PENSAMIENTOS EN VOZ ALTA
Los institutos locales son cada vez menos independientes y autónomos
Francisco Berlín Valenzuela
En los últimos meses —con motivo de las experiencias acumuladas en el pasado proceso electoral del 7 de julio—, se han alzado múltiples voces de inconformidad provenientes de diversos dirigentes políticos, por la forma en que se condujeron los comicios en algunas entidades federativas.
En aquel momento se afirmó que las autoridades gubernamentales actuaron con parcialidad y en abierta intervención mediante el empleo de recursos del erario, con la finalidad de favorecer a los candidatos afines a sus partidos.
El asunto se agravó por la amenaza de los dirigentes políticos partidistas de abandonar el Pacto por México si no intervenían las instancias federales para poner remedio a lo que consideraron como un verdadero atentado contra la democracia mexicana.
Se ha señalado que el control ejercido por los gobernadores en la conformación y funcionamiento de los institutos electorales locales constituye la base del proceder antidemocrático, debido a que —en su mayoría— dichos órganos son integrados por consejeros y representantes de partidos manipulables, con limitados conocimientos sobre la materia electoral, siempre dispuestos a servir a determinados intereses, mediante el otorgamiento de favores y de apoyos económicos, para corresponder a los designios del poder.
Para contrarrestar esta situación, ha venido cobrando fuerza la idea de sustituir los institutos locales por un organismo nacional (Instituto Nacional de Elecciones) que garantice, de la mejor manera, la conducción e imparcialidad de los procesos electorales estatales. Se piensa que este tipo de estructuración federal dificultará —y hasta excluirá— la intervención de los poderes políticos de las entidades federativas, aumentando la confiabilidad en los electores en los futuros procesos comiciales.
Ahora que se están debatiendo los contenidos de la próxima reforma electoral, es oportuno analizar —y sopesar— todas las opiniones respecto a: la idoneidad o inconveniencia del órgano; y, en su caso, sus posibles características; forma de integración; facultades, y limitaciones.
En mi texto Derecho electoral, publicado en 1980, apuntamos que era de la mayor importancia instituir un “órgano rector de las elecciones”. Retomando el debate, es de insistirse en la idea de que, por muchas razones, la función de la organización comicial debe ser confiada a una institución independiente y libre de toda sospecha de parcialidad. Ajena, desde luego, al gobierno y a los intereses políticos.
El enconado debate histórico, respecto a si debería de ser el gobierno el responsable de organizar las elecciones, se superó hace muchos años con la creación del Instituto Federal Electoral (IFE). Pero ahora, desde una perspectiva que tome en cuenta la experiencia acumulada, tras más de dos décadas de su creación, la posible instrumentación de un nuevo organismo nacional debe movernos a reflexionar sobre los inconvenientes, fallas y vicios que han llevado a muchos a cuestionarse —justamente— la independencia e imparcialidad del propio IFE.
En artículos anteriores se ha señalado la falta de independencia de esa institución como una de las grandes “falacias de la democracia mexicana”. Por una parte, se sostiene que se trata de un organismo ciudadanizado. Pero en la realidad, todos sabemos que el IFE está convertido en un espacio para la repartición de cuotas de poder entre los partidos ahí representados. Y es un hecho que la distribución de “parcelas de poder” ha terminado por afectar la imagen, seriedad institucional y la funcionalidad del IFE. Al grado de que, en estos momentos, por la falta de acuerdos en la repartición, hacen falta cinco consejeros, anómala situación que evidencia la precariedad de su sistema de integración.
Resulta claro, entonces, que antes de llegar a la creación de un nuevo organismo nacional, es urgente replantear —y resolver— la forma de conformación del actual IFE, dotándole de verdadera autonomía a fin de evitar trasladar sus defectos —y disfuncionalidades— al nuevo organismo. De no corregirse esas patologías, el problema de la manipulación sólo escalará de nivel. Ahora ocurre —marcada y perniciosamente— en los estados, pero de no tomar cartas en el asunto, después sucederá —cotidianamente— en toda la república, a través del novel instituto nacional.
A manera de conclusión de un tema que —obviamente— requeriría de mucho mayor espacio, podemos afirmar que con todos sus defectos, el IFE ha resultado ser una institución valiosa y fundamental para el proceso de democratización del país. En contraparte, es posible apreciar que los organismos estatales electorales se muestran cada vez menos independientes y autónomos, reacios a la rendición de cuentas, carentes de profesionalización y sumisos con los poderes locales. Tales patologías se traducen en falta de eficacia y creciente pérdida de la confianza ciudadana. De prolongarse esta situación, los procesos electorales estatales terminarán por contaminar los procesos federales. Es decir, los males de las partes acabarán afectando al todo.
Doctor en derecho y director-fundador de El Colegio de Veracruz.
