Juan Antonio Rosado

Si consideramos la historia de las lenguas en su nivel léxico, encontramos mil y un detalles curiosos no sólo de cambios fonético-fonológicos, sino también semánticos, a menudo producidos por situaciones comunicativas absurdas o inverosímiles —la realidad siempre ha sido más inverosímil que la literatura—. Sólo un par de ejemplos de lo anterior: en Grecia, la Nekromanteia era la ciencia del más allá (el nombre proviene de nekros, muerto), es decir, la ciencia o disciplina sobre la muerte, sobre el mundo de ultratumba. No obstante, los romanos, al escuchar la palabra, confundieron nekros con la palabra latina niger (negro) y de allí surge el término nigromancia, magia negra. El origen de esta palabra fue entonces una confusión, un error al oír el término original. Lo mismo aconteció con la expresión portuguesa “hallar menos”. Por la pronunciación del portugués, los españoles confundieron “hallar” con “echar” y de allí surgió la expresión “echar de menos”.
Lo anterior no son sino dos sencillos ejemplos de orígenes “chuscos” de dos términos. El mal oído las produjo. Pero pensemos en la palabra “gaucho”, que a fines del siglo XVIII era de signo negativo: significaba vagabundo, cuando no cuatrero, malviviente del campo. Gracias a la poesía gauchesca, que se origina con Bartolomé Hidalgo y llega a su cúspide con Estanislao del Campo, Hilario Ascasubi y Hosé Hernández, la palabra cambió de signo y es desde ya hace mucho de signo positivo.
Quienes saben bien lo que realmente fueron las cruzadas conocen perfectamente los pormenores de rapiña, violaciones y saqueos; están enterados de que se trató de un negocio despiadado que produjo millones de muertos, torturas y violencia desmedida contra los derechos del otro; saben muy bien que la única consecuencia benéfica para Occidente fue la apertura de nuevas rutas comerciales. El pretexto fue hallar el supuesto “santo sepulcro” de un dios cuya historicidad nunca se ha comprobado. Esta idea pervive hasta hoy. Muchos ingenuos, entre ellos funcionarios públicos y políticos, creen todavía en que la palabra “cruzada” encierra algo positivo, cuando dicha palabra desde hace siglos que debió convertirse en algo peyorativo que recuerda la ignominia y el pisoteo. La sola palabra “cruzada” debería producir vergüenza en un mundo verdaderamente moral. Debería ser sinónimo de masacre, vejación y escarnio. Así lo ha reconocido Jorge Luis Borges, para quien las cruzadas fueron “la empresa más cruel que registra la historia y la menos denunciada de todas. Pensamos en el odio cristiano acaso no inferior al odio igualmente fanático del Islam”.
Mi propuesta es cambiar de signo la palabra “cruzada”, y que los políticos y funcionarios dejen de usarla por los tristes recuerdos que de ella emanan. Muy distinto ocurrió con “nigromancia”, “gaucho” o “echar de menos”, cuyos orígenes son inocuos.