebró el manejo de crisis de 2009, cuando el producto interno bruto se desplomó con una tasa negativa de 6.5 por ciento, lo que significó desempleo, hambre y sufrimiento para la mayoría de los mexicanos. Pero a Bernanke le parece que ha sido maravilloso el proceder de la banca central.
Menos optimista fue Miguel Mancera Aguayo, quizá porque el suyo es un caso de respiración por la herida, pues desde 1982 era director del Banco de México y lo despidieron en 1993, al dotar de autonomía a la institución, que a su juicio no ha cumplido con las metas de inflación que se fijaron en tres por ciento anual y en los últimos diez años han andado arriba de cuatro, gracias, sobre todo, al alza de los combustibles y la electricidad, por el afán recaudatorio de la Secretaría de Hacienda. Y todavía celebran.
